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Ciudades
prehispánicas de fuego,
ardientes caracoles de esperanza;
mi espíritu de incienso les entrego
con lágrimas felices de alabanza.
Ciudades
que en mi sangre se levantan
invoco su esplendor de poderío;
que todos nuestros dioses ven y cantan
con pájaros, poemas y rocío.
Ustedes
son auríferos altares
que el indio construyó con luz sagrada
al pie del horizonte y de los mares.
Oh,
templos de los dioses soberanos,
portentos del amor en llamarada,
la sangre y corazón de mis hermanos. |