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Parto de que el hecho migratorio es una realidad en un mundo
cada día más globalizado. Con referencia a España,
que ha pasado de ser un país de emigración a ser
un país de inmigración, esta adquiere tal dimensión
que los poderes públicos han tenido que adaptar su normativa
reguladora continuamente, también a la generada por la
Unión Europea, y desarrollar actuaciones concretas ante
los diversos frentes presentados. En este sentido, creo que
un gran avance ha sido la firma del Pacto Europeo sobre inmigración
y Asilo, refrendado en el Consejo Europeo de 16 de octubre de
2008 por los 27 países miembros, en el cual se establecen
como principales objetivos conseguir una inmigración
legal y ordenada, luchar contra la inmigración ilegal
y favorecer la integración de los inmigrantes legales
mediante un equilibrio de derechos y deberes. Fuera de las instituciones,
de todos es conocido que este país tiene una trayectoria
innata tras de sí, de acoger y dar cobijo a los necesitados.
Dicho lo anterior, considero también que las diversas
administraciones, salvo muy raras excepciones, tampoco suelen
escatimar esfuerzos a la hora de favorecer la plena integración
de los inmigrantes, con una apuesta decidida por el sencillo
arte de vivir y de poder convivir como personas civilizadas.
Es
cierto que cualquier inmigrante, como persona que es, tiene
una primera necesidad de que se le escuche, de que se le estime
y considere, de que se le tenga en cuenta como ciudadano en
cualquier país de acogida. No en vano, España
acaba de incorporar con la nueva ley orgánica 2/2009
de 11 de diciembre, Directivas europeas, jurisprudencia del
Tribunal Constitucional, medidas que han de ir en beneficio
de esa realidad migratoria cueste lo que cueste. De ninguna
manera la crisis debe afectar a los más desvalidos y
los inmigrantes en su mayoría lo son. Ahora bien, es
de justicia que junto a ese marco amplio de derechos y libertades
que han de tener los extranjeros afincados legalmente en nuestro
país, también se aumente la eficacia de la lucha
contra esta otra inmigración irregular que trafica con
personas humanas. Perfeccionar el sistema de canalización
legal y ordenada de los flujos migratorios laborales, –como
recoge la nueva ley-, reforzando la vinculación de la
capacidad de acogida de trabajadores inmigrantes a las necesidades
del mercado de trabajo, me parece que también es un acto,
tan preciso, como justo y necesario. De todos es sabido que
es preciso frenar la inmigración ilegal, si bien la condición
de irregularidad legal no debe menoscabar en ningún caso
la dignidad del emigrante. Pienso que ha llegado el momento
oportuno de que la cooperación internacional adopte medidas
contundentes contra las mafias que explotan la expatriación
de los clandestinos y, asimismo, debe ayudar a promover estabilidades
de gobiernos al servicio de los ciudadanos y a superar el subdesarrollo.
Porque no es de recibo tampoco, condenar a muerte a quienes
se lanzan a la aventura migratoria para encontrar mejor calidad
de vida para sí y los suyos.
Por
otra parte, pienso que nunca está demás seguir
avanzando en reforzar la integración como uno de los
ejes centrales de la política de inmigración,
salvaguardando un marco de convivencia de identidades y culturas,
sin otro límite que el respeto al ordenamiento jurídico.
Aunque sinceramente, en relación a este tema, opino que
actualmente la integración social de los extranjeros
en España es bastante óptima, si acaso con mínimas
reservas. En todo caso, la ley le va a proteger y le va a dar
seguridad jurídica como a cualquier ciudadano de pleno
derecho. Además, observo que cada día es más
frecuente la actuación de administraciones más
cercanas al ciudadano, como son los Ayuntamientos o Diputaciones,
el propiciar actividades culturales o lúdicas, en el
que converjan diversos lenguajes y divertimentos acordes con
la ciudadanía del barrio. De igual modo, es un gran avance
que se promuevan políticas, reglamentos y prácticas
migratorias que fomenten la unidad familiar. Tengamos en cuenta
que somos diferentes, cada persona es un mundo que se dice,
pero no debemos ser desiguales, porque realmente todos somos
necesarios para este planeta.
De
ahora en adelante van a seguir correspondiendo al gobierno de
la nación, su regulación y desarrollo de la política
de inmigración, pero también van a asumir competencias
nuevas las Comunidades Autónomas y las Entidades Locales.
La inmigración no debe ser ajena a ningún poder
público español; yo esto mismo lo haría
extensivo a una autoridad mundial, puesto que la misma persecución
de la trata de seres humanos no se puede parar, sino es con
el unísono compromiso de todas las naciones en la lucha,
porque es una cuestión de justicia internacional impostergable.
A mi juicio, esta es la gran esclavitud del siglo XXI, el alarmante
aumento de la compraventa humana vinculada al proceso de globalización.
En esto hay que tener tolerancia cero, si no queremos que el
paraíso de las mafias se extienda. Sin embargo, el fenómeno
de la migración que es tan antiguo como el ser humano;
quizá deba verse en él un signo donde se vislumbra
que nuestra vida en este mundo es un camino de vueltas y revueltas,
de idas y venidas. Por ello, que las normativas cambien y se
adapten a las situaciones tantas veces como sea necesario, me
parece algo saludable, de avance social y democrático
de derecho. España lo viene haciendo con frecuencia y
estimo que, con grandes aciertos, por parte del legislador.
Otra cuestión es que luego esa legislación se
aplique mal, se politice o no se considere.
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