Está
visto que la aparente riqueza material no hace más
feliz a las personas. El abusivo afán por hacer fortuna
puede llevarnos a una esclavitud desgarradora. Hay caricias
que matan y penas que ni cantándolas se olvidan. La
felicidad la dan otro tipo de cantares, aquellos que nacen
de la torre del alma, con la idea de que el bien común
reine y gobierne en todas las familias. Desde luego, la vida
es una orquesta que no admite solistas, ni comportamientos
egoístas. Necesitamos otros latidos, otras seguridades,
como es la de poder confiar en las cuerdas del corazón
humano. Si perdemos la familiaridad de ayudarnos a convivir,
tomará partido la insatisfacción en nosotros.
Seremos como un amante sin amores, a la búsqueda de
placeres viciados, al igual que un violín estrangulado
al que no se le ha dejado expresar sus sentimientos.
Las
noticias manchan el cielo con sobredosis de salvajadas. Muchos
son los que pierden a diario el sano juicio de discernir.
Ahí está, como botón de muestra, el fuerte
incremento de adicciones a todo tipo de sustancias y bebidas,
verdaderamente alarmante. Somos una sociedad viciada y enviciada
hasta el punto de perder todos los papeles. También
el del sentido común. Por tanto es un problema social
que debemos reconsiderar. Pienso que hemos dañado los
buenos modales y todos los estilos, también el de una
vida más saludable que tenga un efecto positivo, tanto
para la mente como para el cuerpo. Una sociedad sin drogas
dicen que es posible, convendría que lo fuese. Tendríamos
que cambiar hábitos y valores, dejar de bailar con
la muerte, plantarse y plantar voz a los farsantes que nos
quieren implantar escombros en el alma. Ya está bien
de que nos canjeen como un muñeco de feria, por un
puñado de pasta, como si uno fuera un ganso en venta.
Tras ilusorias caricias, se esconden nombres que confunden
y ciegan descaradamente, como la píldora del amor,
que para nada hace honor a su nombre.
Desde
hace un tiempo a esta parte, hay mucho que desgarra y poco
que nos enternece. Al igual que dijo el poeta: Yo también
invoco la paciencia divina y la pongo por madrina en este
loco diario de muerte que soportamos. El bautizo de la ecuanimidad
es tan necesario como urgente, precisamos de otros vientos
más humanos. Andamos sedientos de verdad; y, la verdad,
nos la oculta el poder corrupto. Pero la gente busca, quiere
encontrar otro clima más llevadero y convierte, a pesar
de las muchas fuerzas contrarias, el “Pequeño
Catecismo Eucarístico: Tesoro escondido”, en
best seller mundial. El rostro de don dinero es una caricia
poco saciable y nada socializable. Ya que los españoles
tenemos fama de buenos emprendedores, podríamos emprender
una nueva mística, para que se nos ablandara el corazón,
porque sólo así se pueden fomentar los espacios
de encuentro, mediante un afectivo diálogo interreligioso
y efectivo culto a la cultura de la autenticidad. La actual
cultura es la ironía de un pensamiento mediocre subido
a las alturas ideológicas. Basura interesada, contante
y sonante.
Si
en verdad se diesen otras atmósferas de aire limpio,
la mugre no saldría tan a flote. Estos cariños
de quita y pon, de usar y tirar, son el reflejo de una sociedad
enfermiza. Trastorno que está siendo aprovechado por
algunas agencias de viajes, mediante un reclamo vacacional
excitante e incitante, bajo la guinda apetitosa de probar
nuevas sensaciones. Casi siempre es lo mismo, sexo puro y
duro. Ahí están sus efectos, este deseo desenfrenado
ha llegado a las aberraciones más humillantes, a la
explotación de mujeres y niños en un comercio
sexual sin precedentes, algo que constituye un escándalo
mundial al que hay que ponerle freno antes que la bestialidad
nos amortaje la vida. Es preciso hacer todo lo posible para
que el veraneo no llegue a ser, en ningún caso, un
mercado de carne humana, una forma cruel de acrecentar la
legión de explotados y explotadores, sino que sea la
ocasión de un útil intercambio de experiencias
y de un conversar fructífero entre distintas razas
y ritmos. Creo que es el momento de un mayor control de personas,
sobre todo de esos caraduras vestidos de honestos turistas
que, con un puñado de euros, quieren satisfacer sus
instintos más animales, con las personas más
débiles y necesitadas.
Bajo
esta forma de matar la inocencia, la sed de caricias rompe
todas las cifras. Se agradece: donar vida, legar luz, ceder
poesía. Todo en plural para la pluralidad. Y que ascienda
lo poco humano que nos quede, en progresión recíproca,
multiplicadora, corazón por corazón. Y que los
latidos se enraícen en valores universales, los que
hacen vibrar las estelas del cielo, aquellos que propician
derechos iguales y oportunidades para todos. Esto es lo que
hace falta. Este cuidado no desgarra. Antes bien, tranquiliza
y equilibra. Por un poner, el que las manifestaciones contra
la pobreza vistan de blanco a España, sobre todo debe
hacernos reflexionar y no quedarnos sólo en una lluvia
de colores. Detrás de tantas hambres está la
irresponsabilidad de gobiernos que no respetan los derechos
de la persona y, también, gobiernos con abultadas nóminas
por los servicios prestados.
Habría,
pues, que retomar bondades perdidas y restaurar cementerios
de palabras que nada nos dicen, sembrar ternuras e injertar
afectos olvidados, sin blanduras, laborar esencias para que
vivir sea favorable al amor; puesto que la vida es un compartir,
entregarse hasta el extremo de los propios límites,
o como nos legó con su ejemplo la Madre Teresa, en
su creciente hoja de servicios, que servir es “amar
hasta que duela”. Si así fuere la práctica
del amor, no haría falta reivindicar lo de “pobreza
cero, sin excusas”. Por desgracia, sucede que las caricias
rayan como lengüetas en llamas a la primera de cambio
y, así, resulta complicado dar un paso, sin pensar
que en el renglón de la vida hemos dado un paso en
falso. Eso de dar cariños de yedra, comprender y comprenderse,
deshacerse en versos y hacerse en atenciones al que nos necesita,
más bien no está de moda. A sensu contrario,
sí lo está avivar otro tipo de oleadas, como
la violencia y el empobrecimiento que supone para la sociedad
de la opulencia el declive de las humanidades. Si todas las
pobrezas son crueles para la persona, olvidar la del pensamiento
también es una locura, sobre todo para no tragar lo
de gato por liebre.