PAISAJE
DE OTOÑO
Una
vez más, la naturaleza nos sorprende
con la magia de su maravillosa metamorfosis. Al ligero paso
del calendario, el verde esmeralda del verano se apaga aceleradamente
cada día; dejando el escenario al otoño que
se viste de rojo, amarillo y ocre.
Con él viene la fría ventisca que trae el mensaje
de que es tiempo de sacar del armario, cobijas, abrigos y chamarras.
La hipotermia temporal del ambiente nos hace volver los ojos
a la realidad de nuestro mundo natural, así comprobamos
que el otoño es nuevamente nuestro huésped. Las
frescas rachas de brisa juegan con la hojarasca que al cobrar
fugaz vida, produce su característico chasquido.
En
las amplias calzadas del Parque Principal, la vacilante caída del follaje caduco de los veteranos almendros,
teje una alfombra que parece ser la obra maestra del mejor
artesano. Ella, se transforma en una principesca pasarela en
la que desfilan ramilletes de musas adolescentes de fina estampa
y dulce sonrisa que, provocan absortas miradas y prolongados
suspiros del género opuesto. Es el lugar cotidiano donde
cristalizan los sueños de enamoradas parejas que se
funden en un solo corazón. Cuando el sol se prepara
para marcharse a su aposento, es grato ver ahí el encanto
de la inocencia infantil que transforma su desbordante energía
superflua en contagiante alegría lúdica.
En
tanto las horas vespertinas se transforman en penumbra, el
frío aliento del otoño opaca la luminosidad
artificial, dándole a la noche un aire de misterio.
La luna en menguante descansa somnolienta sobre las colinas,
enfundada en su argentada indumentaria.
Ahora,
la madrugada duerme plácidamente envuelta con
su blanca sábana de niebla. Los árboles con sus
inmóviles ramas, son cubiertos por tan intangible elemento
y, por un momento la fértil imaginación hace
ver en ellos a inexistentes fantasmas que se disiparán
tan pronto las últimas sombras sean abrazadas por la
brillante alborada.
Por
estas fechas es común encontrar, en los bordes
de los sinuosos caminos de herradura, bellos mosaicos de campanillas
azules que cuelgan de sus enredaderas, cuajadas de cristalino
rocío. Su llamativo color, distintivo de príncipes
y reyes palaciegos; alimenta la fantasía de los senderos
campestres.
La
humedad del otoño es tan optimista y generosa que
anima al acolchonado musgo a extender su aterciopelado verdor
en vetustas y mustias tapias, quienes así; intentan
reverdecer sus laureles de añejas victorias.
Al
margen de la cálida mirada de nuestro astro amarillo,
los restos de viejos árboles retornan a la vida bajo
la apariencia de tiernos y amarfilados hongos; semejantes a
diminutos quitasoles. Cuando su breve permanencia haya terminado,
volverán a la sabia tierra que una vez fortalecida;
será la fuente de vida de nuevas formas vegetales.
Ella
será la cuna de una planta de jugosos frutos o,
tal vez de alguna que porte orgullosa sus florecillas silvestres,
que alimentarán con su néctar al chupaflor; diminuto
y eterno mago del amor.
Bajo un cielo parcialmente poblado de aborregadas nubes, parvadas
de ruidosos pericos se dirigen a los maizales en busca de sus
vitales granos maduros.
El
amarillo radiante del florido tajonal tapiza las sabanas
del Mayab. Durante esta temporada los campos reciben la
visita de enjambres de insectos melíferos que propagan en el
ambiente un delicado olor dulzón.
En
el pueblo los quehaceres empiezan desde muy temprano. Del
vecindario llega hasta nuestros sentidos una apetitosa combinación
de aromas que estimula placenteramente una de las necesidades
primarias de nuestra condición humana. El olor a huevos
fritos, tortillas tostadas en las brasas y a café de
olla, nos invitan a darnos un sabroso desayuno.
Estas
frías noches son propicias para volver a disfrutar
las sabrosas recetas que mamá preparaba en lejanos tiempos
felices que no volverán.
Hoy
es la mejor ocasión para saborear un espumoso chocolate
casero acompañado de piezas de buen pan, o tal vez un
rico atole nuevo servido en jícara, a la antigua manera
de la recordada chichí o acaso una generosa taza del
ancestral choco sakán.
Es
cierto, el otoño nos hace regresar al presente recuerdos,
vivencias y costumbres familiares que compartíamos en
el nostálgico pasado al lado de nuestros seres queridos,
que ahora duermen el sueño eterno en el más allá.
Sin
embargo, recordemos que en el Universo nada se crea ni se
destruye, solamente se transforma. De modo que, en cada semilla
que germina, en los botones en flor que se abren y miran
el cielo y en cada canción del viento, seguramente
sentiremos en ellos la presencia de alguno de los nuestros
con renovado rostro.
Bueno,
ahora tengo que irme, una taza de rico y espeso chocolate
me espera; igualito al que hacía mamá en las
noches de xamán káan.
GLOSARIO
Chichí:
Abuela.
Choco
sakán: Atole caliente de masa de
maíz.
Xamán káan: Viento frío
del norte. |