| Buenos
días.
Son
las seis de la mañana de un soleado día
de 1951, ya mi padre y mis hermanos están de
pie trabajando la tierra, mi madre atendiendo su jardín
y mi hermana barriendo la casa, yo tomo un puñado
de maíz y me dirijo al monte para montar los
nupes para los beches
que abundan en parvadas entre la milpa doblada.
Después
de un sencillo, pero sabroso desayuno de tortillas untadas
con manteca y asadas al comal, acompañadas con
café, tomo mi mochila repleta de libros y cuadernos
adquiridos con sacrificios por mis padres (no existe
el libro de texto gratuito ) y me voy por una vereda
que serpentea en el monte donde viven multitud de reptiles,
conejos y aves de colorido plumaje que se atraviesan
en mi camino.
Salgo
a la calle 20 de la ciudad de Calkiní, junto
a un antiguo y modesto oratorio, y me dispongo a recorrer
una distancia de poco más de un kilómetro
para llegar a mi escuela.
En
días anteriores ha llovido mucho y en la apacible
calle no hay polvo, en cambio en algunas partes se encuentran
charcos de agua verdosa y lodo color marrón en
el que destaca el iridiscente colorido de multitud de
mariposas que en él se posan.
Es
todavía temprano y camino sin prisas, no hay
vehículos automotores que contaminen el ambiente
con su ruido y olor a gasolina y sólo me cruzo
con algunas de las carretas tiradas por caballos cuyas
ruedas de madera con llantas metálicas han labrado
lisos y profundos canales en la laja de algunas de las
calles.
Después
de casi media hora de caminata desemboco en la amplia
y escampada plaza principal en la que destacan: en el
verde y mullido pasto, aún empapado por el rocío
de la mañana, el trazo de un diamante de béisbol,
y en el diáfano azul del cielo la iglesia de
San Luis Obispo al norte y el frontispicio de la escuela
Mateo Reyes, mi escuela, al poniente.
Atravieso
la plaza cuidándome de las abejas que recolectan
el néctar de las florecillas que crecen entre
el pasto, subo por la escalinata del pórtico
de la escuela y me hallo enseguida en la antesala del
ya vetusto edificio que ha sido habilitada como salón
de clases; allí me "están esperando"
un mesabanco binario, la mayoría de mis condiscípulos
y mi inolvidable y querido maestro de quinto grado de
educación primaria, el profesor Encalada (nunca
lo llame por su nombre, ni lo recuerdo).
En
punto de las ocho el maestro pasa lista y nos pide que
abramos nuestro libro de lectura "Corazón",
"Diario de un niño",
en la página no recuerdo cual, para leer en voz
alta uno de los hermosos cuentos que en el se narran;
el estar pendiente del maestro y de no cometer errores
de dicción me distrae de la trama del cuento,
pero esto no es problema, pues una noche, a la luz mortecina
del quinqué, se lo leeré a mis padres,
no por que ellos no sepan leer sino porque les agrada
escucharme y fortalecer con ello mi gusto por la lectura.
Habiendo
concluido el ejercicio de lectura se procede a tomar
la lección que quedó como tarea; los compañeros
comisionados para recibirla nos escuchan con atención
y por cada palabra que nos recuerdan nos restan un punto
en la escala de 10; con 5 puntos menos nos regresamos
a nuestro lugar a memorizarla nuevamente y a esperar
otra oportunidad en la que la calificación máxima
es de ocho. Normalmente doy mis lecciones "de corrido"
sin embargo no estoy exento de fallas en mi memoria
y de regresarme a mi lugar alguna vez para reiniciar
la memorización de la lección. Después
de 15 minutos de agradable recreo nos espera en el
salón el profesor Azael Pérez, maestro
de música que nos enseña hermosos himnos;
durante su clase me distraigo platicando con un compañero
y él me llama la atención, me ofrece a
señas un coscorrón, que nunca me da, me
sonríe y continúa su clase.
Terminada
la clase del profesor Azael el profesor Encalada dicta
la lección de geografía, nos explica en
un mapa su contenido y nos dice cuando la vamos a dar
de memoria.
A
las once en punto suena la campana y con gran algarabía
salimos de la escuela para retornar a nuestros hogares.
De
regreso a la quinta San Juan, mi casa, paso por las
tortillas hechas a mano y con mi mochila y un lek
con tortillas calientes me presento ante mi familia
y nos sentamos a la mesa a saborear un exquisito guiso
elaborado por mi madre con tsusuyes
asadas al carbón.
Al
término de la comida me voy a la milpa a recorrer
mis nupes, recojo los hermosos y vivarachos beches apresados
en ellos y los encierro en un pequeño gallinero
para posteriormente llevarlos a vender.
A
las dos y media de la tarde tomo mi mochila y el lek
vacío y salgo de nuevo hacia mi escuela; en la
salida a la calle tomo un puchú
para cazar mariposas durante el recorrido y llego a
la escuela a las tres de la tarde predispuesto a realizar
el ejercicio de caligrafía porque el sudor que
chorrea de mi cara y escurre por mis brazos empapa la
hoja de papel.
Concluidos
los ejercicios de caligrafía y de mecanizaciones
aritméticas salimos a trabajar la siembra de
hortalizas en la cual, como hijo de horticultor destaco
en la hechura de mi era y en la cosecha de rábanos
y cilantro.
A
las cinco de la tarde suena de nuevo la campana y al
salir veo un cielo encapotado que me invita a correr
hacia mi casa para recorrer mis nupes,
guardar el carbón, ayudar a mi madre a meter
las gallinas con sus pollitos a resguardo y esperar
ansioso la lluvia, la cena y sobre todo la sobremesa
en la que mi padre nos narra sus aventuras de cazador,
así como cuentos y leyendas mayas.
Terminada
la sobremesa y escampada la lluvia, mis hermanos, Pedro
y Enrique, encienden la lámpara de carburo y
salen de cacería; yo me deshago del tirahule
que tengo atravesado sobre el pecho y de las piedras
que guardo en las bolsas del pantalón para tirar
con él, me aseo y me acuesto en la hamaca pendiente
de escuchar algún disparo de escopeta, señal
inequívoca del cobro de alguna presa por parte
de mis hermanos.
Con
la ilusión de que al día siguiente veré
incrementada mi colección de colitas de conejo
y deseando ser grande para algún día ir
de cacería con mis hermanos, se me cierran los
ojos y me adentro en la región de los sueños...ahhh...buenass...nochesss....
Vocabulario
Nupes:
Trampas de varas. Beches: Codornices.
Lek: Especie de calabaza cuya corteza
se utiliza como recipiente térmico. Tsusuyes:
Especie de paloma silvestre. Puchub:
Rama.
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