| A
pesar de los muchos entresijos, creo que el mundo sueña
con vestirse de auténtica primavera democrática,
porque ya está harto de obedecer órdenes sin tener
voz. La hoy desorientada y desunida Europa, de la que es capitana
mayor la heroica Ángela Dorothea Merkel, junto a sus
velocistas menores y pequeños, en esto de dar valor a
lo demócrata, el consenso al menos gobierna el lenguaje.
Otra cuestión es pasar de las palabras a los hechos,
pero el Tratado de Lisboa, no entiende la Unión sino
se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana,
libertad, democracia, Estado de Derecho y respeto de los derechos
humanos. Por cierto, a mi manera de ver, Europa debiera encabezar
ese referente de compromiso real con una vida en democracia.
Por otra parte, las vueltas y revueltas de Oriente Medio, África
y tantos otros lugares del planeta, surgen casi siempre de un
pueblo cansado y oprimido, deseoso de que el respeto, el diálogo
y la cooperación entre diversas culturas, civilizaciones
y pueblos, pase de ser una apariencia a ser una evidencia.
Podemos
reafirmar que la democracia es un valor universal, pero si no
se universaliza realmente, tiene poco sentido ratificar nada.
Mejor rectificamos con más democracia que es como se
cura cualquier mal antidemocrático. Desde luego, hay
que tener democracia hasta para forjar una revolución.
Justo por ese carácter global todos somos responsables
de proteger a la humanidad del genocidio y de tantos crímenes
de guerra y de depuración étnica que se suceden
a diario. La democracia tiene que oírse más y
verse mejor. No puede ser una referencia ni ningún referente,
si la ciudadanía permanece pasiva en lugar de enérgica
y activa como corresponde a unos soñadores de libertad.
Una sociedad demócrata tiene que sabe discernir y actuar
a tiempo, para poder ejercer sus responsabilidades de control
a los gobiernos para que funcionen de manera democrática.
El día que los derechos humanos y el estado de derecho
no estén protegidos, como lo deben estar en las auténticas
sociedades democráticas, será muy complicado,
por no decir imposible, convivir en el planeta.
Por
tanto, partiendo de esa convivencia en armonía que todos
nos merecemos al nacer, vale la pena concienciar a todas las
generaciones del mundo de la necesidad de impregnarse de cultura
democrática, o lo que es lo mismo, de empaparse de acciones
y opciones participativas e inclusivas. Valoro, pues, muy positivamente
el recordatorio de la ONU, el 15 de septiembre -día internacional
de la Democracia-, porque es una manera de preservar las democracias
y de incentivar los valores democráticos. Es mucho el
trabajo que debemos realizar, sobre todo porque el mundo se
ha globalizado y tenemos mucho que restablecer y cimentar con
renovadas democracias. Parte de esta crisis económica
que hoy aflige al mundo, se debe a un retroceso democrático;
porque una cosa es que se nos llene la boca de demócratas
y, otra muy distinta, son esas democracias corruptas a más
no poder, que no admiten transparencia ni participación
del pueblo.
Está
visto que cualquier bofetada en los avances democráticos
es un infortunio para el progreso de cualquier país.
Ello nos impone una responsabilidad ciudadana de apoyo total,
sin condiciones ni condicionantes a la gobernanza democrática
verdadera, si ésta en verdad lo es, buscando el bienestar
de la población y la cohesión social. Se dice
hasta la saciedad, buscar la equidad y la superación
de la pobreza, como corresponde a los valores democráticos,
pero ciertamente cuesta entender tantas contradicciones entre
la expansión de la democracia y la economía, entre
la política y la ciudadanía, entre la sociedad
y el mismo Estado. Las preguntas me surgen de momento, ¿se
podrá llegar a un desarrollo que no sea excluyente? ¿Si
se puede erradicar la miseria desde los valores democráticos,
por qué no se hace? ¿Los corruptos por qué
siguen gobernando, o en la retaguardia, y no se les hace justicia,
de que devuelvan lo robado? Son tantos los interrogantes, y
tan pocas las respuestas convincentes, que sería bueno
pensar si todos estamos decididos a sembrar el mundo de valores
democráticos, y de participar en esa siembra con todas
sus consecuencias.
El
mundo puede soñar una primavera democrática, que
por supuesto ya es algo fundamental, porque nada se puede hacer
si no se quiere hacer. Ahora bien, las sociedades democráticas,
que por cierto muchas no lo son aunque se autonombren así,
debieran reconsiderar sus posturas. Se puede proponer que se
cultive entre la gente los valores democráticos, que
en definitiva son valores humanos, pero jamás imponer
la democracia a nadie, ni venderla como un producto más
de exportación, porque tiene que ser la ciudadanía,
desde su propia cultura, la que decide modos y maneras o modalidades
democráticas de gobernarse en esta vida. Esto deberíamos
tenerlo todos en cuenta, la civilización humana en pleno,
y, posteriormente, hacer familia alrededor de las Naciones Unidas
que apoyan elecciones libres y limpias. Al fin y al cabo, la
democracia precisa de la moralidad de sus electores y elegibles,
si no quiere caminar contra lo que se intenta defender y estimular.
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