Narrativa

 

El aire juega con las hojas, formando remolinos. Jesusa mira extasiada, mientras a su alrededor los gatos merodean a la espera de un mimo. Ella se deja acariciar ofreciéndoles un pedazo de tortilla. El gato es el único animal que a Jesusa le gusta, le agrada sentir el roce con su piel, esa piel tan blanca y frágil.

Todos los días, después de cocinar, barre las hojas que el aire deposita en su puerta; ella se apresura pues lo único que quiere es terminar las labores para descansar, es lo que desea desde el momento que amanece. Su cuerpo ya no le responde igual, se rebela sin ella quererlo; los dolores la invaden sin razón, especialmente ese dolor de cadera, que no cesa por mas remedios que le ofrezca. Ya no puede recoger los nances, ni escarbar la tierra para sembrar las flores que tanto le gustan y que tanto la escuchan. Jesusa pasa las tardes platicándoles, les cuenta sobre sus hijos, sobre su esposo y la enfermedad que se lo llevó, aquella que arraigó el dolor y las carencias, como si no hubiera pagado ya la cuota necesaria.

Jesusa no olvida las noches de angustia esperando que los ataques cesen, esos interminables ataques de tos que desgarraban cada vez más los lastimados pulmones de su esposo, pero Jesusa trata de no entristecerse por el pasado.

Ella, a pesar de su fragilidad física, es toda entereza; qué mujer se enseña a inyectar para administrarle en las madrugadas la vital medicina a su esposo moribundo; qué mujer se levanta al día siguiente de haber perdido al compañero de vida, para atender a sus hijos pequeños; qué mujer puede sonreír otra vez, después de perder al esposo y al hijo de la misma enfermedad.

Eso Jesusa lo sabe, sabe que se necesita más que valor para vencer los miedos y aún estar ahí, en espera con sus gatos y sus flores de un mejor mañana.

 

Fuente: Poema enviado por su autora; agosto de 2006.