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Cuando
hagas ofrendas y las veladoras o velas ya se hayan consumido,
así como las flores ya estén marchitas, no tires todas estas
cosas a la basura como si fueran cualquier cosa, más bien,
considéralas como ofrenda a lo sagrado, por lo tanto, deposítalas
en un lugar destinado a ellas y préndeles fuego, que ellas
mismas sean una ofrenda al cielo. Recoge las cenizas y deposítalas
en el mar, las selvas, la tierra o deposítalas junto a un árbol
o las flores para dar por concluido su destino.
Por
lo que se refiere al agua de las flores derrámala en los mismos
lugares. Todo tiene que volver de donde vino: la naturaleza,
el sol, el agua, la tierra y el viento. Este es el destino
de todos los elementos de la ofrenda: convertirlos en incienso
y en ceniza.
El
humo es el espíritu de las cosas que retorna a su liberación
y a la paz de la armonía cósmica. Todo vuelve a la pureza,
al estado virgen del amor. Dales el respeto que se merecen.
El
agua es la fuerza de la vida que nutre al árbol o a la flor,
que son el símbolo del retorno a la pureza, son las imágenes
primeras de la vida, el corazón del hombre, la mujer y el niño
en su principio de retorno al espíritu. Son ellos mismos hechos
voz e imagen. El agua es la sangre transparente del amor, es
el dolor que se hecho limpio y puro.
Este
es el destino de las ofrendas: ser incienso y ceniza, es decir,
volver al corazón, la sangre y los huesos de lo sagrado. Tenlo
presente.
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