Antes
eran los franceses los que marcaban la pauta de la modernidad.
Ahora, desde que hemos querido protagonizar y apropiarnos
de ese paseo nupcial, resulta que son los menos aquellos que
dan saltos de alegría y, los más, aquellos que
muestran su disgusto. Como botón de muestra sirvan
algunas legislaciones que no acaban de satisfacer a la mayoría,
a juzgar por la riada de manifestaciones de todo tipo. Tal
es el caso de las bodas gay, por citar alguna verbena de pesadez
y tedio reciente, donde se han llegado a descalificar unos
poderes a otros, lo que ha generado un mal ambiente, en no
pocas ocasiones, entre el ejecutivo y el judicial. Ese último
afán de hacer por hacer cuantas más cosas políticamente
correctas mejor, ha desvirtuado el sentido común y
la coherencia. Desde luego, soy de los que está a favor
de innovar, pero con tiento. En el equilibrio está
la virtud. No se trata de que a unos ciudadanos, sean los
que sean, les bailen los ojos por alegrías, mientras
a otros les lloren saetas. Hay que cuidar las palabras y buscar
la verdad, todas ellas tienen sua fata, su propio destino
en el justo orden social; atmósfera que a todas luces
influirá, más pronto que tarde, en el clima
de convivencia para bien o para mal.
Desde
que la violencia doméstica tomó raíz
en nuestras vidas y ha dejado de ser noticia porque lo es
a diario, el terror o la intimidación campean a sus
anchas entre familiares de un hogar disgregado (y no sólo
entre los miembros de la pareja) o incluso entre personas
que, sin ser familiares, viven bajo el mismo techo. Todo este
tufillo ambiental genera un perfil de agresor sin precedentes,
a muy temprana edad, puesto que algunos adolescentes consideran
que la violencia es justificable cuando hay conflictos. Desconocen
estrategias alternativas. Otra prueba más de que no
han sido educados para la templanza. Por desgracia, crece
el número de personas que no tiene un hogar estable.
La consecuencia de todo ello, está ahí: algunas
personas malviven en la intemperie y el desamor. Nada les
importa, nada respetan y nada les esperanza. Su vida misma
ya es un auténtico desastre. Pensamos que la familia
de fundación matrimonial es algo arcaico o un trámite
burocrático más, nada serio (maldita confusión),
cuando en realidad es algo saludable para la persona, necesario
para la vida y vital para convivir. Si las familias conviven
sanas, también la sociedad convive fortalecida. Olvidarlo
es de necios. Es la mejor cura contra el mal ambiente, sus
sales armónicas calman los aires y colman inquietudes
sociales.
Sólo
hay que ver y mirar. En el ambiente actual, (in crescendo),
coexisten intranquilidades, desasosiegos, impaciencias, expectaciones,
turbaciones, alarmas, sobresaltos y demás tribulaciones
tumorales que nos atemorizan y desconciertan. Tanto es así,
que todo el mundo desea generar otra sociedad distinta y menos
distante. La talentosa ministra, haciendo méritos a
su talante educativo y de ciencia, María Jesús
San Segundo, también lo destacó en las verdosas
tierras asturianas, el compromiso “ambicioso”
y “coherente” del Gobierno con la educación
“como base de la mejora del capital humano”, a
fin de “mejorar la sociedad con la ayuda del conocimiento”.
Claro, una cosa es decir y otra hacer. Porque, ya veremos
estas brillantes intenciones cómo se conjugan en un
Gobierno que, a tenor de lo que dicen algunas importantes
asociaciones de APAs, impone criterios dictatorialmente, coartando
la libertad de educación. Bien es verdad también,
que, hasta ahora, las últimas políticas educativas
resultaron incapaces para afrontar las dificultades de los
adolescentes, en su vida personal o en el marco social. Se
dice que nadie puede dar lo que no tiene. Y si los adultos,
hemos adulterado valores de vida, difícilmente podemos
trasladarlos al educando para su desarrollo integral y armonioso.
Pienso
que esta sociedad sabe mucho pero ignora más, le falta
maduración en cuanto a conciencia moral para discernir
el bien y obrar en consecuencia. Ha querido pasar de su tradición
humanista y de sus referencias históricas, tomando
direcciones contrarias y contradicentes a la lógica
natural y a la misma naturaleza humana, a toda trascendencia
que reafirme verdades ancestrales. Sin una propuesta real
de hacer valer, el valor de los derechos humanos, escritos
y circunscritos en el cielo de la humanidad, para que cada
cual se responsabilice de sí mismo y participe en la
construcción de una sociedad menos contaminada por
la mentira, va a ser difícil ahuyentar el mal ambiente
que padecemos. Hay muchas cosas que pueden cambiar para mejorarlo.
He aquí un apunte, que se me ocurre de manera inmediata:
la formación humana y la pertenencia cultural a compartir,
evitando manifestaciones patológicas de autoexaltación
y exclusión a la diversidad; el respeto recíproco
y el diálogo como expresión de convergencia;
concienciar en valores comunes, en el valor de la solidaridad,
de la paz, de la vida y hasta del perdón y reconciliación.
Sin ir más lejos, por la inmediatez de la noticia actual,
casi siempre la irresponsabilidad ciudadana es la cerilla
que arrasa el monte.
Volviendo
a un espíritu aristotélico de purificar pasiones
a través del arte y de provocar el gozo entre la inocencia
y la pureza, me parece una acertada idea la propuesta por
el cineasta español Fernando Trueba, al apuntar que
“la música es capaz de cambiar y mejorar este
mundo que nos tocó vivir”. Es un buen camino
a contemplar para consuelo de tristezas. Todo lo que nos hace
vibrar en el alma, nos eleva a vidas más sublimes.
Necesitamos de este perfume, en estado de gracia, para humanizarnos.
Sin duda, es una buena medida para contrarrestar un mal ambiente.
No hay como ser tocado y curado por el lenguaje de la belleza,
el mejor alivio para cualquier preocupación. El mundo
actual, tan próximo que es vecino, por lo que nadie
puede permanecer al margen, tiene necesidad de las bondades
que alienta el arte; un talento que aviva la revolución
de la conciencia en paralelo a la evolución del espectáculo
de lo bello. En cualquier caso, caer en la desesperanza, es
de cobardes. Eso de volver la espalda a la maleza, puede que
la vista se nos quede ciega. Avisado queda el alistamiento
revolucionario de hacer el corazón, con el corazón
de la conciencia colectiva.