| Está visto
que en cualquier sitio uno puede ser espiado, colgado de
Internet y ahorcado en la intimidad. La videovigilancia irresponsable
ha convertido los espacios, incluidos los que pudieran parecer íntimos,
en pasarelas de morbo. El pudor ya no existe ni preserva
lo íntimo
de la persona, lo que debe permanecer velado. Cada cual filma
cuando le viene en gana y a quien le plazca, donde quiera instala
su mirilla y se sube al carro de la permisividad de grabar
como si fuese costumbre nacional. A poco que nos fijemos en
la manera de pensar y de actuar de la gente, vemos que los
valores morales están bajo mínimos. En la frontera
de un mundo desunido, con varios frentes en su haber, trastornado
por conflictos de todo tipo, los derechos humanos se relativizan
y el libro de la conciencia, que todos llevamos consigo como
sombra, también se le arrancan las páginas.
El
mundo necesita menos espías y más estima hacia
la labor moral. O sea, más maestros de libertad. Pensamos
que no puede ser ignorado o minusvalorado lo honesto y decente,
porque denigrando la intimidad no ganamos más seguridad
y corremos el riesgo de perder hasta nuestra propia razón
humana. No se puede caer más bajo. Que a uno le conviertan
en escaparate, en un figurín de una red morbosa, donde
nadie está libre a ser captado como auténtico
prisionero por una cámara sin escrúpulos, para
luego ser chantajeado. Lo que tienen que hacer los poderes
públicos, a mi juicio, es insistir en la necesidad no
sólo de una continua adquisición de saber, sino
también en la de un continuo desarrollo de la capacidad
personal para poder discernir, analizar y evaluar hasta donde
llega lo que puede considerarse normal en una convivencia humana,
de lo que puede llegar a ser un trastorno grave para la armonía
del ser humano, como puede ser el desenfrenado desvelo de entrometerse
en la vida íntima de las personas a través de
un vídeo.
Si
aspiramos a integrar la promoción de la justicia con
la proclamación
de estar unidos en la diversidad, en nuestro interés
por la protección
de la vida y el ambiente, en nuestra defensa de los derechos
individuales de hombres y mujeres, y de pueblos enteros, tendremos
que activar el intelecto de lo moral, de lo ético y
de lo estético. Las irrespetuosas
videocámaras, que entran en el corazón de las
gentes sin pedir permiso, poco o nada van a contribuir al entendimiento
de las gentes y al diálogo
intercultural. Creo que tenemos que ayudar, y también
dejarnos ayudar, a respetar esa íntima autonomía
personal que pasa por reconocer la libre especificidad de cada
uno. Precisamente, el Año Europeo del
Diálogo Intercultural (AEDI) 2008, reconoce que la gran
diversidad cultural de Europa constituye una ventaja única.
El próximo año,
se va a invitar a todos aquellos que viven en Europa, a explorar
los beneficios de nuestro rico patrimonio cultural y las oportunidades
de aprender de las diferentes tradiciones culturales. Considero
que puede ser una buena manera de ganar unidad en una Europa
desunida.
Pero
antes, hay que apostar por la dimensión intelectual
de todo ser humano, por el crecimiento humano y de la humanidad,
lo que supone además que la persona sabe permanecer
en verdadera comunión con los demás, obviando
la intromisión e intrusión en la vida del otro.
Algo muy propio del momento actual. Así, los programas
televisivos de más audiencia, resulta que son aquellos
que se entrometen en la vida íntima de las personas.
Si nuestra vida diaria tuviese otra altura de miras, más
cautiva del intelecto, seguro que estos seriales deslenguados
y bochornosos, dejarían de tener aceptación entre
el público. Porque la vida cultivada, sin duda, huye
de lo mediocre y retorna a la fuerza motriz del libre examen.
No pierde el tiempo en dimes y diretes. Es la que más
conoce de búsquedas y escarchas, de actitudes críticas
y de experiencias vividas. Conducirse y conducirnos es su máxima.
Por
ejemplo, la persona cultivada, ante la preocupación
por el medio ambiente, tan en boga en este momento, expresa
un deseo profundo de respetar el íntimo orden natural
como lugar de una presencia inmanente. No se le ocurre poner
videovigilancia en cada bosque. Sabe que no se consigue el
respeto poniendo a un espía en cada esquina para que
nos chive necedades humanas. Ya se sabe, todo necio suele confundir
valor y precio. Para huir de la confusión, potenciará los
centros del saber, hará populares las universidades
que oferten más que contenidos, formación humana,
social, espiritual y moral. Es cierto, sólo la persona
instruida para que piense, puede cambiar de opinión.
El necio nunca lo hará, aunque le graben sus mezquinas
hazañas y las ofrezcan al mundo vía Internet.
Me
parece, pues, una mala práctica de
convivencia la videovigilancia, por mucha seguridad que pretendan
vendernos ciertos poderes. No hacen falta cámaras ocultas,
si tuviésemos suficientemente avivado el sentido moral.
Que fuese hábito. Ortega y Gasset, nos dio la clave,
para estar tranquilos cuando nos guía la conciencia: “con
la moral corregimos los errores de nuestros instintos, y con
el amor los errores de nuestra moral”. El ejemplo de
artistas y actores es toda una lección. Se han beneficiado
durante muchos años del diálogo creativo con
otras culturas. La expresión cultural ha sido clave
para el entendimiento mutuo. Aún más detestable,
en mi opinión, es la grabación en los centros
educativos, donde el conocimiento de los valores democráticos,
la ciudadanía y los derechos cívicos, deben ser
elementos esenciales a cultivar. Si algo tan básico,
como formar en la virtud y en el deseo de convertirse en un
buen ciudadano, no se consigue, difícilmente podemos
ser promotores de una verdadera enseñanza que florezca
en una auténtica cultura de acogida.
El
león que se siente vigilado más se enfurece,
quiere ser el protagonista de la película, sólo
la unión en el rebaño obliga al león a
acostarse con hambre. Un mundo, en consecuencia, más
unido y menos espiado, es un mundo más libre. Luego,
habrá que inyectarle moral para que sea responsable.
Quizás, por eso, la mayor parte de los seres humanos
le teman tanto a tomar, como bastón de vida, la responsabilidad. |