La
fanfarronería me causa espanto. Lo confieso. Por desgracia,
es una plaga muy del momento actual. Sentir vergüenza
es malo, pero no sentirla es peor. Hay desafíos que
te dejan sin aire, son tan incendiarios como provocativos.
Los sembradores del terror se mueven en esa actitud altanera
que no se puede tolerar. Coartan libertades ciudadanas e imponen
yugos que atan. Cualquier complicidad con este tipo de maldades,
que se alzan y desafían poderes democráticos,
manifiesta debilidad e impotencia. Si se busca el remedio
de aprender a ser tolerantes, búsquese en el restablecimiento
de los sanos principios, primero para entendernos a nosotros
mismos y luego para comprendernos los unos con los otros.
La ética de la tolerancia hay que pensarla en primera
persona. Sólo así, es posible acercar comprensiones.
No cabe tolerancia alguna en lo que es intolerable para la
convivencia. Lo más saludable cuando se daña
un bien, en coherencia con el sentido común, es declarar
su ilicitud de manera firme y contundente, sin titubeos.
Es
cierto que la historia de la humanidad es una interminable
sucesión de contradicciones. Ahora mismo resulta una
paradoja el clima de desasosiego que vive el mundo en todas
sus áreas, en las de conflicto y en las de paz. La
violencia y el mal es una sombra monstruosa que nos acompaña.
Quizás sea en el arte donde más se puede apreciar
ese análisis y reflexionar sobre ello, no se aminora
ante los dolores, se eleva para llamarnos la atención
de conductas absurdas y de estilos sin señorío
alguno. Algunos artistas contemporáneos ya lo hacen
a través de sus obras, acercándonos las heridas
del mal que toman cuerpo en el mundo, planteándonos
nuevos argumentos artísticos de reencuentro espiritual,
aspirando a jugar un papel vitalista en la formación
de la persona, en el encuentro con su identidad y en la construcción
de la autonomía ciudadana.
También
los antropólogos, a través de la historia vivida,
han hablado de culturas de la vergüenza y culturas de
la culpabilidad. Los salvajes altercados que se producen a
diario es por esa ausencia de aradas formativas. El arte digamos
que nos sirve para despertarnos del letargo de lo insustancial
e insípido, ofreciéndonos infinitos mundos e
infinitas maneras de verlo y experimentarlo. No voy a caer
en la fácil conclusión de que si tuviésemos
un buen cultivo artístico, lo que conlleva saber mirar
y ver interioridades, seríamos los mejores ciudadanos
de un paisaje edénico; pero si pienso, en cambio, que
un ser cultivado en la observación artística
desarrolla un sentido de autocrítica y de autocreación
muy saludable para la vida. Tiene otros horizontes, los de
la autenticidad de la belleza que, al menos, limpia la banalidad
del mal. Que es cuestión de química, biología,
cabeza o paciencia... hay miles de teorías para explicar
qué es lo que causa las maripositas en el estómago.
Ahora, el estudio de un científico de la Universidad
de Oxford añade un factor más: la física.
Pero, ¿qué es la física sino una ciencia
que se ocupa de los componentes artísticos del universo,
de las fibras del color que éstos ejercen entre sí
y de los efectos (y afectos) de dichas energías? Sin
duda, el arte cuando es verdadero e ingenioso, nos hace ver
el desorden de nuestro mundo habitual, es como un despertador
de los sentidos.
La
ciencia crece que es una barbaridad. Un sistema GPS (posicionamiento
global por satélite) puede controlar todos nuestros
pasos. Sin embargo, eso de vivir bajo un estado de control,
no hace mermar los hechos delictivos. Los males tienen otro
tipo de curación, más de conciencia que de ciencia;
o si prefieren, más de arte que de imposición.
Además, los espirituales, son más destructores
que los físicos, requieren otro cauce de trazados,
si cabe más purificador de rencores, dudas, incertidumbres
propiciadas por la difusión de falsas esperanzas y
promesas ilusorias. Sin embargo, la hermosura, en su espíritu
de verdad, hace crítica del mal hasta penetrarlo de
bien, sondea hasta las profundidades últimas del alma.
Esta rectitud y sensibilidad se encuentra profundamente unida
a la acción íntima del arte con la esencia.
El ser que vive en la belleza y de la belleza vive, desea
lo espiritual y se vuelve caminante de un camino de madurez
interior. Leo que un director artístico, y otras voces
en la misma línea, han hablado de la necesidad de que
haya un revulsivo en las artes. Yo también así
lo pienso. Precisamos menos retoques de imagen y más
toques de fondo, de miga desprendida, para que el nuevo pulso
de la humanidad sea más humano y menos mercantilista.
Desde
hace varios años los encuentros de jóvenes promovidos
por diversas religiones reúnen un número significativo
de participantes, pero raramente se habla de estos jóvenes
que buscan lo espiritual. Desean huir de tantos males que
les acorralan, confiesan hacerlo por necesidad, para estar
en paz consigo mismo; una paz interior que buscan (y rebuscan)
en la intimidad de su ser. Una paz que pide la humanidad y
no lo consigue, la familia humana y no la encuentra. El escándalo
del mal nos despierta cada mañana con su galope de
dolores en un camino de imperfecciones. Sólo el arte
es lo que se aproxima a esa finura última de gozos
y luces que nos asombran. Nuestra perfección y nuestra
definitiva felicidad no tienen porque ser proporcionales a
los éxitos que tengamos, más bien será
consonante y consecuencia de la capacidad que tengamos para
cooperar al bien. Al final todo se reduce al verso, a esa
fuerza positiva de un don generoso y desinteresado, el del
amor al supremo cuadro pictórico, la vida que merece
ser vivida en la poesía, en su belleza y plenitud.
Al fin y al cabo, es la mejor manera de vencer el mal. Y que
se mueran los feos de corazón, por la indiferencia
de los guapos de alma. Buena noticia.