LOS
POETAS
somos por naturaleza envidiosos.
La
envidia
es nuestro Dios en la siempre
vana tertulia de ese cuerpo
que nos acepta.
Envidiamos
al nacer y al morir,
al respirar,
al comer,
al sentir el agua que moja
nuestras páginas
en blanco.
Y
cuando
alguien publica mejores poemas
que los de nosotros,
también lo envidiamos
como un pájaro envidia
hasta su propio
vuelo.
Envidiamos
porque al hacerlo
somos algo libres y sublimes
y por qué no,
más humanos.
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