A
juzgar por la oleada de agredidos y agresores que nos circundan,
nos haría falta un sínodo para reencontrarnos.
La desesperación es tan grande para algunas personas
que se juegan su vida a una carta. Hay que estar abatido para
moverse así. Nosotros, los que presumimos de conocer
todas las zonas del mundo, resulta que somos unos extraños
en el firmamento. Cuántas veces pensamos, cuando nos
dejan tiempo para pensar, no reconocernos en algunas actuaciones
de nuestra vida diaria. Explorar el universo de nuestra propia
mente, bajo una natural lógica cósmica, debiera
ser prioritario para corregir conductas. Seguro que cambiaríamos
algunas formas de vivir, esas que van contra todo y a favor
de un ser humano endiosado que aparcela el mundo al arbitrio
de un poder interesado.
A
poco que uno se deje siegan tu propia vida como si fueras
un extraño en el firmamento y te mandan al otro barrio.
Por desgracia, el terror continúa echando raíces
y expandiéndose en medio de este caos que vive el mundo.
Las armas culturales del diálogo, la promoción
del desarrollo y la defensa intransigente de los derechos
humanos, no van, se encasquillan entre los desórdenes
y el tiro nos sale por la culata del propósito. Más
crueldad. Tampoco ya es noticia que las mujeres mueran en
las garras de sus compañeros. Se ha convertido en un
diario insensible, sin manifestación alguna como réplica
a esta plaga de violencia que padecemos. Además, para
qué tanta justicia de proximidad, si luego no se hace
cumplir lo que se ordena. Al final de todo este río
revuelto, de contradicciones y contrastes, nadie conoce a
nadie.
Por
si fuera poco el desaguisado mundial y el ambiente de barbarie
que tenemos como vecino, se reaviva un nuevo volcán;
el de la España de las autonomías. Otra vez
las fronteras y los frentes en la cancha, dispuestos a enfrentarse
en la concha del duelo. Ya lo verán. Los desafíos
se han puesto de moda. Cada cual reivindica un trozo de nación
para sí, dentro o fuera de la legalidad, que tampoco
lo sabemos. No tenemos porque saber leyes, pero si es bastante
elocuente que una autoridad de Estado, como el presidente
del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial
(CGPJ), Francisco José Hernando, exprese su “seria
preocupación” por la reforma de un Estatuto del
que prefiero ni nombrar. Para más INRI, el gobierno
admite que lo ve todo muy farragoso, pero no le planta cara
a la chapuza. La letra no le cuadra con el espíritu
constitucional de la indisoluble unidad de la Nación
española, que conviene recordar es patria común
e indivisible de todos los españoles. Qué más
da, formaciones ilegales desafían al Estado continuamente
y aquí no pasa nada.
Créanme,
empiezo a sentirme extraño en este universo desquiciado.
De pronto, parece como si se nos hubiese ido la cabeza a todos
y estuviésemos en el estado del chocheo. Mi paciente
confesor, el psiquiatra (¿quién no tiene un
amigo psiquiatra para estos tiempos?), ha tenido a bien recetarme
un sabio calmante, el libro de Timothy Ferris, que lleva por
título: El firmamento de la mente. Lo prefiere –me
dice- antes que anestesiarme el corazón de pastillas
para que no sienta las heladas sanguinarias que nos pueden
caer delante de nuestras propias narices. Antepone que las
sufra antes de dejar de ser yo mismo, que cuando el hombre
no se encuentra, difícilmente puede encontrar nada,
si acaso llegar a pensar mal de si mismo. Algo terrible. Decirles
que voy por el capítulo quinto del libro. La página
lleva por título, un sustancioso nominal: Vida de perros.
Aprovecha la cantada relación del hombre con el perro,
su obediencia y fidelidad; y aquella conversación teológica
entre dos perros, en la que uno afirma: “Soy un buen
perro, mi Dios es mi dueño”; para al extrapolar
la idea, llegar a afirmar: “Somos neófitos en
el campo de la comunicación interestelar, mientras
que ellos serían veteranos”. Yo también
así lo pienso, desde que me caí del guindo.
Ante
tantos espectáculos bochornosos que nos hacen sentirnos
raros, muy raros, en un cosmos que todavía no conocemos,
como tampoco el firmamento de nuestra propia mente, a pesar
de ir de listos en este mundo que tanto se recrea en la venganza,
nos queda el verso sideral y poco más. La Luna ha eclipsado
al Sol hasta reducirlo a un anillo de luz visible y mi perro,
compañero fiel de soledades en esto de escribir para
nadie, ha percibido la poética sensación de
un cielo vivo. Esta vez su aúllo ha sido distinto,
como si de un quejido flamenco se tratase. La pena que aquí
en la tierra se vive no es para menos, pensé. De inmediato,
también me acordé del susodicho libro, del animal
que tiene ese otro sentido acentuado, el de la lealtad a más
no poder, sobremanera diría. Qué triste es la
vida cuando solo la razón, y no siempre la justa, nos
gobierna. Ya lo decía Platón: Pensar es hablar
el alma consigo mismo. Pues eso, nos faltan diálogos
de corazón y nos sobran pensamientos cuando el cerebro
anda ciego, sin concierto alguno, perdido en un globo de dolores
y furias que se inventa y fomenta.
Bajo
este ánimo otoñal, donde cada uno refleja su
buena lista de preocupaciones por el devenir de los acontecimientos
y de los hechos, puesto que el hombre todavía sigue
siendo un lobo para el hombre, lo más sensato pienso
que es consultar el mejor libro de moral que siempre llevamos
consigo, la conciencia. A lo mejor tenemos que hacer una pasantía
reflexiva, antes de lanzarnos a la calle a conquistar el mundo.
O a defender el encanto de la vida, en este hacerse cada día
más humano a fin de no detestar a nuestros semejantes
con superioridades inútiles y cornadas de odio. Los
que ostentan poder, por aquello de dar ejemplo, deberían
empezar a pasárselo, antes de que nos volvamos un imposible
en la senda del camino y en el dintel del cielo.