Entre
la rosa y el látigo hay muy poco mar y muchas olas
encabritadas bajo este paisaje de contrates vividos en los
registros del tiempo. Cada cual es posesivo y poseedor, tiene
su espuma temperamental y sus vicios ocultos, una parte de
chimpancé y otra de león. Los hay que se mueven
en el mundo como pez en el agua. Son aquellos que penetran
con la mirada, besan con los ojos y se acuestan con el poder.
Una legión de prostitutos ha tomado la tierra. Se venden
al mejor postor por una viñeta de pasta y por un sillón
de mando y ordeno. Han vuelto los episodios del nacional caciquismo,
con el efecto del golpe bajo, mediante la anestesia del cinismo.
Frente
a estos vientos de muerte que tanto nos torturan, fruto de
la naturaleza no natural de la ciencia y de las endebles semillas
de una cultura aborregada, lo de saber vivir se ha convertido
en una letra de cambio, al más endemoniado estilo mercantil.
Por un puñado de cuartos o por un racimo de potestad,
todo se vende y se compra, aunque se atice al honor, a la
intimidad de la persona o a la guinda de la vida. No es fácil
saborear los días. Los torturadores llaman a la puerta
del corazón sin pedir permiso. A veces siguen instrucciones
vengativas. Son la ley, y por ley de furia, te mandan al otro
barrio en menos que canta un gallo. Ciertamente, a poco que
bebamos la hiel de las lunas y soles, te encuentras perdido.
Resulta complicado que a uno le dejen vivir en plena libertad,
sin sobresaltos, puesto que a las tradicionales y dolorosas
cruces (enfermedades, hecatombes de la propia naturaleza,
plagas…) se suman otras que nacen de intereses contrapuestos
entre dominadores y dominados. ¿Quién le pone
el cascabel al gato?, dijeron los ratones en aquella sabia
historia vivida.
Hoy
más que nunca se necesita una conciencia solidaria
y unos gobernantes creíbles. Lo de dar ejemplo es la
mejor enseñanza. Los pobres cuentan más bien
poco en esta nueva sociedad de ricos, más caprichosa
que fraterna y también más egoísta que
coparticipe. Ahí está el auxilio desesperado
de personas que sufren verdaderas atrocidades. Solemos responder
tarde y mal. Nos ensordece el grito de tantas mortandades
al alza que piden clemencia y que, no tienen otra salida que
la defunción, porque nos cruzamos de brazos. Así,
el corazón de los que tiran a matar, no se ablanda.
Ni se achica. La guerra de los poderosos contra los débiles
está servida y se sirve a diario en cualquier esquina,
con la permisividad de todos y el chantaje a la orden del
día. No crean que, en nuestro país social y
democrático, cuando menos de papel y boquilla, los
valores superiores de las reglas del juego se empleen a fondo.
Sólo hay que pasarse por los juzgados y ver la avalancha
de personas ansiosas de una receta de justicia para vivir
y que le dejen vivir.
Los
tiempos actuales son de un desorden moral increíble
y de unas injusticias tremendas. En parte, por la introducción
de legislaciones injustas que han disminuido el respeto a
la vida, contradiciendo la propia ley de vida. Está
visto que por mucha justicia de proximidad que nos pongan
en la puerta de la casa, nos seguiremos sintiendo indefensos,
si las cárceles no evolucionan (hoy son basureros de
personas vivas, que gran parte de la sociedad quisiera verlas
muertas) y las medidas de seguridad se orientan a la venganza
del que la haga que la pague, antes que a la reeducación
y reinserción social. Una de saber vivir, pues, pasa
por aquellos que encuentran la razón de su vida en
donarse a esa vida que defiende y promueve dignidades humanas,
porque las nacionalidades se pueden adquirir, conservar o
perder, pero la existencia no admite abortistas, tampoco asesinos
altaneros dispuestos a troncharnos un universo de acogida
que sólo entiende de amores.
Bajo
esos afectos de anunciar, celebrar y servir el perfume de
los verdaderos poetas, que no es otro que el amor, todo se
vuelve más tierno y hasta la cordialidad, en el parlamento
de voces, se torna soberanía nacional. Lo de saber
vivir, en la barra de la vida y en la barca del universo,
precisa de un arte muy especial. Para empezar, es vital que
los estados sociales y democráticos de Derecho, cocinen
con prioridad, lo de volverse y verse sobre todo, y para todos,
estados humanos. Sólo así, tras la degustación
de los menús ejemplarizantes, con derecho a corregir
y deber a dejarse corregir, se pueden calmar ciertas prepotencias.
En la tierra coexisten demasiados cretinos vestidos de dioses
que juegan con la vida del vecino como si fuese la suya. Esta
es la mayor de las injusticias. Es oportuno, en consecuencia,
que, con tacto y buen tono, se fomente un juego más
compartido y transparente en la mesa de un vivir nada fácil,
con la plaga de irresponsables zánganos reinantes que
se creen los reyes del mundo hasta crecerse como si fuesen
dioses del cielo ¡Qué pena de consentidos!