El público taurino transfigurado en mil máscaras se ampolla las palmas de la mano por tanto aplaudir las suertes atrevidas del matador. Se agita entre olas aquella sangre colectiva una crueldad infernal, difícil de ocultar. El toro brama de coraje, mira diabólicamente, sufre, recula, araña la tierra, toma empuje y acomete no por gusto sino para defenderse de su acérrimo enemigo en el ruedo.
A mi lado, mi nieto Milton Guillermo, en el momento de culminar su faena el torero al ver la espada relumbrante de doble filo en ristre, me mira apesadumbrado, ocultando el rostro en el regazo de su padre. Levanta nuevamente la cara de sol eclipsado y expresa con la voz más triste y tierna que pueda uno imaginarse que me desgarra el corazón:
—¡No quiero ver, abuelito! ¡No quiero ver!
Callo y lo ojeo aturdido porque yo también formo parte de esa fauna insensible, barbárica y deshumanizada que por unos cuántos pesos asiste al sacrificio de un ser vivo en pleno Siglo XXI.
Y no alzó el rostro hasta que dejó de escuchar la alharaca del gentío.
Él entiende más de humanidad, que percibe su corazón de niño, que aquel montón de rostros zarandeados por la emoción y la insensatez en un acto de esa naturaleza que no es propio de seres pensantes sino de entes que no saben prodigar amor por los propios hermanos animales; sólo sienten placer, desgañitándose la garganta para saborear la victoria del torero en contra del animal cuyo destino ha sido siempre ser juguete del hombre.
Si la corrida de toros fuera una corrida de humanos, ¿cuál sería la reacción del público? |