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Si
miras la zona donde las nubes
cambian de rostro, verás un bosque
y en él, la luna bajo la apariencia
de una yegua preñada por Urobos.
Asiste al rito de la metamorfosis,
no eludas tus máscaras. Vence
tus temores y arrodíllate.
La rosa a la que clavamos una estaca,
la rosa sin más linde que sus actos;
la rosa, tal vez sangre conque
ungí
mis tentaciones, purificará la
piara.
Asesiné el cordero, quizá el cuerno
de caza convocó a mis flquezas.
Dioses atraen las Siete Plagas e inútil
es el signo bermejo en las puertas
para atajar al ángel que busca
a los primogénitos. Se alzan las
garzas
de una hoja vacía: en la boca
del pez veo la iguana; de los trece
sitios que el sueño pusiera,
escojo uno: muros que crecen, torres
que danzan. En verdad nombrar los seres
que habitan conmigo sería
entrar a un invernadero, a una colección
de flores entre una y otra palabra,
secas; a jaulas donde tigres y pájaros
comercian sus atributos; universo
de dos dimensiones o más ínfimo.
Mejor
sentarme junto al helecho y la vicaria
en el rincón más húmedo del rostro,
los párpados cosidos. No sabía
si trepar por el relámpago o acercarme
al unicornio cuando se humilla
al resplandor. El aire humedece el yeso
de mi carne. Tan en silencio hube quedado.
Ni la burla atinó a moverme. Muchos no saben
que quitar la cáscara a la sílaba
es llegar al hueso. Vine al mundo
con el ala quebrada por el canto.
Me trajo a lo terrestre esta reúma intelectiva;
sin la oblea y el cáliz desfallezco.
Ah, pluma sin afluente,
afluente sin orillas donde la preñada luna
teñirá de sangre las vidas de la rosa
porque Urobos ama el mármol de la Virgen |
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