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Ante
el resquebrajamiento de Europa, han surgido voces autorizadas
a favor de la creación de una Unión Mediterránea
cohesionada. En principio, la idea me parece buena y puede ser
una salida para seguir avanzando, puesto que cualquier poder
si no se basa en la unión, es débil. Endeble es
la Unión Europea que, hasta el momento, ha sido incapaz
de unir a todos los europeos. Bajo este precedente, habrá
que atar muy bien todos los cabos para no caer en las mismas
dificultades. Es cierto que se parte con una ligera ventaja,
pero sólo en un mundo sincero, que se crea lo que se
dice, facilita la alianza. Ensamblados por un mar que ha propiciado
una cultura que nos engarza e identifica, tiene su punto de
encuentro. Ahora bien, no podemos dejar a un lado las convicciones
éticas y los valores comunes de libertad, democracia,
respeto a los derechos humanos e igualdad.
La
Unión Mediterránea sí, pero unida a la
familia de países europeos, con más fuerza si
cabe, para todos trabajar juntos. La desunión, o la unión
parcelaria, es un mal acuerdo. No debemos olvidar que la Unión
Europea debe ser un todo, singular y único. Somos un
continente con muchas tradiciones y con lenguas distintas, esto
también nos enriquece. Podemos tener visiones diversas,
pero hay que promover la unidad dentro del respeto a la diversidad,
con un espíritu de solidaridad y amplitud de miras. Si
fomentamos otras uniones y seguimos, en más de lo mismo,
avivando egoísmos en vez de amor, resultados económicos
en lugar de generosidad, subordinando los valores a las necesidades
del sistema y a sus diabólicas promesas de futuro, la
coalición será imposible. La cuestión no
es tanto el menor número de países, la homogeneidad
cultural, como la consideración hacia la persona en su
dignidad humana.
Vivimos
en un momento de grandes riesgos, pero también de grandes
oportunidades. Tanto la posible Unión Mediterránea
como la Unión Europea puede ser una ocasión propicia
para la convivencia. Europa será más fuerte, sin
duda, en la medida en que todos trabajemos en la misma dirección.
A mi juicio, pienso que para conseguir esa orientación
justa necesitamos poseer una moral pública; una moral
con la que todos nos identifiquemos y sea valor de uso, que
sepa responder a los caprichos de los poderosos, a las amenazas
que se ciernen sobre la existencia de todos nosotros.
Tampoco
habrá uniones sanas y duraderas bajo la sombra de la
contrariedad. Europa no puede ser una contradicción.
Por un lado, se habla de la libertad como un valor fundamental
que lo mide todo y las discriminaciones son descaradas. Lo cierto
es que cada día somos un poco menos dueños de
nuestra propia vida. A veces nos da la sensación que
sólo nos queda la libertad soñada. En cualquier
caso, la idea de una unión Mediterránea englobada
en una Europa consolidada, creo que ha de pasar de ser un sueño
en las mentes de filósofos y visionarios, a ser una realidad
con una sola voz; donde, por supuesto, todas las voces, incluidas
las de los Estados del Mediterráneo, sean oídas.
Desde luego, en la construcción de ese hogar común
europeo todos necesitamos de todos.
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