Calkiní, 15 de noviembre de 2006
 
 

Jorge Tun Chuc, maestro e historiador originario de Dzitbalché, retrata el paisaje de su pueblo natal, y transmite -con el título de Letras provincianas- párrafos de fragancia otoñal.

Versos de Juan Ramón Jiménez, en epígrafe diáfano, auguran el aroma y el sabor a florilegios:

¿Dónde estará/ la miel?/ Está en la flor azul,/ Isabel./ En la flor,/ del romero aquél.

 

PAISAJE DE OTOÑO

Una vez más, la naturaleza nos sorprende con la magia de su maravillosa metamorfosis. Al ligero paso del calendario, el verde esmeralda del verano se apaga aceleradamente cada día; dejando el escenario al otoño que se viste de rojo, amarillo y ocre.

Con él viene la fría ventisca que trae el mensaje de que es tiempo de sacar del armario, cobijas, abrigos y chamarras. La hipotermia temporal del ambiente nos hace volver los ojos a la realidad de nuestro mundo natural, así comprobamos que el otoño es nuevamente nuestro huésped. Las frescas rachas de brisa juegan con la hojarasca que al cobrar fugaz vida, produce su característico chasquido.

En las amplias calzadas del Parque Principal, la vacilante caída del follaje caduco de los veteranos almendros, teje una alfombra que parece ser la obra maestra del mejor artesano. Ella, se transforma en una principesca pasarela en la que desfilan ramilletes de musas adolescentes de fina estampa y dulce sonrisa que, provocan absortas miradas y prolongados suspiros del género opuesto. Es el lugar cotidiano donde cristalizan los sueños de enamoradas parejas que se funden en un solo corazón. Cuando el sol se prepara para marcharse a su aposento, es grato ver ahí el encanto de la inocencia infantil que transforma su desbordante energía superflua en contagiante alegría lúdica.

En tanto las horas vespertinas se transforman en penumbra, el frío aliento del otoño opaca la luminosidad artificial, dándole a la noche un aire de misterio. La luna en menguante descansa somnolienta sobre las colinas, enfundada en su argentada indumentaria.

Ahora, la madrugada duerme plácidamente envuelta con su blanca sábana de niebla. Los árboles con sus inmóviles ramas, son cubiertos por tan intangible elemento y, por un momento la fértil imaginación hace ver en ellos a inexistentes fantasmas que se disiparán tan pronto las últimas sombras sean abrazadas por la brillante alborada.

Por estas fechas es común encontrar, en los bordes de los sinuosos caminos de herradura, bellos mosaicos de campanillas azules que cuelgan de sus enredaderas, cuajadas de cristalino rocío. Su llamativo color, distintivo de príncipes y reyes palaciegos; alimenta la fantasía de los senderos campestres.

La humedad del otoño es tan optimista y generosa que anima al acolchonado musgo a extender su aterciopelado verdor en vetustas y mustias tapias, quienes así; intentan reverdecer sus laureles de añejas victorias.

Al margen de la cálida mirada de nuestro astro amarillo, los restos de viejos árboles retornan a la vida bajo la apariencia de tiernos y amarfilados hongos; semejantes a diminutos quitasoles. Cuando su breve permanencia haya terminado, volverán a la sabia tierra que una vez fortalecida; será la fuente de vida de nuevas formas vegetales.

Ella será la cuna de una planta de jugosos frutos o, tal vez de alguna que porte orgullosa sus florecillas silvestres, que alimentarán con su néctar al chupaflor; diminuto y eterno mago del amor.

Bajo un cielo parcialmente poblado de aborregadas nubes, parvadas de ruidosos pericos se dirigen a los maizales en busca de sus vitales granos maduros.

El amarillo radiante del florido tajonal tapiza las sabanas del Mayab. Durante esta temporada los campos reciben la visita de enjambres de insectos melíferos que propagan en el ambiente un delicado olor dulzón.

En el pueblo los quehaceres empiezan desde muy temprano. Del vecindario llega hasta nuestros sentidos una apetitosa combinación de aromas que estimula placenteramente una de las necesidades primarias de nuestra condición humana. El olor a huevos fritos, tortillas tostadas en las brasas y a café de olla, nos invitan a darnos un sabroso desayuno.

Estas frías noches son propicias para volver a disfrutar las sabrosas recetas que mamá preparaba en lejanos tiempos felices que no volverán.

Hoy es la mejor ocasión para saborear un espumoso chocolate casero acompañado de piezas de buen pan, o tal vez un rico atole nuevo servido en jícara, a la antigua manera de la recordada chichí o acaso una generosa taza del ancestral choco sakán.

Es cierto, el otoño nos hace regresar al presente recuerdos, vivencias y costumbres familiares que compartíamos en el nostálgico pasado al lado de nuestros seres queridos, que ahora duermen el sueño eterno en el más allá.

Sin embargo, recordemos que en el Universo nada se crea ni se destruye, solamente se transforma. De modo que, en cada semilla que germina, en los botones en flor que se abren y miran el cielo y en cada canción del viento, seguramente sentiremos en ellos la presencia de alguno de los nuestros con renovado rostro.

Bueno, ahora tengo que irme, una taza de rico y espeso chocolate me espera; igualito al que hacía mamá en las noches de xamán káan.

 

GLOSARIO

•  Chichí: Abuela.

•  Choco sakán: Atole caliente de masa de maíz.

•  Xamán káan: Viento frío del norte.

 
Fuente: Texto enviado por Jorge Tun Chuc; noviembre de 2006 / Foto: Santiago Canto Sosa; noviembre de 2006