La
virtud de la solidaridad va más allá de
los bienes materiales. La granadina, Isabel Guirao Piñeiro,
es un claro ejemplo de que es posible cambiar el mundo. Su
experiencia, a través de la asociación almeriense
de “A toda vela”, ha demostrado que el ocio es el espacio que
mejor permite a personas con discapacidad interactuar y compartir
experiencias con el resto de la sociedad. Ella ha mejorado
la calidad de vida de estas personas, mediante un ocio digno,
inclusivo y solidario. En una sociedad en donde lo que cuenta
es la belleza física, la afirmación de sí mismo,
la búsqueda del poder y de la primacía sobre
los demás, las personas con discapacidad siguen llamando
a la puerta de nuestro corazón. A veces se proclaman
sus derechos, pero no son consideradas o puestas en práctica
las normas protectoras. Por desgracia, todavía el día
a día de estas personas suele ser ignorado.
Un
muestreo realizado por la organización de Isabel,
al iniciar su andadura, mostraba un panorama desolador: el
92% de los jóvenes con discapacidad intelectual decía
no tener amigos con los que compartir el tiempo libre (la mayoría
no había celebrado su cumpleaños con personas
diferentes a sus familiares), el 98% no poseía autonomía
para ocupar y desplazarse por otros espacios comunitarios que
no fueran su propio hogar y los centros asistenciales de los
que participaban; el 85% no había dormido nunca fuera
de su hogar; el 40% no había ido nunca al cine, el 20%
no usaba el teléfono y un 25% estaba inmerso en procesos
de aislamiento patológico, depresiones y fobias sociales.
La
solidaridad no es un movimiento benévolo del corazón
o un buen sentimiento, la admirada Isabel, aparte de poner
sonrisas y tesón en su quehacer, se entregó en
cuerpo y alma mucho más allá de un mero “asistir”.
Puso todo el interés en que se reconozca que estas personas
no son un problema, que en todo caso el problema somos nosotros
con nuestra indiferencia, y por ello promovió la creación
de una red ciudadana de voluntarios y profesionales, bajo el
fuerte símbolo de “A toda vela”, dispuestas a participar
su ocio con personas que tuviesen alguna discapacidad. Ella
ofrecía (y ofrece) otra atmósfera más
comprometedora que las pasivas formas asistenciales que, en
ocasiones, hasta pueden encubrir un intento, más o menos
latente, de marginación. Ha logrado sensibilizar a la
sociedad sobre la necesidad de adaptar sus espacios y actividades
para que todo el mundo pueda participar, incluidos los discapacitados,
y puso todo su convencimiento en que una sociedad participativa,
que no excluye a nadie, es mucho más interesante, más
humana; y, en consecuencia, más digna.
Los
frutos han llegado ya de la mano de Ashoka, la primera asociación mundial de emprendedores sociales destacados,
que acaba de seleccionar a cinco personas, entre las que se
encuentra Isabel, con ideas innovadoras, trabajando para resolver
algunos de los principales retos a los que se enfrenta nuestra
sociedad. Ha tenido que superar un riguroso proceso de selección
y, ahora, forma parte de una comunidad: la Red Mundial de Emprendedores
Sociales de Ashoka. Una red que crece cada año y que
actualmente integra a más de 1750 emprendedores. Dicha
comunidad la conforman hombres y mujeres que, combinando una
visión de cambio, como promueve Isabel con el mundo
de los discapacitados intelectuales, nos muestran que otro
mundo es posible. Un mundo con más y mejores oportunidades
para estas personas discapacitadas, crecidas en humanidad;
y tantas veces, cruelmente, consideradas como un castigo.
El 17 de enero de 1997, al grito de “soltando
amarras ”,
comenzó la travesía de Isabel con el equipo de “A
toda vela”. Hoy, diez años después, cerca de
mil jóvenes con y sin discapacidad intelectual deciden
cómo y con quién compartir su tiempo libre, tienen
un plan de ocio en su comunidad y amigos con los que compartirlo.
El próximo 17 de enero, a las 20 horas, el Salón
de Plenos de la Diputación de Almería será testigo
de un día inolvidable con la presentación de
un libro que narra el camino recorrido por el mar de los sueños.
Ya me gustaría que esta idea quijotesca de Isabel fuese
copiada en otros lugares. Todos debiéramos tener presente,
en nuestra agenda diaria, que l a calidad de vida dentro de
una comunidad se mide, en gran parte, por el compromiso en
la asistencia a los más débiles y a los más
necesitados, y por el respeto a su dignidad de hombres y mujeres.
El
mundo de los derechos no puede ser sólo prerrogativa
de los sanos. También es preciso ayudar a la persona
discapacitada a participar, en la medida de sus posibilidades,
en la vida de la sociedad, y a desarrollar todas sus potencialidades
físicas, psíquicas y espirituales. Isabel ya
percibe esta transformación de las personas con discapacidad
en su entorno familiar y social. Ha conseguido que se reconozcan
sus potencialidades, en lugar de centrarse únicamente
en sus limitaciones, acabando con el pobre papel de ser meros
receptores de servicios y caridad. No se puede jugar a la hipocresía.
Una sociedad sólo puede afirmar que está fundada
en el derecho y en la justicia si en ella se reconocen los
derechos de los más débiles: el discapacitado
no es persona de un modo diverso de los demás; por eso,
al reconocer y promover su dignidad y sus derechos, reconocemos
y promovemos la dignidad y los derechos nuestros y de cada
uno de nosotros. |