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EN
CIERTA OCASIÓN SE preparaban siete personas, tres mujeres
y cuatro hombres para ir en busca y traer consigo un amarillento
fruto llamado nancen. Se prepararon todo el día pues regresarían
hasta pasado cuatro días, consiguieron sus implementos, costales,
machetes, hamacas, cobertores y alimentación. Por la noche
emprendieron su viaje hasta aquel terreno e iban conversando entre
ambos, eran jóvenes inexpertos, preciosas morenas de ojos
encantadores y los jóvenes galantes, gallardos y apasionados.
En aquel equipo de trabajo, sólo un joven se quedaba callado
pues no tenía pareja e intervenía en contadas ocasiones,
a veces para desmentir y otras para estar de acuerdo; éstos
eran tan inexpertos que no se dieron cuenta que el tiempo al atardecer
amenazó con dejar caer una tormenta.
Estaban
tan entretenidos que no supieron qué nube cubrió a
la luna, solamente un trueno hizo a las muchachas sentir la sensación
de que iba a caer lluvia, entonces corrieron y vieron una iglesia
abandonada en la que pensaron pasar la tormenta, al llegar a la
iglesia las tres parejas se adentraron y el otro joven no, porque
pensó que no tendría caso entrar pues los que habían
entrado a refugiarse tenían pareja y él no y por ello
decidió quedarse en las afueras de la iglesia que estaba
oscura y él pensó que al entrar alcanzaría
a distinguir sólo besos y caricias y escucharía palabras
de amor. Sin embargo, una hora después, en el interior de
la iglesia miró cómo detalladamente se encendieron
seis velas, él pensó que los muchachos la habían
encendido; pero no alcanzaba a distinguirlos y pensó que
estarían entretenidos con sus parejas. Pero de pronto escuchó
el sonar de cadenas, la campana más alta sonó y creyó
que se trataba de una broma, pero al poco rato observó que
una vela se apagó y escuchó el crujir de los huesos
y el grito de su compañero al igual que el llanto de las
mujeres, se preguntó qué era lo que pasaba y se apagó
otra vela y comprendió que sus compañeros estaban
siendo atacados y devorados por una bestia o por el diablo, entonces
corrió y corrió hasta llegar a su pueblo, llegó
casi al amanecer y comunicó a los padres de sus amigos lo
que ocurrió, después los llevó hasta la iglesia
y al entrar se encontraron los huesos de los jóvenes que
no tenían ningún vestigio de carne, sólo en
la parte de la cabeza en la cual se rosea agua bendita al bautizar.
Todos se horrorizaron y el muchacho se desmayó, al regresar
en sí comprendió que por cada vela que se apagaba
un compañero suyo iba siendo devorado y dedujo que por tener
agua bendita en la cabeza no toda su carne fue comida.
*
Versión libre. Tradición popular.
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Fuente:
Leyendas y Tradiciones del Camino Real. José Domingo Uc. SECUD,
CONAFE, PAREB. Campeche, Cam. 1996. 76 p.
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