En
el verano ocurre en nuestro Estado un acontecimiento
ecológico digno de contemplarse: las crisálidas se transforman
en mariposas y una explosión de colorido, movimiento
y alegría se extiende en las avenidas, sobre los charcos
y a lo largo de la costa campechana.
La
caída de las primeras lluvias genera este fenómeno, que
no será el de las famosas mariposas monarcas, pero sí
lo son las amarillas y blancas mariposas campechanas,
que además de su esplendor, despiertan un sentimiento
de remenbranza.
Cómo
no recordar los felices momentos de nuestra infancia
en la que posesionados de lo que en maya llamamos "uich",
pacientemente las esperábamos llegar por en medio de
las callejas de tierra y albarradas para cazarlas, blandiéndolas
como piñatas en ese instante de gozo y libertad infantil.
Me
recuerda una de las canciones de Joan Sebastian: "Y las
mariposas volaban de flor en flor y nos enteramos por
primera vez lo que es el amor".
Ojalá
así fuera siempre entre la juventud que parece desbordarse
en sus afanes y con cierta falta de sensibilidad ante
estas manifestaciones culturales.
Si
bien, en todo el Estado se manifiesta esta expresión
de colorido, y especialmente, los rojos flamboyanes se
cubren de esta maravilla blanca y amarilla, es de destacarse
su presencia en Champotón, donde a lo largo de toda la
costa y aún en el centro de la ciudad se esparcen en
abundancia regocijante.
Un
prodigio digno de ser estudiado por los ecologistas y
contribuir para su preservación. Mariposas, niños y alegría
bajo el sol, ustedes son la libertad de la vida y el
color, esplendores naturales campechanos... dignos de
la contemplación y el canto.
Jueves
16 de julio de 1998.
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