Cuando el uso y abuso de conceptos se saca de tiesto, resulta
difícil que florezca conocimiento sano o genialidad
que de esqueje para el tiempo. En la actualidad, soportamos
una mezcla de semánticas que todo lo confunden, lo
cual pone de manifiesto que todo vale y que las palabras cuestan
bien poco decirlas. Al final, tenemos una borrachera de notoriedades
de difícil crédito y la continua sospecha de
que nos están tomando el pelo. Quedarse en las buenas
intenciones tan solo, o en el lenguaje de los signos lingüísticos,
sin implicarse, ni aplicarse en lo dicho, acarrea decepciones
alarmantes, por lo que conlleva de burla o de chasco en la
confianza depositada. De pronto, pasamos del blanco al negro,
obviando que hay muchas variedades grisáceas que se
nos escapan de las manos. Podemos perder todos los sentidos,
a poco que nos dejemos llevar por el pregonero de turno, dispuesto
a volvernos un veleta, arrancarnos el corazón, las
raíces, el sentido de Estado y hasta la unidad en la
familia. Un juego peligroso que acrecienta los muros de la
hostilidad.
Mantener el valor de los principios morales contra la tendencia
moderna a un vocabulario sin sentido, que no pasa por el corazón,
debiera ser una de las prioridades de todo servidor que se
precie de demócrata. Las ideas, como la paz y la justicia,
las libertades y la dignidad humana, suelen ser comunes en
todos los discursos públicos. Sin embargo, una cosa
es predicar y otra muy distinta dar trigo. Con demasiada frecuencia,
estos vocablos de vida, a más de uno han dejado de
emocionarnos al ver que sólo se quedan en alocuciones
para quedar bien. La palabra ha dejado de trasladarse a un
compromiso personal serio y verdadero, en favor de la colectividad.
Puro teatro que se dice, con permiso de los actores, porque
estos charlatanes de poca monta no suelen pasar de titiriteros.
En cualquier caso, el hecho real es que estamos empapados
de lemas y eslóganes que son pura mentira y, además,
hacen daño a los labios del alma. Por citar un ejemplo
que salta a la vista, por repetitivo y fuera de lugar, el
destierro de Dios creador de la vida diaria de la persona,
mostrándolo como un residuo cultural del pasado, es
una muestra de atropello a la ley de leyes, que no es otra
que la fuente del orden moral. El poder es el dios que ahora
manda e impera en esta pasajera vida donde el abuso campea
a sus anchas de manera explotadora y explosiva en usura.
A mi juicio, los tiempos actuales son rompedores, aduladores
y adúlteros. Menguados de respeto. Embutidos en la
falsedad, bajo lenguajes conducentes al engaño. El
tufillo de fraude y timos es un sobre/peso que nos sobre/pasa.
Habría que llamar a las atmósferas por su nombre
y tener la virtud democrática de actuar desde la transparencia.
Falta claridad tanto en el hablar, como en el decir y actuar.
Sería un buen uso del talante, actuar con coherencia
entre lo que se dice y lo que se hace, para así avanzar
y no retroceder en cuestiones de vida civilizada. El efecto
de la hipocresía no se hace esperar. Lo incivil nos
sorprende en cualquier esquina. A sangre fría. Lo último
es salir de cacería humana, para liarse a tortas con
el primero que te encuentres y no te caiga bien. Esto es de
locos. Ya me dirán qué horizonte esperanzador
podemos divisar. Para colmo de males, hace tiempo que nuestras
universidades, en contra de lo que se vocifera, han dejado
la inserción laboral y social, tan necesaria para convivir,
fuera de sus abultados planes académicos. La consecuencia
de todo ello, es que los titulados universitarios, aparte
de ser el colectivo más creciente de parados, también
lo es en el consumo de alcohol y drogas. La marginalidad,
como el vicio de la ociosidad, conlleva estos baños
de falsas felicidades.
Hay
percepciones que debieran preocuparnos. Sobre todo, la caída
y recaída de jóvenes en depresión, sin
ganas de luchar, a la deriva, ausentes de figuras paternas
y maternas, en total desamparo, sin vida interior, atrapados
por un desierto de absurdos. Esto es lo inquietante, esa juventud
que vive con el alma en un hilo, al filo del filo del borde,
vendida a sensaciones que crean dependencia, sobre ascuas
que queman. Las chispas saltan por doquier lugar, fruto de
tantas arbitrariedades conceptuales como de rúbricas
impertinentes. Ahora está de moda predicar la tolerancia,
pues todos a soportarla por decreto, en vez de avivar el aprecio
hacia los demás desde el ejemplo. Ven la diferencia
de decir amén. Se puede transigir, pero más
hondo es digerir, porque uno desea ese alimento. Aunque exista
la cirugía estética, aquellos labios resecos
de amor no besan igual que los que aman a corazón abierto.
Dado
el diluvio de confusiones y conjeturas de pensamientos, aluvión
de dimes y diretes, estimo conveniente evocar lo que Zapatero
dijo en el Salón de Plenos de la Real Academia Española,
reavivando y actualizando lo que todos aprendimos un día
lejano, cuando la noción de la nación todavía
nadie ponía en entredicho: “que la Academia “limpia”,
esto es, despoja a las palabras de cualquier manipulación
y esclavitud; que la Academia “fija” al designar
la esencia que todos los seres humanos que piensen en español,
tienen el derecho solidario de compartir; que, en fin, la
Academia da “esplendor”, al abrir paso con espíritu
democrático al talento y a la equidad, combatiendo
la desigualdad más irritante y perturbadora que existe:
la desigualdad ante la cultura”. Pues eso, si en verdad
estos conceptos se practicasen, quizás se iluminarían
otras opciones de libertad muy opuestas a las contaminadas
que recibimos, y otra ley más de todos, paralela al
esplendor de la razón y perpendicular a la luz, para
ver mejor a los que baldean la vida desde su pedestal de poder.
Veríamos si lo hacen por amor a la verdad y al bien
de cada persona, o si lo hacen por mero interés particular.
En
consecuencia, pienso, que faltan constructores e instructores
de lenguajes que nos aporten y reporten una visión
amplia y de equilibrio. Los modelos que a veces se nos muestran
habría que desmontarlos por su poca altura de miras.
Las gentes de pensamiento debieran salir al ruedo a mostrar
la importancia del ser humano como tal. En un mundo como el
presente, en el cual los figurines mediáticos tienen
tanta fuerza y tantos seguidores, urge mostrar los múltiples
caminos que tiene la existencia para que cada cual pueda tomar
la senda que considere. Si para liberarse hay que ser libre,
también para entregarse hay que ser uno mismo, pertenecerse
para poder donarse. Perfeccionar esa virtud es la mejor antítesis
a tanto abuso de palabrería barata.