| Cada
día son más los niños a los que no se les
deja vivir una infancia inocente. En una época en la
que tanto se habla de derechos, parece un contrasentido, pero
así es, que la infancia siga siendo una presa fácil
por parte de los adultos para la explotación sexual.
La moda del turismo afrodisíaco, sensual e instintivo
con menores, así como la pornografía infantil
en Internet, son fenómenos que globalmente están
creciendo, y como tales deben combatirse enérgicamente
desde todas las instituciones, provenga de donde provenga el
comercio o el abuso. Destruir la inocencia en la mente de un
niño es negarle a descubrir el auténtico amor,
que es la raíz de la vida, y por consiguiente es la peor
de las formas de esclavitud. Ya en abril de 1999, la UNESCO
lanzó su campaña “Inocencia en peligro”
cuyo objetivo principal fue alertar a la opinión pública
sobre esta lacra de compraventa, sobre todo a través
de Internet. Con el paso del tiempo, a pesar de tantas retóricas
lanzadas sobre la protección de las agresiones sexuales,
se observa que los riesgos contra la espontaneidad del niño,
lejos de decrecer, aumentan, y que el comercio sexual con los
menores prosigue en cualquier parte del mundo, abriendo el camino
del vicio desde los años de la inocencia.
El
comportamiento más animal a veces lo sobrepasan los propios
seres humanos. Las víctimas siempre son los más
frágiles. Niños que no tienen una familia donde
aprender a vivir lo que es una relación natural entre
madre, padre e hijo, que se mueven por si mismos en una sociedad
depravada y depredadora, sin moral alguna. La combinación
de sexo y violencia en los medios de comunicación y en
los espectáculos, así como la normalización
de la experimentación sexual cuanto antes, desembocan
fácilmente en perversiones como viene sucediendo. No
hay excusas para el abuso a menores por parte de nadie. El compromiso
del Papa contra la pederastia en la Iglesia y contra la “cultura
del silencio” desde que era cardenal, es una actitud normal
que deberían imitar todas las instituciones del mundo.
Frente a este problema la tolerancia debe ser cero. Los obispos
alemanes ante los casos de abuso sexual también han sido
contundentes. Quieren descubrir la verdad y llegar a una aclaración
legal, sin falsas interpretaciones, incluso cuando se presenten
casos que se remonten a un pasado lejano. Además, están
reforzando la prevención. Piden a las parroquias y, en
particular, a los responsables de escuelas y pastorales juveniles
promuevan una cultura de atenta observancia. Desde luego, la
explotación sexual de los niños es un crimen tan
repelente que hay que actuar con más vigor y quizás
también con más voluntad de acción para
atajarlo.
Los
niños deberían ser el centro de atención
en todos los países del mundo. Digo deberían,
porque hoy no lo son, en absoluto. Lo serían si la disminución
y la eliminación de esa violencia fuese realidad. De
poco sirve hablar en todos los foros de una cultura de paz,
sino se predica con el ejemplo. A ninguna asociación
del mundo puede permitírsele la liberación de
la pornografía infantil y las relaciones sexuales entre
adultos y niños. Asimismo, la explotación sexual
entre menores sigue moviendo gran cantidad de dinero en el mundo.
Es hora de declarar la guerra a este repugnante comercio que
trunca la inocente infancia a la que todos los seres humanos
tienen derecho. Hay que obstaculizar la demanda de turismo sexual
que afecta a los menores y que procede principalmente de países
industrializados. No es suficiente mostrar la preocupación
por el aumento de la prostitución infantil, hay que ir
más allá de las palabras, puesto que estamos hablando
de delitos monstruosos.
Lo
peor que le puede pasar a una generación es que deje
perder la inocente infancia y permita el sufrimiento de los
niños, que serán los hombres del mañana.
La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente,
lo advirtió el novelista francés Víctor
Hugo. Sin duda, pienso que los niños de hoy necesitan
modelos humanos que no encuentran, referentes dignos que no
les fallen, espacios para ser felices que tampoco hallan. Hace
falta un compromiso real de todos para con todos, porque todos
debemos luchar por cada menor. Sólo cuando se ha vivido
una primavera alegre, se puede llegar a un verano lozano, con
la sonrisa de haber crecido interiormente como persona respetada
y respetable.
La
vida no es una simple sucesión de hechos y experiencias,
de erotizaciones y esclavitudes, como a veces se nos presentan
hasta en los planes educativos, debe ser una búsqueda
de lo verdadero, exploración que dicho sea de paso suele
cultivarse mejor desde la inocencia que en la malicia. No se
puede hablar desde ningún púlpito de la educación
para el amor, como don de sí mismo, premisa fundamental
para una educación sexual, y luego no hacer nada ante
el aluvión pornográfico, la pedofilia, el proxenetismo
o prostitución de menores, en el que los niños
son desposeídos de su infancia. Hace bien, pues, que
la prioridad en la agenda de la iglesia católica sea
la persecución de la pederastia. Lo mismo debería
hacer toda la sociedad con sus instituciones a la cabeza. Qué
grandeza de cultura es esa que no se inclina ante los niños
adulterados por los adultos. Como dijo Einstein, la palabra
progreso no tiene sentido mientras haya niños infelices.
Está visto, en consecuencia, que el deber de dejar ser
feliz a los débiles todavía no lo han asimilado
en su totalidad los fuertes. ¿Dónde está
el avance? Hay que humanizarse, todavía es asignatura
pendiente.
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