Cada
día es más complicado vivir porque la vida ha
dejado de tener autoridad moral para muchos ciudadanos. La
incertidumbre que soportamos a diario nos hace que vivamos
en la duda y que dudemos de todo y de todos. Aparte de la
escasez de liderazgo que tenemos, en cuanto a sembradores
de verdad, también nos falta a cada uno de nosotros
buscar tiempos para la reflexión, para un discernimiento
crítico sobre la realidad actual. La satisfacción
está solo en la búsqueda, en paladear los pétalos
de la esperanza e ilusionarse con el despertar de una sonrisa.
La crecida del número de personas que optan por el
suicidio, es una señal más del desagrado y malestar
que sufre actualmente la sociedad, llevada por una especie
de determinismo fatalista, donde los caprichos humanos amortajan
doquier trascendencia de luz.
Eso de
vivir en las sombras o en jaulas acolmenadas delante del televisor,
puede que sea una forma de encarcelar el pensamiento. Muy
propio del momento actual. Por ello, quizás, convendría
multiplicar las horas de silencio, si nos dejan alguna las
responsabilidades contraídas. Por si acaso, hallamos
ese momento, se me ocurren algunas preguntas que deseo compartir.
¿Cuál es mi posición frente a la vida?
¿Cómo afronta el niño, el adolescente,
su proyecto vital en un mundo tan adulterado por los adultos?
¿Y el hombre maduro? ¿Puede abrirse al mundo
y leer sus páginas escritas, aquellas que dormitan
en la biblioteca de su soledad, como lección para las
nuevas generaciones? ¿O debe vivir sólo de recuerdos?
En cualquier caso, frente a tanto diluvio de calamidades que
se nos vienen encima, firmaría poner en el orden mundial
una nueva valoración del ser humano como tal, puesto
que es lo más valioso que hay en el planeta.
Un mundo
en el que, los ciudadanos, se empiezan a dar cuenta que la
confianza depositada en los “poderosos” no es
del todo trigo limpio; tras de sí, se esconden, maldades,
egoísmos, orgullos inútiles… Aires que
conllevan el fracaso y la consabida desesperación.
El estilo de vida moderno puede que nos haya traído
un mejor bienestar, pero ¿a qué precio? Sería
fructífero meditar sobre ello. Sólo hay que
mirar alrededor y ver la siembra de espectáculos, verdaderamente
alarmantes, que golpean contra todo ser vivo. Parece como
si el ser humano se hubiese vuelto loco y no tuviese corazón.
Los sentimientos han pasado a un segundo plano en esta sociedad
afanada sólo por la solvencia económica, el
culto al cuerpo y el consumo de vicios, olvidando otras dimensiones
de donación de alma, poética que llena por dentro
y sacia por fuera.
Todo está
como muy dividido, mientras unas personas se manifiestan y
reclaman valores perdidos, otros quieren hacer valer su poder
(de ordeno y mando) y apoderarse de la ciudadanía amparados
en el avance de una sociedad cada día más disociada
y menos democrática, abatida por múltiples controversias.
Para empezar, no se puede ir contra lo que es estado natural
de la vida, despersonalizarlo todo, deshumanizar en vez de
humanizar, o llevar a los altares al que más tiene,
hace o produce, en lugar del que más se entrega en
gratuidad. Es la supremacía del más fuerte sobre
el más débil, lo que está generando un
estado salvaje en doquier esquina, cuestión que hemos
de atajar lo antes posible, unificando posturas de integración.
Volviendo todavía más los ojos a la patria mía,
que diría un latino, la solidez de un sistema democrático
y el funcionamiento de sus instituciones pasan por la garantía
que perciba el ciudadano en cuanto a principios básicos
de convivencia y seguridad jurídica. Por desgracia,
en demasiadas ocasiones, este auxilio se pone en entredicho,
por la lentitud de una justicia que suele llegar tarde a todos
los sitios. Ya se sabe, la demora de la justicia significa
ya injusticia.
Detrás
de tantos altibajos emocionales se esconde una desconfianza
total. A propósito, decía Auguste Comte, que
vivir para otros no es sólo ley de deber, sino también
ley de la felicidad. Deberíamos tomar buena nota de
ello, de caminar con el corazón dirigido hacia lo alto;
un horizonte en el que la poesía resplandece por si
sola, abrazada a las olas de la justicia y la paz. Hemos perdido
tantas esperanzas en el camino, alterado hasta el extremo
el ánimo, que más bien parece que estamos desposeídos
del bien, de las felicidades del mundo. En la calle, los lamentos,
son bien palpables. Aunque, decía mi abuela, que no
se sale adelante celebrando triunfos, sino saltando tropiezos
y superando fracasos. Ahí está el quid de la
cuestión, en tener siempre algo que hacer por los demás,
alguien a quien besar por amor y algún abrazo que ofrecer.
En este
sentido, partiendo del amor incondicional y en constante referencia
a él, no obstante cada uno puede ser artífice
de su ventura (o desventura), la felicidad llega en pequeños
sorbos que conviene saber degustar para tener reserva o reservarse
de los dolores. Al fin y al cabo, la placidez no consiste
en llevar a términos nuestros ideales, sino en idealizar
atmósferas gozosas. El gozo todo lo puede. Ahí
está la capital del reino, más pletórica
que nunca, desplegando por sus calles la bandera más
grande del mundo para demostrar que quiere ser sede olímpica.
Queda, para la historia, que ni las altas temperaturas veraniegas
achicaron la alegría del pueblo.
Está
visto que la ciudadanía es algo dinámico como
el aire, Por ello, al pretender volverla estática,
se desmorona y desespera. Es también la persona algo
más, un ser poseedor de una libertad que le permite
autodeterminarse y decidir en parte no sólo su futuro,
sino también el modo de ser y de actuar ante la vida,
movimiento a respetar recíprocamente, bajo la mayor
afectividad posible, para que se reproduzca la dicha. Cuánto
mayor sea la solidaridad de la persona con sus semejantes,
más grande será el júbilo. De lo contrario,
pienso, que sin ese carácter donal, social, ético
y solidario de la persona y su apertura intrínseca
a la trascendencia, el abatimiento será el pan nuestro
de cada día, con ansiedades de caballo y desasosiegos
de escándalo.