| Todas
las miradas hablan por si mismas. Todo nuestro cuerpo es
la expresión de un lenguaje universal
que todos entendemos. Algunas miradas pueden caer en el vacío,
pero ahí están con su vivo timbre aunque sea
despreciativo. Otras, pueden conferir aprecio y expresar poesía.
Hay quien mira y finge no ver. Gusta de vivir con los ojos
cerrados. Reposa su vida en la permanente pasividad e indiferencia.
Esto es inherente al momento actual, a las corrientes inhumanas
de nuestro tiempo, puesto que es en la mirada de los demás,
en quien necesita de nuestra ayuda, donde deberíamos
cultivar una mística de permanentes ojos abiertos. De
entre todas las miradas, desde luego, yo me quedo con la humana
que mira y mora en el verso, bajo la escuela de los ojos del
amor. Únicamente esta contemplativa nos emociona e instruye
a una cercanía de corazones, a compartir nuestro tiempo
y a perderlo con los demás, porque sólo así se
purifican las lenguas en un mundo deslenguado a más
no poder. Ya Bécquer, un adelantado y empedernido romántico
de su tiempo, daba un mundo por una mirada y un cielo por una
sonrisa. La verdad que, en el fondo de nuestro fondo del alma,
siempre esperamos una reacción condescendiente, una
mirada de benevolencia. Esa es la pura verdad.
A
veces, pienso, que nos conviene adentrar nuestra mirada en
las gestas y en los gestos del tiempo, en los abecedarios
del arte y de las ciencias, de los espacios visibles e invisibles.
Fue el científico estadounidense de origen alemán,
Albert Einstein, quien dijo que “la belleza no mira,
sólo es mirada”. Creo que es saludable mirarse
en la historia de nuestra propia historia y reflexionar con
la visión de la justa distancia. Un acertado paradigma
es la actual exposición organizada por la Biblioteca
Nacional de España con la colaboración de la
Dirección General de Cooperación y Comunicación
Cultural del Ministerio de Cultura y la Sociedad Estatal de
Conmemoraciones Culturales, bajo el sugestivo título: “Miradas
sobre la guerra de la independencia”. Una contienda que
fue motivo de abundante número de estampas, dibujos
e impresos en los que se informa, satiriza, exalta, debate,
critica, polemiza desde planteamientos ideológicos y
políticos diversos y con miradas muy diferentes. Entre
todas estas miradas, con mayor penetración y agudeza
que ninguna otra, destaca la de Francisco Goya. Sus “Desastres
de la guerra” son el testimonio de la tragedia que afectó a
la población, protagonista fundamental de sus estampas
y protagonista de esta exposición, sobre cuya responsabilidad
y fatales consecuencias se extiende en los últimos grabados
de la serie. Viendo estas obras de arte, las miradas que nos
dirigen al corazón, uno no puede menos que horrorizarse
por el menosprecio de que ha sido objeto el ser humano.
Todas
las guerras son crueles y lo seguirán siendo,
por mucho que se nos anuncie la utilización de robots
autónomos en conflictos armados. Todas las batallas
tienen sus riesgos. Por ello, es conveniente no perder de vista
lecciones pasadas. Será importante abrir los ojos que,
hasta el primer beso, no se da con los labios sino con la mirada.
Lo dijo el escritor británico William Shakespeare, “las
palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada
es el lenguaje del corazón”. En un momento en
que el argot humano se ha mediatizado y mediocrizado, urge
trasladar a los jóvenes que hoy extienden sus miradas
hacia los adultos, lo esencial que es mirar con el alma los
senderos de la vida. No es suficiente una formación
educativa, por muy superior que sea, sin formación del
corazón. Es en las vísceras del verbo, donde
uno se puede mirar asimismo sin que le vigile esta controladora
sociedad y, por ende, es el lugar propicio para aclarar visiones,
poner en orden las ideas, todo bajo una mirada libre hacía
sí y amplia hacia al mundo. En cualquier caso, la fidelidad
a un saber mirar poético imprime un tono que nos encamina
a contemplar el universo con los pies en la tierra y, a contemplar
a la tierra, con la perspectiva sideral. La cuestión
radica, ahora, en comprender este luminoso lirismo que nos
entra por la atalaya de los días y no permanecer impasibles.
Estoy
seguro que si tuviésemos un espíritu cultivado,
(que no domado, la doma es para los animales), miraríamos
las cosas desde muchos puntos de vista y, además,
la capacidad de discernimiento, valor primario y primerizo
para la convivencia, dejaría de estar ausente en los
andares cotidianos, como lo está actualmente. A mi
me parece que el ejercicio de cavilar es mucho más
interesante que calzar muchos puntos, pero menos interesante
que cultivar la mirada. Porque, realmente, la mirada teje
abecedarios que la palabra no entiende. Enhebra, por ejemplo,
acercamiento, búsqueda de la calidad y de la solidez
humana, tanto moralmente como en el plano cultural. También
descubre, percibe, pasa revista, atisba, que virus tan en
boga hoy como el suicidio, las drogas (por cierto, España,
a la cabeza de Europa en consumo de cocaína, hachís
y drogas de diseño), y demás violaciones encartadas,
donde la televisión es la primera violadora de estéticas,
sólo responden a mezquindad de géneros, razas,
religiones; y, en todo caso, siempre deben mirarse
como debilidades humanas. Y, asimismo, que el caudal de violencia
que tanto nos raya en el parte de la cotidianidad, sólo
es el último recurso del ignorante. Todo esto es fruto
de que los humanos aún no disfrutemos de las miradas,
de mirar en una misma dirección, todos unidos, como
los auténticos amantes.
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