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Aquí estamos reunidos como el rey Arturo en su mesa redonda, Luis, Margarita, Briceida, Francisco... en total somos catorce quienes compartimos las enseñanzas de este viejo que aparece al centro con las manos entrecruzadas y vestido con camisa a rayas y chaleco.
Tiene setenta y cinco años (tiempo de la foto) y sorprende que aún conserve el buen humor y la energía que nos transmite en sus palabras.
Este viejo de amena plática, a quien recuerdo con mucho cariño, es Don Carlos Illescas. Hace siete años llegó a Calkiní a coordinar el taller de poesía de la Casa de Cultura y desde entonces fue nuestro amigo.
Llegaba cada mes a impartir un seminario de Literatura Española, pero sobre todo, nos hablaba acerca de lo que era la poesía, de cómo había que vivirla. Él, siempre atento, contestaba nuestras dudas, nos alentaba a seguir escribiendo, y por si fuera poco, merced a su sapiencia, escuchaba con paciencia nuestros trabajos de poesía y cuento, orientaba nuestros proyectos, nos sugería otros.
Don Carlos, como le decíamos con profundo respeto, era un viejo agradable, con el que a pesar de la abismal diferencia de edades se entendía con nosotros.
A él escuché decir que en la poesía tiene más presencia lo que se sugiere, de lo importante que es iniciar bien un poema. Siempre nos insistía en que debíamos leer los clásicos, a conocer la evolución de la literatura, ya que era parte de la formación de un escritor.
Cada vez que se iba, nos dejaba una inaudita motivación para seguir escribiendo, para seguir adelante con nuestros proyectos, para soñar con ser algún día alguien importante dentro del mundo de las letras.
Este simpático viejo impulsó de alguna manera la literatura que se escribe en esta parte del sureste mexicano, llamada "la Atenas del Camino Real". Siete años tiene que se fue de Calkiní y desde entonces no supe más de él, hasta que hace unos días leí en un periódico la triste noticia de su muerte.
Cómo duele saberlo lejos de su patria, atrapado en las letras que hasta entonces me parecieron fúnebres, vacías, porque no me dicen nada del viejo que conocí, que nos leía sus epigramas y que tanta risa nos causaban, ya nunca más sabremos de sus anécdotas que tanto nos entretenían, de su incansable peregrinar por la República Mexicana.
A pesar de la brevedad de este fatal suceso, pronto olvidé la fecha y qué bueno que la olvidé, porque Don Carlos no es una fecha para recordar, sino una gran persona para recordar, un viejo al que tanto estimo y llevo en el corazón, como él alguna vez también llevó a Calkiní en el corazón.
Fuente: Imarginaciones. Narrativa (Colectivo Génali). Centro de Escritores de la Península de Yucatán. Bacalar, Quintana Roo, 1985. 69 pp.
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