A
poco que pongamos el oído en la calle
escucharemos desengaños, decepciones, fracasos, frustraciones…;
en definitiva, pocos sueños y muchos desánimos.
Me da la sensación que este mundo globalizado se le
ha escapado de las manos a los poderes del Estado, o cuanto
menos parece que va por detrás, pues suele desatender
los cambios substanciales (erradicación de la pobreza,
cambio climático, seguridad jurídica, etc.) o
ser incapaz de su resolución efectiva. Quizás,
por ello, hayan surgido todo tipo de movimientos reivindicativos
que se mueven entre lo social y lo filosófico-espiritual,
bajo convicciones fuertes motivadas por necesidades perentorias
de vida, como puede ser trabajar por una justicia universalizada
al amparo de una ética común. El aluvión
de culturas, desde luego, abre grandes posibilidades y marca
nuevos horizontes a tomar. Es donde el Estado a través
de sus poderes, pienso, que ha de jugar un papel conciliador
y aglutinador.
A
mi juicio, creo que sería saludable regenerar y fortalecer
la unidad política, judicial, económica; estableciendo
puntos de coincidencia, lazos de consenso ¿Cómo
proclamar el cambio social sin promover, mediante los valores
democráticos, el auténtico crecimiento del ser
humano como tal? Harían bien los poderes del Estado
en propiciar entendimientos como norma transformadora y una
solidaridad enraizada en la persona. Las diversas sociedades,
integradas en el derecho a la autonomía de las nacionalidades
y regiones, están llamadas a constituir un tejido unitario
y armónico. En este sentido, considero que falta mucho
trabajo solidario por hacer. La autoridad está en crisis,
la solidaridad en el sueño de los poetas, la democracia
en apuros, la justicia en entredicho, la libertad en el poder
económico… Así no hay manera de garantizar una
vida ordenada y recta en la encrucijada de civilizaciones.
Los
cambios sociales deben ser comprendidos y avalados por los
poderes del Estado, teniendo en cuenta la singularidad de
culturas. Esto impone ir más allá del simple
respeto, en relación al ser humano con su cultura, sino
que además, también comporta situarse en la persona.
En consecuencia, las instituciones deben asegurar algo que
siempre se dice y pocas veces se cumple, condiciones de igualdad
de oportunidades entre el hombre y la mujer. Aún la
mujer pide un cambio sustancial integral que supere, más
allá de las cuotas, la práctica costumbrista
del patriarcado. Todavía existe esa pertenencia del
hombre sobre la mujer en sociedades democráticamente
avanzadas. Hoy mismo, leo: Un hombre mata a su ex mujer y después
se suicida. Una cosa es la letra y otra el espíritu.
Cambiar esto último ya es más difícil,
pasa por llevar a buen término la gran revolución
espiritual de la persona que el mundo necesita.
A
causa de la soberbia y del egoísmo, se producen vejaciones
y muertes con total descaro. Nos hace falta despertar del sueño
de la inhumanidad y, sobre todo, alejarnos de poderes ocultos
y encubridores que nos vician el sentido de la cohesión.
Los poderes del Estado han de mostrar su eficacia en ello,
para que los cambios sociales sean cada vez más justos.
Que ninguna persona, por ejemplo, se quede sin acceso a los
bienes necesarios - materiales, culturales, morales, espirituales-
para gozar de una vida auténticamente humana. Para asegurarlo,
considero que el poder público tiene el deber específico
de armonizar con imparcialidad los diversos intereses, no sólo
según las orientaciones de la mayoría, o el dictado
del partido político en el gobierno, han de incluirse
también las voces de las minorías; para todos,
cuando menos, navegar en idéntico mar, llámese
bien común o bien repartido.
Tampoco
me gusta el adelantado cambio social que vive en la mentira.
Los poderes del Estado debieran adelantarse en la resolución
de los problemas sociales, que tenemos y muchos, y no caminar
tan lento, según criterios de verdad
y menos de antojadiza arbitrariedad. Entiendo que nuestro
tiempo requiere una intensa actividad educativa integradora,
algo de lo que carecen los abultados planes de estudios.
El uso sin escrúpulos del dinero de todos, o sea
del dinero público, plantea interrogantes cada vez
más urgentes,
que remiten necesariamente a una exigencia de transparencia
y de honestidad en la actuación personal y social.
A juzgar por las continuas noticias, meter la mano en las
haciendas públicas es de lo más normal. Con
estas prácticas
abusivas e injustas, es muy difícil construir juntos
una sociedad educadora y un mundo más ético.
Lo mismo sucede cuando se banaliza la experiencia del amor
y de la sexualidad, el ser humano que ha sido creado para
amar y no puede vivir sin amor, queda confundido y no entiende
lo de donarse, en cambio sí lo de poseer.
Al
final todo se reduce a lo mismo: al plano educativo, inspirador
del buen estilo (saber estar y ser) y del buen fondo (justa
conciencia). No se puede dejar el cambio social a la deriva.
A lo mejor necesitamos volver a la gran obra de las enciclopedias,
donde se globalizaba todo, para una formación basada
en un profundo sentido de responsabilidad, el aval de la grandeza.
Una auténtica democracia es más que un respeto
formal de las reglas, es la aceptación a los valores
que inspiran sus actuaciones democráticas. En suma,
pues, los poderes públicos han de prestar atención
al pueblo, que no es bueno que camine en descontento o con
la desesperación en los talones. Al fin y al cabo, siguiendo
la estela aristotélica, los poderes de u n Estado siempre
serán mejor gobernados por hombres buenos que por unas
buenas leyes. |