Aún
sedienta de hastío la palabra,
se contempla en su forma el delirante
devenir que la cifra en agua y fuego.
Es
entonces el nombre de la cosa,
de llamarse adjetivo a cada muerte
y romper con el grito la ceniza,
acunar
al refugio del trastorno
la materia del sueño y de la angustia
que fecunda el dolor de los espejos.
En
memoria del tacto no agoniza
la intemperie que nace del murmullo,
de la sombra ocupando la palabra.
|