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Parte
de las actividades agrícolas en las comunidades mexicanas
es realizada por manos femeninas, mujeres con serias necesidades
económicas, se convierten en fuerza bruta, para el logro
de los proyectos familiares. En esta ocasión, amable
lector, comparto algunas reflexiones sobre el trabajo de las
mujeres campesinas.
Gracias
a su esfuerzo, a diario podemos adquirir legumbres frescas para
las delicias culinarias, flores silvestres que adornan mesas
y comedores. Desde muy temprana hora, se preparan para ir a
la parcela o a la milpa; otras, en cambio, empacan las cajas,
cubetas o huacales con la cosecha, para transportarse a las
comunidades cercanas y mercados públicos, en busca de
compradores.-
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Todos los días, esa rutina se dibuja y se repite; los
hijos pequeños quedan al cuidado de algún familiar,
si van a la escuela son atendidos por los hermanos mayores,
quienes adquieren el rol de padres.
Esos
rostros de mujeres desconocidas –a veces sonrientes o
serias– son parte del costumbrismo, del paisaje de mercados
y plazas: con sus voces y pregones: ¡qué va a llevar
señito! ¡Cuánto le damos seño! ¡Calabacitas
frescas, mangos dulces de Palizada! ¡Cilantro, rábano,
epazote… todo del día, fresquecito! ¡Cómpreme
marchantita¡ ¡todo a cinco, lléveselo…
es mi primera venta del día! Frases acompañadas
de expresiones de desesperación, invitan a detenerse,
voltear hacia las venteras y percibir en su mirada el deseo
de ayuda.
Su
faena sin valorar, ignorada por la sociedad, es una fuente primaria
de la economía popular; quizá no pase por su mente
¿cuántas mujeres trabajadores del campo cuentan
son servicio médico? ¿Cuántas madres son
jefe de familia y viven abandonadas por sus esposos o parejas?
¿A quiénes les interesa la calidad de vida de
las mujeres del campo? ¿Acaso al comisario ejidal, las
Uniones Agrícolas, a la CNC, el Instituto de la mujer,
la Secretaría de Salud, legisladores o a los partidos
políticos? En la complejidad de la administración
pública, la atención a ese grupo de mujeres trabajadoras,
las intenciones de apoyo y programas, aun sabiendo que un porcentaje
de campesinas cifran su futuro en la productividad, es insuficiente
para brindar otras oportunidades y alimentar expectativas acordes
a la dignidad humana, a la equidad e igualdad de oportunidades.
Por
esas mujeres del campo, de todas las épocas de la humanidad
y de las culturas; por esas figuras, luchadoras y valientes
en la insurgencia de 1800 y en la rebelión de 1910, siempre
serán mujeres anónimas; a ellas mi admiración
y respeto. Ojalá la sociedad entera, reconozca el vigor
de las mujeres rurales, su dedicación al cuidado de los
cultivos, entrega y tesón para su economía familiar
y la productividad del estado.
La
vida de las mujeres del campo es singular.
San
Francisco de Campeche, Cam. 12 de octubre de 2010. |