| No
voy a escribir sobre las listas de espera de la operación
biquini, me parece que la cultura de la apariencia es un guión
trasnochado o debiera en cualquier caso serlo; ni tampoco voy
a hablar, aunque refrende su postura, sobre la legión
que se declara objetor de conciencia contra la educación
para la ciudadanía, porque hay tantas objeciones que
hacer al ejercicio de los derechos humanos que nos faltaría
espacio para dar cuenta de todos los atropellos. Además,
con la templanza de los años prefiero que los ciudadanos
practiquen antes el diálogo, o cuando menos lo intenten
con sudores y lágrimas; y, sobre todo, entre sí
la amistad. Mucho menos voy a rebatir al pensador Giovanni Sartori,
sería una pedantería por mi parte, sobre la exportación
de los cultivos democráticos a los países musulmanes,
cuando ciertos ayuntamientos vascos se constituyeron a cerrojo
vivo para que no entrase brisa alguna de libertad. Uno que aspira
a que lo que escriba se lea al menos dos veces, si hemos de
hacer literatura que sea de la vida vivida.
Lo
cierto, como ya se dijo en tiempos pasados, no existen más
que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.
La verdad es que, a servidor, se le amontonan las tramas y los
temas, los ejes de las letras y las comparsas de los lenguajes.
Das un paseo por la calle, respiras las sensaciones vertidas
por las gentes, y cuando llegas a tu retiro silencioso, si te
dejan los estúpidos del ruido, los pensamientos se desbordan.
Al final, uno se pregunta, sobre qué escribo para que
interese. ¿Vale la pena hacerlo? ¿A quién
le puede importar que me haya encontrado en una plaza a una
gozosa amiga que siente a la empresa como propia por los “cariños
económicos” recibidos y que le importa mucho menos
haberse divorciado? ¿Cómo explicar esta “confusión
de cariños” al posible lector, cuando lo estúpido
es lo que nos gobierna? Hay fanatismos que son para temerles,
la confusión llega a alcanzar el delirio.
Aquí,
donde todo se confunde y el engaño te lo encuentras en
cada esquina, uno recuerda aquello que sirve para ganarnos la
vida y aquello otro que es lo que ayuda a vivir. No seré
yo el que ponga en duda que las empresas ofrecen cada vez más
medidas de conciliación para retener a sus empleados
más cualificados, aunque sean motivadas por un esclavo
sistema productivo, donde el ser humano vive prisionero de hipotecas
y, en consecuencia, sumiso a más no poder al poder económico.
Está visto que lo rentable para nuestra economía,
no digo que saludable para nuestras habitaciones interiores,
es hacer oídos sordos, tener la boca cerrada y los ojos
bien abiertos, mostrarse siempre comedido bajo el encadenado
sistema lucrativo, donde la corrupción campea a sus anchas,
y, sobre todo, ser un estúpido hasta consigo mismo.
La
estupidez es lo que ahora se lleva. La torpeza en comprender
las cosas es tan notable que rompe las estadísticas de
estar en Babia. Unos lo han perdido todo por quererlo todo.
Otros se han subido al carro de la hipocresía para huir
de la vida franca. Todavía el silencio del envidioso
está lleno de cantinelas, matar a traición suele
ser su voz. También proliferan los parlanchines en el
reino de la necedad, andan embarcados en demostrar que su embarque
tiene ingenio. El éxito momentáneo se busca y
se rebusca, aunque para ello haya que sacar el grado de arrogancia
necesario. Luego sucede que tras lo efímero del triunfo,
el fracaso y la ruina resulta difícil sobrellevarlo.
La inhumanidad se ha vuelto perenne en un mundo caduco. La verdad
es que siempre se repite la misma historia: cada individuo no
piensa más que en sí mismo y le importa un pimiento
el otro. La lucha de género está servida y no
hay ley que la frene. La ignorancia es muy atrevida, los hay
que piensan que puede hacer lo que quiera sobre la faz de la
tierra. En sus andares no hay frenos morales, y lo que es más
cretino, han perdido el sentido común.
Atónito,
pasmado está el lenguaje del alma. Y uno, en verdad,
no sabe qué decir ni qué contar para evadirse
de la agitación del momento actual. Lo cierto es que
vivimos tiempos desconcertantes en los que la sensatez y la
cordura brillan por su ausencia. De pronto nos vemos invadidos
nuestra propia mansión interna. Alguien pretende inyectarnos
la cultura de la apariencia, adoctrinarnos hacia un modo de
vida en el que la referencia a toda ética está
prohibida. La actitud del ordeno y mando está a la orden
del día. Así no se pueden expedir lecciones demócratas.
Aún falta por encontrar el ordenamiento justo, que haga
justicia justa, para que todos podamos vivir de acuerdo con
nuestras convicciones, sin que nadie pretenda imponer a nadie
sus puntos de vista por procedimientos memos. Tomar el hilo
de lo humano es tan necesario como vital. Hablando con el corazón
es sólo cuando puede entenderse la gente. Esa es la pura
verdad.
En
las circunstancias actuales, donde la simpleza es moneda de
cambio, hay que evitar caer en las garras de los gansos, puesto
que sus simulados talantes suelen disfrazarse de cebos que son
una irresistible tentación. La empresa humana, por seguir
el juego productivo, ha de generar una nueva luz para un tiempo
nuevo. No es oportuno mirar para lo que pudo haber sido y no
fue, sino para lo que es o debe ser. Precisamente, en una sociedad
auténticamente democrática, todas las vidas pueden
abrazarse y entenderse, aunque sean de culturas distintas, puesto
que la dignidad de persona es lo primero de lo primero. Claro,
para ello, el imperio de la ley justa ha de sobreponerse a lo
majadero, provenga de donde provenga. Justamente, ahí
radica la grandeza de una actitud democrática, que por
cierto es herencia de esa cultura cristiana de la que algunos
ejercientes del poder ahora no quieren oír ni hablar,
consiste en abrir caminos a la vida, a toda vida, sin sometimiento
a tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes.
A
mi juicio, para convivir hay que aprender a vivir despojados
de la estupidez, de la torpeza a prevalecer sobre el semejante,
lo que exige madurez democrática, formación integral
algo que hoy no se enseña en todas las instituciones
educativas, y valor suficiente para andar por la vida con el
verso de la libertad en la boca, y con el único sometimiento
al respeto de otras lenguas que entonen otro poema. Me niego
a construir un mundo de mentira. La autenticidad al poder, sin
deformaciones ni disimulos, que hay maldades que no se pueden
permitir en los territorios de la belleza. Lo malo cuando se
finge bueno, trae consecuencias deplorables, hasta el punto
de confundir el engreimiento y la vanagloria con el mismísimo
valor de la persona. Por desgracia, seguimos entrenando a los
hombres contra los hombres. Otra estupidez más que los
tiranos fomentan.
|