La
atmósfera supera todas las oscilaciones posibles: Europa
entra en coma. África se la comen los gobernantes corruptos.
América, un continente con un gran patrimonio de recursos,
los grupos de poder pasan de la redistribución. En
Asia y el Pacífico, mientras unos gozan del beneficio
del desarrollo tecnológico, otro se ven forzosamente
obligados a modernas formas de esclavitud… La humanidad
vive en un continuo caos de despropósitos, instalados
en un presente incierto. La siembra de conflictos está
en doquier esquina y en, cada lugar, la desigualdad es un
hecho que amortaja el sosiego. Así no se puede caminar
hacia desarrollo alguno.
El
mundo se nos queda chico, y en todas partes, se nos achica
la libertad. Hay que estar con los ojos bien abiertos ante
tanta tentación de manipuladores. Ahí está
la gran paradoja de España; la que es tierra de María
y océano de místicos, dividida y desorientada.
Eso de poner en venta la familia, lo que ha sido heredad de
siglos y que pertenece al patrimonio de la humanidad, es la
mayor de las tragicomedias actuales. Hay valores que no pueden
someterse al capricho del gobierno de turno. El verso naciente
en la edificación de la vida parte de una comunión
conyugal, algo que es determinante e insustituible. En poesía,
cuando se confunde la rima, el poema se destroza. Igual sucede
con la familia, su verdadera identidad del matrimonio, es
la que es y será caótico si nos dejamos caer
en una aparente y falsa modernidad que nos rompa la vida.
No es cuestión de creencias o no creencias. Según
el designio de la propia naturaleza, todo está versificado
a una complementariedad original de amor: de un padre y una
madre.
Hacer
del matrimonio una farsa es como declarar la guerra a la vida
que se nos dona. No tiene precedentes en nuestra historia
humana. El valor de la familia ha sido compartido desde la
eternidad por fieles de todas las religiones y por gentes
de todas las culturas. Ese clamor popular de que la familia
sí importa, debiera hacer reflexionar a todas las personas
responsables, extensivo a todos los poderes del Estado, puesto
que dejar de asegurar a la familia su papel de lugar primario
de humanización de la persona y de la sociedad, es
una necedad que pasará factura a las nuevas generaciones.
Lavarse las manos como Pilatos, considero, que no es de recibo
ante la bestialidad de leyes contrarias a la ley natural.
El
pueblo sale a la calle, se manifiesta de diversos modos. Pongamos
el oído. Lo que pide es de justicia para que se haga
justicia. No se puede equiparar lo que por naturaleza es singular.
Tampoco adulterar los derechos del niño a tener una
madre y un padre, en concordancia con la vida misma que así
lo exige. Faltan poéticas proteccionistas a la familia
y sobran políticas engañosas. Los padres todavía
no tienen libertad para decidir sobre la educación
de sus hijos y, en particular, para responsabilizarse de su
formación moral, cívica y religiosa. Habría
que emplearse a fondo en cumplir y hacer cumplir un ordenamiento
jurídico que garantice el respeto a la vida humana
en su integridad, tan esencialmente unido al matrimonio y
la familia.
Sin
duda, porque el apoyo al linaje, es una medida básica
de la salud de un pueblo, todas las energías son pocas
para no fenecer como animales enloquecidos, sin crecimiento
humano, bajo el diluvio aplastante de soledad, en complicidad
con las permisivas salvajadas. Hacer de un puro orden, que
se nos ha legado, un necio desorden; no es de ley, en la ley
del universo; ni tampoco la promiscuidad ha de hacerse norma,
en la normalidad de la existencia.