Se
nos corta la respiración de tanto soñar otra
vida, con menos crímenes y más cielo armonioso,
en esta tierra de duelo y mortaja. ¿Habrá calvario
mayor que el de ser y que no te dejen ser, el de saber y no
saber vivir? Eso de caminar con la sombra del terror metido
en los huesos, es un escalofrío tan fuerte que empieza
a no dejar crecer la aurora. El viento de la corrupción
y los cómplices, los furgones de la muerte y la navaja
del odio en pie de guerra, azota sin clemencia y a pleno pulmón,
sobre el pulmón del aire, en doquier esquina. Más
que un mundo centrado en el poder, o en diversos poderes,
se necesita un mundo concentrado en consensuar la paz. Para
colmo de males también ha muerto el amor y, con él,
también nosotros mismos. En vista de lo visto, pienso
que hacen falta nuevos injertos que nos renueven la luz y
nos muevan el corazón hacia otros horizontes más
esperanzadores. La lección que brota de las olas del
mar, a veces acariciador y otras veces severo, pero siempre
entrañable y enriquecedor, puede ayudarnos a navegar
por esta difícil existencia.
Los
observadores del planeta piden auxilios de todo tipo. Sus
ojos están cansados de mirar al mundo y de ver que
todo se vuelve y revuelve como una lluvia vengativa. Nos persigue
la tristeza que portan ratas envenenadas. ¿Dónde
está el alba gozosa, o la tarde adormecida por un beso?
Personalmente, deseo estar en su regazo para volver a ser
un niño que cuente las estrellas. Hemos perdido tantas
infancias y ganado tantas infamias, que prefiero ser un ingenuo
en la mediocridad, antes que un adulto adúltero. En
cualquier caso, me resisto al dominio absurdo, a que no me
dejen ser dueño de la persona que llevo dentro; y así,
volar en libertad con la seguridad de que no sea alcanzado
por la llama del rencor en pleno aleteo. Porque la realidad
canta por si sola, mal que nos pese. Es la que es, por más
que queramos ser optimistas. Todo parece desmembrarse de la
membrana de vivir. La magnitud de enconos nos torna crueles.
Ahí están los presos españoles rompiéndole
la mandíbula al líder de Al Qaeda en España,
los libertadores de mentiras descuartizando labios inocentes,
o los ideólogos del mal quemando los versos de la belleza;
transparente fragancia del cielo que es toda una virtud de
fe en el ser humano. Toda esta estampa de brutalidades, es
un volver hacia atrás al que tendríamos que
poner remedio.
El
problema no es que se linchen los malos contra los buenos,
o éstos contra los otros, sino el generar pactos de
convivencia, espacios para crecer unidos. Ya se sabe que la
paciencia todo lo alcanza y armoniza. Se precisa, pues, comprensión
y abultadas dosis de reposo, para disfrutar de hermosuras
que no vemos. Manuel Altolaguirre que miraba con buenos ojos
a la vida, la mejor musa, gustaba de saborear tiempos de retiro
para mejor descifrar la semántica de la existencia.
El verano puede ser un buen momento para ello. Tras la huida
del amor, el poeta, atrapado por la soledad a la que bautizó
como una torre de ciegas ventanas, pintaba recuerdos para
llenar la involuntaria compañía. Seguramente
tendríamos también nosotros, para huir de la
soledad no deseada, que extender más los brazos, abrir
las puertas del corazón y cerrar las ventanas que atemorizan.
A
diario se vierte mucha tinta sobre cuál es la mejor
manera de ayudar a las naciones en desarrollo, a los países
en guerra para que encuentren la paz, y siempre es lo mismo:
humanidad y transparencia, justicia y libertad, igualdad de
oportunidades y respeto escrupuloso a las páginas de
ese libro abierto que es la vida. Recientemente, la Ministra
de Sanidad, subrayó que la educación es un elemento
clave para evitar que los adolescentes se inicien en el consumo
de drogas y ha destacado la importancia de suscitar una conciencia
colectiva sobre los riesgos del consumo de sustancias adictivas.
Cuando además uno piensa que la sensibilidad ciudadana,
la verdadera, la hemos perdido de tanto infectar la vida de
egoísmos, considera vital y extrapolable lo que dice
la titular del ramo ministerial. Las adicciones de odio que
la tierra respira, sólo se curan bajo una auténtica
pedagogía educativa integral e integradora. Al final
todo se reduce a lo educacional, a un lenguaje común
que tenga por denominador la ética y por numerador
la estética, o sea, el señorío de ser
persona por encima de toda cosa.
Desgraciadamente
hoy se manejan conceptos erróneos, hasta el punto de
vivir bajo un estado de confusión y maldades que secan
los frondosos verdores paisajísticos. Uno de esos plumajes
angustiosos que está haciendo un daño tremendo
es, por ejemplo, identificar dignidad con una vida sin sufrimiento.
Pues resulta que, eso de perder conciencia y encubrir falsos
jardines de vidorria, abonados por criterios de bienestar
físico, posesión y prestigio social, es la mayor
de las esclavitudes históricas de nuestra historia
vivida. Sin entidad, la humanidad no es nada y la tierra de
los besos de luna, de los cielos azules, se apaga porque ha
perdido toda ilusión. También la de vivir. Es
el mismo desconsuelo que vierte un verso que brota sin autenticidad.
Cuando lo auténtico se falsea con simulaciones e hipocresías,
muy propio del momento actual, la recíproca confianza
que exige vivir unidos es un amor imposible que cuesta regenerarlo.
Los
frutos de vivir en la mentira no se han hecho esperar. Y más
que líderes fuertes hacen falta líderes que
siembren verdad. Que los nuevos segadores de vidas sean personas
generalmente bien acomodadas, con estudios superiores, debe
hacernos reflexionar todavía más. ¿Qué
está fallando en el mundo? Volvemos a ese estado de
desorden que hemos dejado campear a sus anchas, a esa red
de redes que fomentan el caos. Esta peligrosa anarquía
y maraña que nos envuelve a todos, sin distinción
de razas ni credos, exige retornar y reconsiderar la vida
humana como el valor más alto que no admite tasación
alguna. El utilizar métodos crueles e indignos es como
retroceder a las cavernas, al estado salvaje, a la bravura
de la muerte sobre la vida. Bajo este contexto de furias,
conviene salvaguardar, por la ley del ejemplo, poderes que
verdaderamente se pongan al servicio de toda la humanidad,
sin levantar el índice acusador; porque, al fin y al
cabo, todos somos un poco (o un mucho) culpables del desaguisado
actual que ciñe al planetario y cimbrea a la ciudadanía.