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En
tu casa de piedra se alojaron los dioses.
Una cruz de madera reposó en tus entrañas.
En tres paredes, la cera y el humo se fundieron
con rezos de peones y patrones.
Dicen
-la yerba y las voces de mis viejos amigos-
que los últimos años del siglo
XIX levantaron tu fachada con rostro de caracol,
que camina alrededor de los hombres.
El
siglo XX te despojó de tu puerta de
árbol fuerte. Tu añeja campana
llamó a los cristianos al cántico,
al catecismo; también invitó
a los niños a entrar a la escuela "Carmen
Meneses".
En
tu vientre nació el primer gremio del
barrio San Luisito, donde se escuchó
el eco de la "Guerra de Castas",
luego de que José María Barrera
creara la cruz parlante.
No
te conocieron los dueños en turno,
del terreno donde creciste y habitaron las
moscas. En tu regazo de orines y excremento,
visitado por ebrios y caminantes, durante
las lluvias y el calor, descansa por fin tu
techo enmohecido por el tiempo.
Patrimonio
de calkinienses y peninsulares; hijo de la
naturaleza hecha polvo; en el adoquín,
frente a las canchas de básquetbol,
quedaron tus huesos.
Gritaron
los vecinos antes de que entraras en coma.
Tu agonía comenzó hace más
de cuarenta años, cuando tus adoradores
trasladaron tu cruz y los murmullos que te
alimentaban, a la capilla del nuevo santo.
Ninguna
institución recogió tus calizas,
tu piel derramada de hoja en hoja, junto a
los cables de luz eléctrica o de telefonía.
La
indiferencia acabó contigo, como lo
hizo con tus hermanos desaparecidos en San
Luis, Kucab, Kilakán, calle 20 (rumbo
a la EST 3), y en otros montes de moderna
vegetación. Tu linaje sobrevive en
Elección (en la calle 24), y en un
sitio de la calle 9.
Aunque
no te conocí en tu plena juventud,
te conozco como la palma de mi mano: con esa
mano que nunca te saludó porque estabas
a punto de caerte sobre niños o mujeres.
Hoy,
a las cinco y media de la tarde, después
del llanto que trajeron las nubes, tiraste
tu bastón de raíces, y empezaste
a decirnos adiós, porque sabes que
el olvido está de moda en nuestros
corazones.
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