| Podemos
definir o conceptualizar al matrimonio tradicional utilizando
diferentes formas igualmente válidas; coloquialmente
diremos es un contrato establecido por mutuo acuerdo
entre un hombre y una mujer para crear un proyecto de
vida en común y trabajar juntos por ese proyecto.
También es definible como la unión entre
él y ella, bendecida en un templo, mezquita o
iglesia para fundar una familia.
Como
quiera que sea, innegablemente es una relación
de la polaridad hombre-mujer representados como el YIN
YAN por la cultura china.
Entonces,
el matrimonio es un vínculo consistente en llevar
cada uno la carga del otro, con afectos lo suficientemente
fuertes como para que se haya decidido juntar caminos
y establecer unión en todos los niveles de la
conciencia.
La
Biblia, en uno de sus relatos, nos dice que Eva fue
formada tomando una costilla de Adán, en un intento
por ilustrar que el Gran Arquitecto del Universo creó
a ambos del mismo cuerpo de fuego blanco. Me parece
este es el verdadero significado de ese pasaje de las
escrituras y que, paulatinamente desde hace mucho tiempo
ha venido olvidándose, en detrimento del más
débil, generalmente la mujer.
Por
su parte, la Historia nos habla de las ventajas o ganancias
familiares obtenidas a través de la concertación
de matrimonios, en donde la mujer sólo es una
ficha en el tablero ajedrecístico y las demás
piezas son de tipo económico, político
o de preservación de clase, privilegios o status
sociales. La mujer, en esta concertación es un
instrumento, una mercancía, un tributo al más
poderoso; un algo que puede ser utilizado; un objeto
que como tal es susciptible de ser desechado, relegado
y arrinconado una vez perdida su novedad o unidad, como
sempiterna Malintzin. Este evento tenía lugar
no sólo entre las clases en el poder, también
sucedía con los menos favorecidos en la escala
social, y a la mujer la canjeaban por una vaca, un cerdo,
un arma, o algo presuntamente productivo para la familia.
Hubo
de pasar mucho tiempo para que se superaran esas inhumanas
costumbres, aunque es sabido que en comunidades alejadas
e inhóspitas, de nuestro México, se sigue
practicando.
Para
que se produzcan tales acciones mutiladoras, desde que
nace una mujer se le somete a un proceso de domesticación
limitante de su capacidad para actuar, pensar; de ser
ella misma, y se le forma, ¿o deforma? en una
moralidad heterónoma. Así, se le enseña
una obediencia absoluta e irracional al padre, al hermano,
es decir, al hombre y se le somete a vivir en un mundo
de marginación.
En
algunos otros casos vive en referencia a una paciente
espera del príncipe azul, a la que será
ungida por el sacramento del matrimonio, si es que se
casa; de no ser así, de todos modos deberá
vivir a la sombra del varón para ser plenamente
aceptada por la sociedad, sumisa, y, como una verdadera
incapacitada.
En
tiempos presentes, algunas mujeres, pocas todavía,
han cobrado conciencia de su elemental esencia femenina,
y se han pronunciado por el derecho a ser, y así,
exigiendo igualdad en derechos, oportunidades y condiciones
y alcanzándolos, han evolucionado y transformado
a la sociedad y su dinámica y así, cuando
el matrimonio deja de ser satisfactorio, la mujer de
hoy tiene varias posibilidades de acción. Puede
optar, previo logro de seguridad y autonomía,
por hacer un balance junto con la otra parte para que
ambos, se den a la tarea de rectificar actitudes, conductas,
acciones, en un plano igualitario que les permita realcanzar
la armonía perdida. Beneficiándose no
sólo la pareja sino fundamentalmente la familia
en general.
Esta
opción debería ser, constituirse en la
mejor solución al presentarse el conflicto; pero
en ocasiones resulta inviable y se decide por la disolución
del vínculo matrimonial, que ya no le representa
a la mujer mayor conflicto que el de cualquier otro
litigio. Pero si ella carece de seguridad personal y
económica, si su autoestima es baja, si fue educada
dentro de la línea de que el matrimonio es para
toda la vida, aunque no funcione, e incluso, resulte
negativo para toda la familia, ella seguirá metida
en esta desgastante situación.
Tenemos
dos, de la infinita posibilidad de opciones, que son
finalmente, dos formas de vivir la vida, y desde el
análisis y reflexión de las mismas, es
factible preguntarnos, ¿debemos seguir apoyando
modelos socializadores a todas luces negativos, sexistas
y castrantes del mundo de lo femenino? ¿Es posible
crear un mundo, no de mujeres victoriosas, sino de un
sitio donde la convivencia se dé desde la igualdad?
¿Podrá el hombre modificar sus discursos,
actitudes y prácticas para conquistar una relación
más sana con el mundo femenino? ¿Cuáles
son las pérdidas y ganancias en una u otra opción?
Creo
bien valdría reflexionar al respecto y actuar
en consecuencia. |