Quien
sabe reflexionar sobre las enseñanzas que la historia
del pasado nos da, concluye enseguida que son absurdas las
contiendas. De ahí, lo saludable que resulta el uso
de la palabra como diálogo. Habría que poner
como libro de texto colegial, “La curación por
la palabra”, de Pedro Laín Entralgo. Pienso que
es deber del intelectual, hacer propuestas para crecer y crítica
para hacer pensar; máxime cuando la realidad es pura
basura encorsetada a libertades que no son, a justicias que
no se aplican, a igualdades que no llegan, a pluralidades
que no se reintegran. Falta estimación por el ser humano
en este mundo inestable, inseguro, vacilante, tan frágil
como una rosa al viento. La razón y no la fuerza deben
decidir la suerte de los pueblos y de las gentes. El acuerdo,
las negociaciones, el arbitraje, es una buena mediación.
Al fin y al cabo, la paz es la resolución moral a un
problema de corrupción.
Unas
recientes declaraciones del Defensor del Pueblo, Enrique Múgica,
nos advierten que la situación empeora, con fuertes
cargas de violencia, hasta el punto que pide a los docentes
que “asuman con valor” la enseñanza de
“pautas éticas” a jóvenes y adolescentes
y, sobre todo, que ejerzan la disciplina sin temblarles el
pulso. Cuando se pierde la autoridad, estamos perdidos. O
se ataja la fuerza bruta de los disturbios, o la bestialidad
toma gobierno. Así de duro. Se precisa, pues, que el
pensamiento vuelva y que los pensadores asienten nuevas ilusiones,
con ternura, amabilidad, cordialidad, afabilidad por un proyecto
nuevo de reforma del mundo que sea aceptado por una cualificada
mayoría. Estoy seguro de que si hubiese muchas personas
como el rockero irlandés Bob Geldof, organizador de
los conciertos Live 8 contra la pobreza, sería posible
el cambio, porque antes hay que implicarse y aplicarse, sentir
vergüenza en el corazón y pudor ante la indecencia.
Para
que este mundo inestable destierre de su horizonte callejones
sin salida, el fracaso de la inteligencia, la victoria de
la selva, las naciones deberían fomentar el pensamiento,
desde el más escrupuloso respeto al universo de los
conceptos. La bondad no es un adorno inventado por elegantes
y selectos habladores, es un andar dignísimo, concebido
por la inteligencia, para construir un mundo más humano.
Se precisan, pues, caminantes de vida que enseñen sobre
la razón de ser y existir. El empacho de muertes en
el camino nos deja una estela de incertidumbre, desconfianza
y sospecha, que nos enzarza hacia atmósferas de complicada
curación. Ahí está el impacto directo
y tangible dejado por el terrorismo, que además de
ser causa del odio en la sociedad, genera opiniones encontradas.
El caso de España es bien patente, mientras Zapatero
introduce la teoría de la “violencia contenida”
de ETA para justificar el diálogo con los terroristas,
otras fuerzas democráticas y asociaciones, no lo ven
con buenos ojos.
En
todo caso, creo, que debemos despertar las conciencias. Cuántas
maravillas se podrían llevar a cabo en el mundo, si
la potencia del talento y la investigación se dieran
la mano, solidariamente, para explorar las vías del
desarrollo de toda la humanidad. Por ello, frente a este mundo
inestable, cualquier esfuerzo de reflexión es un modo
de expresar la dimensión trascendente de la vida humana.
Causa incredulidad y amargura los tonos triunfalistas con
los que algunos intelectuales, vestidos de un falso progresismo,
se pronuncian sobre temas que son patrimonio común
de las grandes culturas del mundo. Mal negocio es abdicar
de la verdad si queremos que la sociedad, diversa y plural,
conviva. Lo malo es que estas torpezas, por muy minoritarias
que sean, suelen pasar factura con el tiempo.
Por
consiguiente, el papel de la persona de pensamiento, en un
mundo dominado por poderes no siempre justos, que además
suelen recompensar a profesionales dóciles, es bastante
difícil. Sin embargo, lo que es tan fructífero
para la vida, como puede ser mantener una conciencia crítica
y de vanguardia, defender a toda costa la expresión
de su independencia de juicio, cuestionar formas de convivencia,
suele ponerse en entredicho o censurarse por el especialista
aborregado, del poder de turno, intentando que determinados
temas no se debatan públicamente. Ya me dirán
qué democracia es ésta, cuando existen y coexisten
tantos condicionantes/condicionados generados por un sistema
de dominación interesada. Ahí es donde debe
estar el intelectual, como un agente de conciencia ante el
diluvio de dislates, en primera línea de batalla, poniendo
todos los abecedarios a disposición de la libertad.
En
una sociedad en la que parece que sólo cuenta el dinero
y el poder, que hace gala de la mediocridad, aunque esté
más formada que nunca, pienso que se precisan personas
que proclamen que la vida tiene un sentido más allá
de lo puramente material. Puede que tengamos muchos sabios
de palabra, pero pocos de corazón. Eso de hablar de
una manera atrayente hasta el punto de inducir a los seres
humanos a asentir falsedades, es muy propio del momento actual.
En consecuencia, estimo que la voz del intelectual exigente,
en cuanto a no estar vendido a nada ni a nadie, es una necesidad
que, aunque siempre lo ha sido, hoy es más urgente
que ayer, ante la creciente banda de manipuladores que a la
primera de cambio te roban, ya no la cartera, el corazón.
A mi juicio, pues, son las gentes de pensamiento, entre los
que elijo a los cultivados por la cátedra de la vida
vivida, los depositarios de un saber humanístico, nada
arcaico; ideas que, en todo momento, hemos de considerar y
reconsiderar.