Este
paraíso
artificial, donde se muere más que se vive, me ha
partido los labios del verso. En consecuencia, pido un salvavidas
poético, tan hondo como dejar a la existencia que
nos viva, porque sólo ella es bella. Sentir pura la
vida, que nadie la marchite, nos eleva a la dulce armonía
que tanto necesitamos, porque andamos escasos de estética,
en hostilidad perenne.
Nos
llega poco aire limpio al corazón para oxigenar las
ofensas. ¿Dónde están los actores de
la política medioambiental? Precisamos una buena dosis
de esplendor para clarear horizontes. Ya no es fácil
ni construir castillos en el aire, el humo del progreso y
los propios humos de los humanos, nos impiden respirar el
perfume de la rosa; hoy convertida, cantidad de veces, en
polvo y ceniza.
El
otoño también nos trae más terrorismo
doméstico, donde los niños corren peligro y
sufren lo suyo. La legión de violentos se reproduce
como las cucarachas. Son frutos del tiempo; de una época
en la que se ha identificado al hombre con la fuerza y a
la mujer con la sumisión. En esta cuestión,
creo que se podría hacer más. Por ejemplo,
fomentar terapias de rehabilitación. Estoy seguro
que habrá maltratadores deseosos de mudar de aires
y no pueden. Necesitan la ayuda de un profesional, capaz
de introducir las motivaciones suficientes para modificar
actitudes. Las personas, cuando quieren, sí pueden
ser otro hombre. Tienen medio camino andado, el otro medio
está en manos del guía. Démosle, pues,
medios y buenos mentores para salir del entuerto. Se trata
de algo tan simple como educar personas que, una vez rehabilitadas,
se conviertan ellas mismas en educadores, generando un círculo
virtuoso que pueda poco a poco extenderse a todos los ámbitos
de la sociedad, hasta hacerla ellos mismos cambiar por su
propio cambio. No hay mejor testimonio de luz que el ofrecido
por la gente que ha vivido en la sombra. Seguramente así restaríamos
escándalos que inducen a hacer el mal y sumariamos
quietudes que inducen a cultivar el bien.
Al
igual que menospreciamos la mística
que se esconde tras la caída del amarillo en el otoño,
también lo hacemos con la verdad. Para botón
de muestra, el diluvio de informaciones deformadas que nos
entran por los oídos a diario ¿Qué decir
de la aireada práctica política de poner la
etiqueta de enemigo a quienes no comparten las mismas posiciones,
para mejor reducirlos al silencio, atribuyéndoles
palabras que nunca dijeron o acciones que nunca realizaron?
En la base de todas estas formas ruines de falsedad continua,
la mentira más grande radica en no creernos lo que
somos y en ser incapaces de llamar a las cosas que nos pasan
por su nombre. No se puede hacer la vista larga, hay que
denunciarlo para ayudar al canje de modos, modales y mentalidades.
Vivimos
tiempos de contradicción, la incoherencia nos rige.
Por una parte hacemos fervientes declaraciones a favor de
la paz y, por otra, llenamos el mundo de armas. Somos así de
contradictorios, aunque pasen los otoños por nosotros.
Flaubert, ya nos lo advirtió: “no le demos al mundo
armas contra nosotros, porque las utilizará”. Un inmenso
campo otoñal, repleto de abecedarios que nos empapan
la tierra, puede servirnos para reconstruir un nuevo jardín,
fundado sobre la autenticidad de los pinceles que nos pintan
las estaciones del año. Sí, ésta es
mi convicción: el otoño fortalece la paz del
invierno, que la primavera resucita y el verano engalana.
Las energías humanas, generadas bajo un clima de sinceridad,
son también como esas estaciones, fuente de luz y
manantial de paz. La verdad nos aproxima siempre. Es cuestión
de buscarla, como buscan esas volanderas hojas del otoño
escribir nuestra propia vida.
|