El corazón de Ah' Canul - 7
 
No. 7
La Mujer y el Matrimonio
Estela Hernández Sandoval
 

Podemos definir o conceptualizar al matrimonio tradicional utilizando diferentes formas igualmente válidas; coloquialmente diremos es un contrato establecido por mutuo acuerdo entre un hombre y una mujer para crear un proyecto de vida en común y trabajar juntos por ese proyecto. También es definible como la unión entre él y ella, bendecida en un templo, mezquita o iglesia para fundar una familia.

Como quiera que sea, innegablemente es una relación de la polaridad hombre-mujer representados como el YIN YAN por la cultura china.

Entonces, el matrimonio es un vínculo consistente en llevar cada uno la carga del otro, con afectos lo suficientemente fuertes como para que se haya decidido juntar caminos y establecer unión en todos los niveles de la conciencia.

La Biblia, en uno de sus relatos, nos dice que Eva fue formada tomando una costilla de Adán, en un intento por ilustrar que el Gran Arquitecto del Universo creó a ambos del mismo cuerpo de fuego blanco. Me parece este es el verdadero significado de ese pasaje de las escrituras y que, paulatinamente desde hace mucho tiempo ha venido olvidándose, en detrimento del más débil, generalmente la mujer.

Por su parte, la Historia nos habla de las ventajas o ganancias familiares obtenidas a través de la concertación de matrimonios, en donde la mujer sólo es una ficha en el tablero ajedrecístico y las demás piezas son de tipo económico, político o de preservación de clase, privilegios o status sociales. La mujer, en esta concertación es un instrumento, una mercancía, un tributo al más poderoso; un algo que puede ser utilizado; un objeto que como tal es susciptible de ser desechado, relegado y arrinconado una vez perdida su novedad o unidad, como sempiterna Malintzin. Este evento tenía lugar no sólo entre las clases en el poder, también sucedía con los menos favorecidos en la escala social, y a la mujer la canjeaban por una vaca, un cerdo, un arma, o algo presuntamente productivo para la familia.

Hubo de pasar mucho tiempo para que se superaran esas inhumanas costumbres, aunque es sabido que en comunidades alejadas e inhóspitas, de nuestro México, se sigue practicando.

Para que se produzcan tales acciones mutiladoras, desde que nace una mujer se le somete a un proceso de domesticación limitante de su capacidad para actuar, pensar; de ser ella misma, y se le forma, ¿o deforma? en una moralidad heterónoma. Así, se le enseña una obediencia absoluta e irracional al padre, al hermano, es decir, al hombre y se le somete a vivir en un mundo de marginación.

En algunos otros casos vive en referencia a una paciente espera del príncipe azul, a la que será ungida por el sacramento del matrimonio, si es que se casa; de no ser así, de todos modos deberá vivir a la sombra del varón para ser plenamente aceptada por la sociedad, sumisa, y, como una verdadera incapacitada.

En tiempos presentes, algunas mujeres, pocas todavía, han cobrado conciencia de su elemental esencia femenina, y se han pronunciado por el derecho a ser, y así, exigiendo igualdad en derechos, oportunidades y condiciones y alcanzándolos, han evolucionado y transformado a la sociedad y su dinámica y así, cuando el matrimonio deja de ser satisfactorio, la mujer de hoy tiene varias posibilidades de acción. Puede optar, previo logro de seguridad y autonomía, por hacer un balance junto con la otra parte para que ambos, se den a la tarea de rectificar actitudes, conductas, acciones, en un plano igualitario que les permita realcanzar la armonía perdida. Beneficiándose no sólo la pareja sino fundamentalmente la familia en general.

Esta opción debería ser, constituirse en la mejor solución al presentarse el conflicto; pero en ocasiones resulta inviable y se decide por la disolución del vínculo matrimonial, que ya no le representa a la mujer mayor conflicto que el de cualquier otro litigio. Pero si ella carece de seguridad personal y económica, si su autoestima es baja, si fue educada dentro de la línea de que el matrimonio es para toda la vida, aunque no funcione, e incluso, resulte negativo para toda la familia, ella seguirá metida en esta desgastante situación.

Tenemos dos, de la infinita posibilidad de opciones, que son finalmente, dos formas de vivir la vida, y desde el análisis y reflexión de las mismas, es factible preguntarnos, ¿debemos seguir apoyando modelos socializadores a todas luces negativos, sexistas y castrantes del mundo de lo femenino? ¿Es posible crear un mundo, no de mujeres victoriosas, sino de un sitio donde la convivencia se dé desde la igualdad? ¿Podrá el hombre modificar sus discursos, actitudes y prácticas para conquistar una relación más sana con el mundo femenino? ¿Cuáles son las pérdidas y ganancias en una u otra opción?

Creo bien valdría reflexionar al respecto y actuar en consecuencia.