Desvincularnos
a un patrimonio de tradiciones me parece una auténtica chorrada, una falta de respeto
total a los que nos precedieron y también poca consideración
para con las nuevas generaciones. Son tan evidentes y notorias
la universalidad de raigambres que hasta los mismos sabios
de otros tiempos admitieron creencias sobre el hombre caído
y la esperanza de un santo, un mediador, un libertador que
traería el reinado de la justicia y salvaría
a los hombres del dominio del mal. En España, por mucho
que se empeñen en llevarnos la contra, la inmensa mayoría
de las prácticas, usanzas, rutinas, ritos, costumbres
o hábitos, provienen de la iglesia católica.
Una
de esas fiestas memorables, es la que se celebra el 31 de
diciembre, día de la Sagrada Familia. No es casualidad
el hecho de que su conmemoración caiga en un día
tan cercano a la Navidad , pues se trata de su crecimiento
natural. Lo es, ante todo porque el Hijo de Dios quiso tener
necesidad, como todos los niños, del calor de un hogar.
En cualquier caso, tanto para creyentes como para no creyentes,
considero que la fecha puede ser un buen motivo para la reflexión.
Por desgracia, hoy la desunión familiar es el pan nuestro
de cada día. Los aires concupiscentes ya se encargan
de echar leña al fuego para que la llama del desamor
esparza el humo necesario para que no distingamos la pureza
de la mezcolanza. Quienes sufren las consecuencias son, sobre
todo, los que menos culpa tienen, los niños que, a veces,
hasta sus propios padres los convierten en moneda de cambio,
pero también se proyectan, mal que nos pese, sus efectos
nocivos en todo el entramado social, puesto que se generan
malos humos, que van desde los deseos de evasión a los
malos tratos.
Qué bueno sería vivir la tradición de
un Nazaret en cada hogar. Si lo tenemos difícil en cuanto
a ordenar convivencias, en cuestiones matrimoniales resulta
todavía más embarazoso en una sociedad cada vez
más compleja, que confunde los afectos profundos y puros
con los entusiasmos de una noche loca y superficial, la entrega
al amor con la entrega al interés. Será importante
la tradición de la familia que es el único camino
obligado para construir una sociedad esperanzada. Hoy día,
muchas uniones conyugales labran su propia destrucción
falseando el amor, las coordenadas y reciprocidades de su entrega.
Falta transparencia. Inconcebiblemente el Estado, en ocasiones
se vuelve omnipotente, invade campos reservados a la familia,
que se ve cada vez más desprotegida, confinada a un
espacio de dominaciones, en donde difícilmente puede
respirar.
Encuestas
sociológicas recientes, sobre todo en las
respuestas de los jóvenes, se dice que anhelan en amplia
mayoría formar un hogar estable. Por otra parte, también
es cierto que las separaciones y divorcios se han multiplicado. Índices
crecientes de embarazos extramatrimoniales, no son sólo
manifestación de estilos de vida distintos a los tradicionales,
es un riesgo más que se corre, con posibles consecuencias
negativas para el niño. Estudios al respecto, también
nos establecen una clara correlación entre fechorías
y delitos cometidos en la edad de la adolescencia y la disgregación
de la familia. Entretenidos en la autorrealización del
individuo, que no de la familia como tal, nos quedamos en el
peldaño de la unidad jurídica y económica,
obviando los otros escalones, como es el considerarla una comunidad
de amor y solidaridad, insustituible para la enseñanza
y transmisión de valores culturales, éticos,
sociales, espirituales y religiosos, esenciales para el desenvolvimiento
y bienestar de sus propios miembros y de la sociedad.
Resulta
desastroso, pues, que el Estado pretenda suplantar a la familia,
ligada a la genealogía de todo hombre, a la
genealogía de la persona, a la paternidad y a la maternidad
humana que hunden sus raíces en la biología y,
al mismo tiempo, nos sobrepasa. |