Para
tomar aliento, confesaré mi predilección por
las convocatorias culturales que aportan algo novedoso, capaz
de instar a que la curiosidad se ponga en movimiento. En este
caso, surgió por una invitación de la Residencia
de Estudiantes, ubicada en el Pinar de Madrid, bajo el sugestivo
titulo de “Einstein en España” para los
próximos meses (hasta el 24 de julio del 2005), exposición
organizada con motivo del año de la Física.
Eso de reunir documentos, libros, recortes de prensa, manuscritos
y fotografías, de alguien que mostró desde niño
una curiosidad excepcional por la naturaleza y una gran capacidad
para entenderla, me lleva a refrendar una de sus geniales
reflexiones, aquella que nos exhorta a no dejar de cuestionarnos.
Estoy
convencido de que si practicásemos más limpiamente
y con mejor disposición, el lenguaje de la deliberación,
llegaríamos a otros horizontes más humanos.
Vayamos a un ejemplo esclarecedor. La cuestión no pasa
por defender un determinado poder embaucador, como puede ser
el bienestar social puesto en bandeja en detrimento de otras
pérdidas de libertades, sino por abrir caminos al entendimiento
desde otras vivencias más sanas, que son las que nacen
del alma. Eso de que hoy en día, nos quieran poner
a todos un precio, es de tener muy poco corazón y muy
poca altura de miras. Al descubrir el juego mercantilista
al que somos sometidos, comienzan las disputas donde nadie
se queda a salvo.
Ya
se sabe que el pensamiento de Einstein, nacido de un pensador
que observa y de un contemplativo que sabe escuchar la música
del universo, hasta confesar que de no haber sido físico
hubiese sido músico, trascendió más allá
de lo científico. Supo encender y ascender controversias
encaminadas a cuestionarse. Él mismo apuntaba en esa
dirección, convencido de que son pocos los que ven
con sus propios ojos y sienten con su propio corazón
¿Qué mundo es este que todavía no respeta,
la libertad de religión y creencias, lo que debiera
ser piedra angular de las sociedades democráticas?
Ésta es una meta a la que aún faltan por llegar
muchos países. La advertencia del Papa Benedicto XVI
de esperar que la Iglesia católica española,
que está dispuesta a dar “pasos firmes en sus
proyectos evangelizadores”, sea “comprendida y
aceptada en su verdadera naturaleza y misión”,
porque lo que quiere es “promover el bien común
para todos”, es asimismo una manifestación más
de que esta libertad se puede poner, o se pone, en entredicho.
Ya lo dijo, el científico: “Dios no juega a los
dados con el universo”, y mucho menos habita en la soledad,
porque es una comunión perfecta de amor, que necesitamos
llevarnos a los labios todas las mañanas para poder
vivir.
Un
universo que hoy arde contaminado por los desórdenes
humanos. Si volviéramos la vista a Einstein, convertido
en activista del desarme internacional y del gobierno mundial,
seguramente armonizaríamos otro mundo más habitable
de menos borrosos perfiles y más autenticidad. Aquel
viajero solitario, portador de unos ideales que han iluminado
su camino, afrontó la vida bajo el argumento de profundizar
en algo tan hondo a observar como la belleza, bondad y verdad.
Esa fue su donación, crear y creer en la inquietud.
A propósito, expresó sentir la emoción
más hermosa y más profunda que podemos experimentar
bajo la sensación de lo místico, a la que calificó
como el legado de toda ciencia verdadera, que no es otra que
aquella que está al servicio de la vida humana. Ahora
más que nunca, pienso, que es necesario no dejarse
engañar por ilusiones, ni cegarse por determinados
intereses, sino más bien buscar juntos el verdadero
progreso, que no se consigue nunca a costa del sagrado derecho
a la vida.
No
importa interrogarse, es lo apropiado, para enriquecerse por
dentro. La duda siempre nos lleva al debate y el debate a
la confluencia de pareceres. Esto es bueno. Porque el conocimiento
de la persona humana es también comprensión
reflexiva, algo que va más allá de la mera observación
y del análisis científico. La física
puede ser una actividad estéticamente atractiva, culturalmente
importante y económicamente decisiva para nuestro desarrollo
económico y social; pero si queremos construir un futuro
más bello, más próspero, más justo
y más humano, se precisa también una atmósfera
impregnada de un alma. Sería el mejor homenaje a la
memoria de Einstein, lo mismo que él cultivo, la recuperación
social del entusiasmo por participar en la aventura colectiva
de la ciencia y hacerlo desde la convicción de que
el progreso científico debe ir acompañado de
un progreso ético equivalente.
Para
Einstein, el mundo no está amenazado por las malas
personas, sino por aquellos que permiten la maldad. Si contemplamos
la situación actual que vivimos, desde la observación
objetiva de los hechos como lo hace la ciencia, no se puede
dejar de ignorar la impresionante proliferación de
múltiples manifestaciones sociales y políticas
del mal: desde el desorden social a la anarquía y a
la guerra, desde la injusticia a la violencia y a la supresión
del otro. La intimidación y el terror han tomado la
calle y también se han enquistado en el ámbito
familiar, donde aumenta considerablemente los casos de maltrato
doméstico. ¿Qué está fallando?
¿Tan difícil es orientar el camino de la paz?
La situación pide a gritos volver a considerar el patrimonio
común de valores morales como práctica continua.
Para
ello, estimo indispensable promover una nueva educación,
más formativa en valores de convivencia, desde todas
las instituciones de culto a la cultura. Conseguirlo no es
fácil, para empezar, se precisa considerar la variedad
de opinión y reconsiderar la nuestra, clave necesaria
para un conocimiento objetivo. Ahí está esa
luz del atardecer anaranjada y violeta que unos la percibirán
poéticamente, y dirán que está cansada
de luchar contra el espacio humano del egoísmo repetitivo
en el tiempo y que por eso nos transmite ese color, mientras
que para otros será un efecto puramente científico.
Al final volvemos a lo mismo, a que lo importante es no dejar
de hacerse preguntas.