| ¡Hagan
sus apuestas, señores! ¡Acérquese
a este su stand de la lotería! ¡Acérquese
que hoy es la noche de su buena suerte! ¡No
la deje pasar! ¡Escoja usted mismo las
cartillas que desee! ¡¡Vamos, por la cantidad
que apueste se puede llevar el doble!!, escuché
que anunciaban en un altavoz. ¡A ver, joven!
¡Sí, usted, el de la camisa de cuadritos!
-oí que me hablaron a través del mismo-.
¡No sea tímido y venga a jugar que hoy
la suerte puede estar de su lado!
-¿Yyyyo?
-dije con voz temerosa.
-¡Sí!
¡¿O es que nunca ha jugado a la lotería?!
-Sí...
sí, pero... -iba diciendo, mientras me acercaba
titubeante hasta las maderas que servirían
de mesas a todos los clientes de esa noche. Había
decidido salir a la Feria de San Ángel de la
Cuneta, pues estaba de paso como agente de ventas
en el lugar.
-¡Vamos,
venga! ¡No tenga miedo! ¡La suerte es
como la muerte, llega en el momento menos esperado!
Ante
la insistencia y pensando que esa noche no tenía
más que hacer, para no fastidiarme, decidí
escuchar el consejo. Sin embargo, me detuve un momento,
pues recordé que solamente traía quince
pesos en el bolsillo. Y por cierto, no eran míos.
Correspondían al importe del único pedido
que me habían hecho en un pueblo anterior que
había visitado, dos días antes de llegar
a San Ángel de la Cuneta, donde ahora estaba.
Pero dicen por allá que la tentación
puede más que la cordura. Para mis adentros
me dije: "a lo mejor gano algo más que
mi sueldo. Total nadie lo sabrá. Unos centavos
menos, los podré devolver con mi salario. Quién
quita y le pego".
No
seguí pensándolo más. Me acerqué
hasta aquel stand de lotería que estaba
repleto de clientela. Como pude pedí compermiso,
compermiso, a algunos mirones y escogí dos
cartillas de todas las que me trajeron.
-Eso
es, amigo -me dijo el que parecía ser el dueño
de aquel negocio que andaba de feria en feria y que
también "cantaría" las barajas
en cada juego.
Ya
que todos teníamos nuestras respectivas cartillas,
el anunciador dijo a través del micrófono:
¡Ninguno
más, amigos! ¡Todos están atentos
o se les "pasa bola"! ¡Mucha atención!...
Y
así, después de seis horas, llevaba
ganando como cincuenta pesos, que ya era mucho para
mí, pues mi sueldo era de diez pesos a la quincena.
Ahora tenía, en poco tiempo, casi el triple
de lo que llevaba en el bolsillo. Bueno, ni en tan
pocas horas, pues al consultar mi reloj, marcaban
sus agujas las dos de la madrugada. Aunque por allá
dicen que "la ambición rompe el saco",
no me detuve y quise seguir en el juego. De nuevo
escuchamos al cantador:
-¡Ninguno
más!... ¡Empezamos con la botella! ¡Enseguida
salió la cobija de los pobres: el sooolll!
¡Ahora tenemos al que van a ver sólo
cuando tiene tunas: ellll nopaaalll!
Mucho
oído, amigos... ¡Tenemos ahora aaaa...
la que nos jala los hilos de la vida: la mueeerrrteee!
¿Nadie aún con la lotería? Bien...
¡El que trae su cuchillo caliente: el valienteee!
-¡Aquí
con el valiente! -volví a gritar, creo que
por trogésima ocasión.
-De
nuevo el joven se ganó esta mano. Felicidades,
muchacho. Tenga su premio.
Esta
vez me gané treinta y cinco pesos, ya que eso
fue lo que había apostado golosamente. Entonces,
como si una vocecita en mi interior me dijera: "No
tengas miedo, estoy contigo, yo, tu buena suerte.
Apuesta lo que llevas ganado en una "llena"
junto con los otro quince pesos que traes en el bolsillo".
El anunciador y dueño del puesto pareció
leerme el pensamiento, pues enseguida se dirigió
a mí:
-Vamos,
jovenazo. Hoy está de suerte. ¿Qué
le parece si apuesta todo lo que trae y se lleva cien
pesotes si le atina a la "llena" antes que
nosotros? Bueno -expresó dirigiéndose
al público que había jugado tantas horas
al igual que yo-. Bueno, si alguien más le
quiere entrar al sorteo grande y especial de hoy,
puede hacerlo, siempre y cuando apueste lo mismo que
nuestro joven ganador de esta noche. Veamos, amigo.
¿Cuánto apostará? ¿O es
que ya se rajó? me dijo al ver que yo titubeaba.
No respondí enseguida pues empecé a
imaginar en qué iba a gastar tanto dinero,
si es que ganaba. Mas enseguida se pintó la
duda en mi rostro. Escuché de nuevo la voz
del cantador:
-No
me diga que se le arrugó, mi cuate. Vamos,
demuestre que hoy la suerte está de su lado.
Ya casi me "pela" usted, pero creo que puedo
recuperar lo perdido.
Yo
solamente atiné a pedir un momento de tregua.
Lo hice para tomar una determinación: no sabía
si jugaba lo que tenía en total o solamente
una parte. Opté por lo primero.
-¿Y
bien, jovenazo? ¿Qué nos dice? ¿Le
entra o no le entra al toro?
Respiré
hondo antes de contestar:
-Le
entro con cien pesos -dije sin que yo mismo lo creyera.
"Ay, mamita linda si pierdo, ¿cómo
devolveré los quince de la agencia?".
Pero volví a decir como si mi voz no fuera
mía:
-Le
entro con cien pesos, mi cuate.
-Eso
es mi socio. Así se juega.
Y
dirigiéndose de nuevo al público, les
dijo a través del micrófono:
-¡Ya
oyeron, señores! ¿Alguien más
le tienta a la suerte?
Nadie
intentó acompañarme en esta empresa
que ahora me estaba pareciendo loca, ya que tal cantidad
de dinero, si perdía, repesentaba mes y medio
de trabajo. Sin embargo, ya no pude retractarme.
-Bien,
mi aventadísimo socio. Si lo desea puede cambiar
de cartillas.
-No.
Me quedo con estas dos -respondí y las apreté
contra mi pecho como si fuesen unas tablas salvadoras
en medio del mar.
-Si
así lo desea, mi cuate. Entonces, empecemos.
Pero antes, hay que depositar nuestro dinero ante
el público que será testigo.
Fueron
tres minutos aproximadamente en que mi contrincante
barajó las cartas unas con otras. Ya no me
perdía ni un detalle.
Temía
que me hicieran chafa, pero no vi nada irregular.
Cuando acabó, dijo:
-¡Ahora
una "mano santa" las "cortará!"
Y
dirigiéndose a una guapa chava le pidió
que dividiera en dos el mazo de barajas. Ella lo hizo
con gusto mientras yo empezaba a sudar.
-Bien,
amigo. Empezamos... Viene la primera. ¡Salió
el que nos da sombra gratis: el árbol! Enseguida
los dos apuntamos. ¡Ahora tenemos a la vendedora
de flores: la chalupa! ¡Y sale la que no es
gata pero araña: la araña! ¡Viene
ahora la cobija de los pobres: el sollll! ¡El
del cuchillo caliente: el valiente!...
Me
concentré en mis cartillas, con tanto fervor,
que sentí que solamente estábamos yo
y el dueño del puesto del juego de azar. Y
así fueron saliendo una a una todas las barajas:
después del catrín, vino la dama, la
botella, el borracho, la luna, la escalera y las jaras,
las cuales yo había apuntado. Hubo una larga
pausa. Fue cuando alcé la vista y me di cuenta
de que mi retador estaba en desventaja con tres figuras.
Ahora era él quien sudaba copiosamente y no
yo. Y cómo no iba a estar nervioso: cien pesos
no se encuentran a la vuelta de la esquina. Me imaginé
que posiblemente esa cantidad de dinero la había
juntado en seis meses o más tal vez. Me pareció
ver en sus ojos un ligero arrepentimiento, pero enseguida
quiso demostrar seguridad de que, ahora que me doy
cuenta, él estaba lejos de sentir. Sin embargo,
continuó con la "cantada".
-¡Vino
ahora el que pica con la cola: el alacrán!...
De
nuevo me fijé en mis cartillas. Escuchaba atentamente
los nombres de las barajas que salían una tras
otra, mientras yo las seguía apuntando con
mis fichas. Entre tanto, el anunciador continuaba:
-¡La
que no usa champú para el cabello: la calavera!
¡El que le canta al sol de la mañana:
el gallito!...
Yo
sudaba de alegría, pues solamente me faltaban
dos figuras en una cartilla y en la otra nada más
una: el diablo. De reojo veía al dueño
del establecimiento cómo se le perlaba la frente
y la calva con un abundante sudor. Nada más
que en él era de puro nerviosismo porque seguía
en desventaja.
Sin
embargo, no tardó mucho y sus ojos brillaron
de pura emoción cuando le faltaba una también:
la estrella. ¡A mí me hacía falta
el pinche diablo para ganar!
Enseguida
hubo un silencio tan fuerte, que pareció que
todo se detuvo a nuestro alrededor. Como en cámara
lenta, el señor del stand fue sacando
la siguiente baraja. Vi que su mano derecha se movía
como si la tuviese atada con pesadas cadenas.
De
pronto, el "cantador" se fue escurriendo
en el piso de su negocio como si fuese una enorme
gelatina, con la baraja del diablo en su mano... ¡Yo
había ganado! ¡Mi baraja había
salido! ¡Lotería! ¡Lotería!
¡Aquí con el diablo! ¡Aquí
con el diablo! -grité con euforia.
Entonces,
pensé en no tentar más a mi buena suerte
y me fui al hotel. Me retiré porque no quería
que me pusieran suero en las venas, como le pasó
al dueño de aquel stand de la lotería
mexicana, al cual le gané cien pesos que me
sacarán de muchos apuros. |