| El
malhumorado mundo echa humo por todos los costados. No es
para menos. Crecen como las cucarachas los corazones de piedra.
Siempre dispuestos a prender mecha. El fuego de vejaciones,
tan extendido hoy en día, es tan
vivo que nos deja sin oxígeno para respirar. Vejan a
disminuidos psíquicos, a mayores, a mujeres, a niños… No
hay que ser ningún superdotado para caer en la cuenta
que gana territorio la selva. Las salvajadas conviven a diario
en nuestro hábitat.
Despertar
la conciencia moral y social en los corazones de piedra no
es fácil. Desde luego que no. Están
acostumbrados a pasar por encima de la ley, a darle un corte
de mangas a cualquier norma, a reírse de los blandos
poderes y a merendarse la justicia con brindis al sol. Han
devaluado la vida humana, estos pedruscos vestidos de figura
humana, al capricho del interés, del divertimento o
a un sentimiento visceral de venganza.
Corazones
de piedra roban a mano armada libertades humanas. Obligan
a prostituirse. No hay elección sino violencia.
Sufrimiento con el que hay que convivir para sobrevivir. Para
muchas personas la prostitución es la única vía
de emergencia. Cada día es más complicado que
a uno le dejen domiciliarse en un espacio sin violencia. Ante
un mundo desgarrado por conflictos, que no acierta a agarrarse
a la paz, donde a veces se justifica a los violentos, es importante
reafirmar el sentido común.
Los
corazones de piedra son de verdad, existen, se multiplican
en progresión geométrica, aunque vivan impregnados
por la mentira. Hay que llamar por su nombre a estos repelentes
tipos, que torturan a diestra y siniestra en cualquier esquina,
registrarlos, sellarlos, expropiarles el cuerpo, remitirlos
al Parnaso para que se rehabiliten con la belleza, hacer
algo por propiciar un cambio de actitudes. La paciencia tiene
un límite. Es necesaria una intervención urgente,
eficaz, que implique a todos en la lucha contra cualquier
forma de intimidación, terror, bestialidad, barbarie,
partiendo de la formación de las conciencias y transformando
mentalidades, modos y comportamientos propios de animales,
no de personas que aspiran a reconstruir la familia humana
bajo una alianza de civilizaciones. Quizás, por ello,
haga falta ponerle las pilas a la justicia para que haga
justicia y a la ciudadanía reponerle un espíritu
abierto a la escucha. Del pueblo emana el corazón
y sus virtudes.
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