Cuando
nos pasamos a la casa, el olor a viejo fue lo distintivo. Sábanas
blancas cubrían los muebles como intentando protegerlos
del tiempo. La primera tarde la labor fue acomodar cosas, e intentar
distribuir en el espacio de dos plantas, lo que normalmente ocupaba
tres. El olor a moho y humedad, penetraban las narices, y la sensación
de estar en un pasado inmemorial pululaba en mi interior.
En
medio del trajín de todas esas tareas, mientras intentábamos
imaginarnos el sentido como deberíamos poner la cama y
el sofá, apareció, quién sabe de dónde,
un gato. Era amarillo, mimoso, con una mirada muy intensa en profundos
ojos verdes, y nos proporcionó distracción en el
tedio de acomodarse a una nueva habitación.
En
la noche, muy de madrugada, escuché ruidos. Descendí
las escaleras, intentando descubrir el origen de tan peculiar
sonido. Se antojaba rasposo o de algo frotándose contra
alguna cosa. Ya casi al final, advertí al felino y estuve
a punto de retornar a la comodidad de mi alcoba, cuando de súbito
lo vi empujar la pared y desaparecer. Intentando no espantar al
animal con mi presencia, me acerqué al sitio donde se esfumó
de mi vista y descubrí una puerta. Tomé una cajita
de fósforos, y empujé el acceso.
Descubrí
una escalera descendente por la cual bajé lentamente. Pareciera
como si el mínimo deseara ser seguido, pues su pausado
andar sugería esta idea, por lo que debí bajar un
escalón a la vez para no perder el paso. Debieron no ser
muchos escalones, pues de pronto sentí un piso como de
linóleo, resbaloso. Encendí un cerillo. Una enorme
estancia apareció ante mi vista a la débil luz de
la llama. No creí fuera tan grande. Me había imaginado
una bodega de vinos o alguna clase de sótano, pero aquello
parecía ser la extensión de la casa misma.
Al
final de la enorme habitación, nuevamente apareció
ante mi vista el felino. Sus maullidos parecían querer
indicarme la idea de seguirlo. Me acerqué lentamente, deseando
no asustarlo. En esa parte, una nueva puerta comunicaba con otro
cuarto. Al igual que en el resto de la casona, los muebles estaban
vestidos con la mortaja blanca como si el tiempo se hubiera detenido.
Fue entonces cuando sentí un escalofrío. El tic
tac de un reloj lejano, me produjo una extraña sensación.
Como
si algo se moviese en ese lugar, como si en los pasillos de arriba
deambulara alguien con una veladora en la mano, intentando descubrir
a un intruso. Deseé volver arriba e intenté desandar
el camino, pero no pude. El gato me observaba con un acucioso
interés, cual si hubiera cumplido una tarea que le había
sido encomendada. Su mirada rebelaba la percepción de mi
propio temor.
“¿Qué
quieres?”, le inquirí.
Por
toda respuesta, maulló frotándose contra mí,
cual si deseara absorber mi alma. En mi desesperación,
me consolé con la idea de que al amanecer todo ese episodio
se antojaría ridículo. Pero nada cambió mi
aturdimiento. Caminé a lo largo de todo el sitio, buscando
el lugar de ascenso. Descubrí otra habitación. Al
fondo tenía un espejo. Me acerqué a éste,
y a través suyo, vi la figura de mi esposa durmiendo plácidamente
en la cama, con los muslos medio cubiertos por la sábana.
Toqué
el cristal, pensando que me escucharía. No sucedió
nada. Quizá si lo rompía, podría retornar
al dormitorio para olvidar esta pesadilla. Con una silla lo destrocé
casi por completo… Pero fue inútil. A cada golpe,
sólo borraba la imagen de ella, y a cada pedazo, la perdía
más de vista. El reloj continuó con su monótono
sonido… Como si raspase. El gato me observó una vez
más, con esos ojos sin tiempo que parecían absorber
mi interior… Se frotó una y otra vez contra mi pierna…
Y maulló.
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