El corazón de Ah' Canul - 6
 
No. 6
Un nostálgico día de mi niñez
Carlos Alfonso Estrada Arcila
 

Buenos días.

Son las seis de la mañana de un soleado día de 1951, ya mi padre y mis hermanos están de pie trabajando la tierra, mi madre atendiendo su jardín y mi hermana barriendo la casa, yo tomo un puñado de maíz y me dirijo al monte para montar los nupes para los beches que abundan en parvadas entre la milpa doblada.

Después de un sencillo, pero sabroso desayuno de tortillas untadas con manteca y asadas al comal, acompañadas con café, tomo mi mochila repleta de libros y cuadernos adquiridos con sacrificios por mis padres (no existe el libro de texto gratuito ) y me voy por una vereda que serpentea en el monte donde viven multitud de reptiles, conejos y aves de colorido plumaje que se atraviesan en mi camino.

Salgo a la calle 20 de la ciudad de Calkiní, junto a un antiguo y modesto oratorio, y me dispongo a recorrer una distancia de poco más de un kilómetro para llegar a mi escuela.

En días anteriores ha llovido mucho y en la apacible calle no hay polvo, en cambio en algunas partes se encuentran charcos de agua verdosa y lodo color marrón en el que destaca el iridiscente colorido de multitud de mariposas que en él se posan.

Es todavía temprano y camino sin prisas, no hay vehículos automotores que contaminen el ambiente con su ruido y olor a gasolina y sólo me cruzo con algunas de las carretas tiradas por caballos cuyas ruedas de madera con llantas metálicas han labrado lisos y profundos canales en la laja de algunas de las calles.

Después de casi media hora de caminata desemboco en la amplia y escampada plaza principal en la que destacan: en el verde y mullido pasto, aún empapado por el rocío de la mañana, el trazo de un diamante de béisbol, y en el diáfano azul del cielo la iglesia de San Luis Obispo al norte y el frontispicio de la escuela Mateo Reyes, mi escuela, al poniente.

Atravieso la plaza cuidándome de las abejas que recolectan el néctar de las florecillas que crecen entre el pasto, subo por la escalinata del pórtico de la escuela y me hallo enseguida en la antesala del ya vetusto edificio que ha sido habilitada como salón de clases; allí me "están esperando" un mesabanco binario, la mayoría de mis condiscípulos y mi inolvidable y querido maestro de quinto grado de educación primaria, el profesor Encalada (nunca lo llame por su nombre, ni lo recuerdo).

En punto de las ocho el maestro pasa lista y nos pide que abramos nuestro libro de lectura "Corazón", "Diario de un niño", en la página no recuerdo cual, para leer en voz alta uno de los hermosos cuentos que en el se narran; el estar pendiente del maestro y de no cometer errores de dicción me distrae de la trama del cuento, pero esto no es problema, pues una noche, a la luz mortecina del quinqué, se lo leeré a mis padres, no por que ellos no sepan leer sino porque les agrada escucharme y fortalecer con ello mi gusto por la lectura.

Habiendo concluido el ejercicio de lectura se procede a tomar la lección que quedó como tarea; los compañeros comisionados para recibirla nos escuchan con atención y por cada palabra que nos recuerdan nos restan un punto en la escala de 10; con 5 puntos menos nos regresamos a nuestro lugar a memorizarla nuevamente y a esperar otra oportunidad en la que la calificación máxima es de ocho. Normalmente doy mis lecciones "de corrido" sin embargo no estoy exento de fallas en mi memoria y de regresarme a mi lugar alguna vez para reiniciar la memorización de la lección. Después de 15 minutos de agradable recreo nos espera en el salón el profesor Azael Pérez, maestro de música que nos enseña hermosos himnos; durante su clase me distraigo platicando con un compañero y él me llama la atención, me ofrece a señas un coscorrón, que nunca me da, me sonríe y continúa su clase.

Terminada la clase del profesor Azael el profesor Encalada dicta la lección de geografía, nos explica en un mapa su contenido y nos dice cuando la vamos a dar de memoria.

A las once en punto suena la campana y con gran algarabía salimos de la escuela para retornar a nuestros hogares.

De regreso a la quinta San Juan, mi casa, paso por las tortillas hechas a mano y con mi mochila y un lek con tortillas calientes me presento ante mi familia y nos sentamos a la mesa a saborear un exquisito guiso elaborado por mi madre con tsusuyes asadas al carbón.

Al término de la comida me voy a la milpa a recorrer mis nupes, recojo los hermosos y vivarachos beches apresados en ellos y los encierro en un pequeño gallinero para posteriormente llevarlos a vender.

A las dos y media de la tarde tomo mi mochila y el lek vacío y salgo de nuevo hacia mi escuela; en la salida a la calle tomo un puchú para cazar mariposas durante el recorrido y llego a la escuela a las tres de la tarde predispuesto a realizar el ejercicio de caligrafía porque el sudor que chorrea de mi cara y escurre por mis brazos empapa la hoja de papel.

Concluidos los ejercicios de caligrafía y de mecanizaciones aritméticas salimos a trabajar la siembra de hortalizas en la cual, como hijo de horticultor destaco en la hechura de mi era y en la cosecha de rábanos y cilantro.

A las cinco de la tarde suena de nuevo la campana y al salir veo un cielo encapotado que me invita a correr hacia mi casa para recorrer mis nupes, guardar el carbón, ayudar a mi madre a meter las gallinas con sus pollitos a resguardo y esperar ansioso la lluvia, la cena y sobre todo la sobremesa en la que mi padre nos narra sus aventuras de cazador, así como cuentos y leyendas mayas.

Terminada la sobremesa y escampada la lluvia, mis hermanos, Pedro y Enrique, encienden la lámpara de carburo y salen de cacería; yo me deshago del tirahule que tengo atravesado sobre el pecho y de las piedras que guardo en las bolsas del pantalón para tirar con él, me aseo y me acuesto en la hamaca pendiente de escuchar algún disparo de escopeta, señal inequívoca del cobro de alguna presa por parte de mis hermanos.

Con la ilusión de que al día siguiente veré incrementada mi colección de colitas de conejo y deseando ser grande para algún día ir de cacería con mis hermanos, se me cierran los ojos y me adentro en la región de los sueños...ahhh...buenass...nochesss....

Vocabulario

Nupes: Trampas de varas. Beches: Codornices. Lek: Especie de calabaza cuya corteza se utiliza como recipiente térmico. Tsusuyes: Especie de paloma silvestre. Puchub: Rama.