Una
nueva epidemia de moralismos toma posiciones en estas fechas,
sobre todo en los almuerzos de empresa, donde alrededor de
los brindis se alzan voces por la paz, la justicia, el amor,
la amistad, la conservación del mundo y la
mejora del trabajo. Un abecedario que sale de los labios pero
que muy pocas veces pasa por el corazón. Es una forma
de quedar bien ante los demás, un automatismo que nada
tiene que ver con nuestra vida cotidiana. Para empezar, hoy
la persona cuenta bien poco ante los grandes objetivos mercantilistas
y vale mucho menos si no es poder o no produce. Atrás
quedó aquel dicho de que un corazón es una riqueza
que no se vende ni se compra, pero que se regala; o aquel verdadero
amigo que, a pesar de saber como eres, te quiere.
Estos
moralistas de mantel y buen vino, que derrochan una cínica simpatía, suelen ser unos auténticos
bocazas. Sin estilo alguno, casi siempre con una cara dura
impresionante, se ponen a sembrar moralidades sin saber qué significan
las semillas. Claro, nada regeneran, lo confunden todo. Son
sembradores que luego cosechan indiferencias. Cuando a diario
se cultiva el desorden de la conciencia moral no hay experimentos
que valgan. En un ambiente basado en las apariencias, todo
es vacío y pasajero; y lo que pudiera ser bueno, reunirse
entorno a la mesa, deja de tener sentido para convertirse en
muñecos de engorde. El concepto de discriminación
se amplía cada vez más. Los jefes almuerzan con
los jefes y los vasallos con los vasallos, en mesas distintas
o distantes. Me niego a estos pomposos almuerzos de empresa
por Navidad, yo los prefiero en enero o en otra época
del año, cuando escasean las viandas en los días
finales de mes.
Es
evidente que este canon de la cultura consumista, que no
tiene para nada en cuenta a la familia, y estas fechas de
Navidad lo son en su gloria, implica confusión y nos conduce
a un mundo de contradicciones que no deja espacio para la libertad.
Lo que más necesitamos en este momento de efervescente
color, es más calor humano. Requerimos personas que
tengan la mirada fija en los brindis que salen del alma para
construir otra humanidad, donde dejemos de ser nuestros peores
enemigos. Nada puede destruir al mundo, excepto los habitantes
del mundo mismo. El hombre sabe hacer muchas cosas, cada vez
más, pero si no pone en su medida una norma moral, más
pronto o más tarde llega la destrucción. El iceberg
ya apunta. El ser humano sabe clonar seres y se pone manos
a la obra como si fuese un dios; sabe usarlos como almacén
de órganos y descontroladamente llena el territorio
de almacenes… Al final, por no poner límites, llegaremos
a los límites del abismo.
El
respeto y el cuidado de la vida humana, aparte de que sea
un imperativo moral universal garantizado por toda sociedad
civil y por sus leyes, requiere menos brindis al sol y más
compromisos efectivos. Todavía la sociedad está dividida
en dos grandes clases: la de los que tienen más comida
que apetito y la de los que tienen más apetito que comida.
Podemos observar en la república de los perros –como
expresó el político y escritor irlandés
Jonathan Swift- que todo el Estado disfruta de la paz más
absoluta después de una comida abundante, y que surgen
entre ellos contiendas civiles tan pronto como un hueso grande
viene a caer en poder de algún perro principal, el cual
lo reparte con unos pocos, estableciendo una oligarquía,
o lo conserva para sí, estableciendo una tiranía.
Así, pues, menos vivas alrededor de una mesa bien surtida
y menos glorias por los progresos, porque aún tenemos
que avanzar en humanismo para dejar el perro que llevamos dentro.
Se me ocurre, que sería saludable empezar invitando
a esos banquetes de postín y lentejuelas a algún
pobre. Algo es mejor que nada, los almuerzos solidarios me
apetecen más. A éstos si me apunto. Suelen atraerme,
y no me repelen tanto, porque me traen el espíritu de
la Navidad , que no es otro que dar cobijo al que pide posada
o mesa al que todavía no tiene mantel ni pan. |