El corazón de Ah' Canul - 10
 
No. 10
El payaso
Silvestre Leonardo Maas Canché
 

La risa de los niños se escuchaba a una cuadra de aquella casa, el reventar de globos y los gritos de júbilo eran la clara evidencia de que se divertían a lo grande, niños de diferentes edades se encontraban en el patio, algunos con los dientes de leche en crecimiento, otros con los espacios vacíos de la dentadura en proceso de cambio.

Al frente de aquel grupo de pequeños se encontraba aquel sujeto, que lo mismo hacía llorar de espanto a los más pequeños que hacía reír a carcajadas a los de mediana edad o que furtivamente les robaba un esbozo de sonrisa a los adultos, ya que ante la sociedad un adulto no puede destornillarse la quijada de risa por el que dirán de las amistades. Pero éste sujeto se debía a los niños, aquellos seres inocentes que abrían su imaginación y dejaban vagar libremente su alma infantil en busca de un refrigerio para su cotidianidad llena de adultos, tareas, ensaladas de hierbas y baños diarios; él se debía a ellos y no a la cantidad de dinero pactado con los padres del festejado por el espectáculo en proceso.

Este sujeto de cara pintada, con peluca bien peinada y de color verde, con la nariz roja, y la ropa abultada y a rayas, se encontraba al frente de los niños, contaba cuentos dándole a su narración matices de realismo puro, dramatizaba el cuento como si fuera una obra de Shakespeare y con tal elocuencia que los pequeños se quedaban con la boca abierta mientras su mente viajaba a aquel reino en el que el dragón quería comerse a la bella princesa, mientra que el príncipe trataba de escalar aquel castillo plagado de trampas mortales. El, aquel payaso se esmeraba por darle a los niños una pequeña porción de amor a través de su humilde trabajo, sudaba en el esfuerzo de mover su gran cuerpo para hacer dinámica su narración y para arrancar los aplausos, las sonrisas, incluso algunas lágrimas de los ojos de aquellos niños los cuales agradecían su trabajo con esa mirada llena de amor recíproco hacia aquel sujeto que tenía en el rostro la sonrisa más hermosa que un niño puede llegar a mirar, aunque no lograban entender porque era una sonrisa de maquillaje.

Al terminar su narración el payaso se vio rodeado de bracitos que querían tocarlo, que querían una foto con el ser más feliz sobre tierra, (su sonrisa así lo evidenciaba), aunque no faltaba el chamaco terco y rebelde que quería tumbarlo o que trataba de arrancarle la peluca, pero él amaba a los niños, los entendía, para todo trabajo se necesita un don, él lo tenía, se necesita paciencia, traía el corazón lleno de ella.

Poco a poco la adrenalina baja, los niños cansados pasan frente al payaso que ya se encuentra recogiendo sus tiliches, van de la mano de sus padres, a él ya nadie lo mira, nadie lo aplaude, pero lleva en su mente una reserva de felicidad, esa felicidad personal que le es proporcionado por el hecho de haber entregado lo mejor de sí a todos los pequeños.

La imagen de esa persona se transforma dramáticamente; se quita la peluca, la peina y la guarda en una bolsa como si guardara los restos mortales de un ser querido, como si guardara una parte de él mismo en esa bolsa, se quita el traje, lo dobla con amor y lo mete a la misma bolsa, se quita la nariz roja y la guarda dejando en su rostro una actitud tosca como si respirara otro aire, como si aquella nariz fuera una mascarilla de oxigeno que le ayuda a sobrevivir la tragedia de haber nacido payaso, se va quitando el maquillaje poco a poco y detrás de aquella pintura blanca, va apareciendo una persona totalmente diferente al que se veía minutos antes, una persona que reflejaba desesperación, soledad, necesidades, miedos, una persona adulta normal.

Dramáticamente como si fuera un acto realizado por el mejor mago del mundo, se deshizo de su principal arma...su sonrisa; aparecieron unos labios que formaban un rictus de dolor y de amargura, una boca sin sabor, una boca sin expresión de vida, una boca que parecía despedir una aliento de rana enferma y no por el olor sino por el rictus de estar cansado del mismo charco de agua de siempre.

En su rostro apareció la malicia, la abrumadora marca del hartazgo moral, la hipocresía de toda persona carcomida por el oxido social, apareció entonces un payaso de la vida cualquiera, un payaso que era la burla de sí mismo, un payaso tan común y corriente como cualquier payaso que deja que la vida sea una carga a la que está acostumbrada a llevar, era un payaso sin maquillaje.

Todos en esta vida llegamos a ser payasos de nosotros mismos, llegamos a serlo cuando dejamos que las cosas se salgan de nuestras manos, cuando tenemos que fingir ante los demás que somos felices y maquillamos una sonrisa en nuestros rostros con el fin de no demostrar que estamos expuestos, con tal de no mostrar que somos humanos, con tal de no mostrar nuestras debilidades y nuestras heridas; entonces empezamos a jugar un papel en el que divertimos a los demás tratando de ocultar cosas que son tan obvias, tratamos de jugar a ser ejemplares en la sociedad sabiendo que somos títeres movidos por los hilos de las circunstancias, olvidamos que todos estamos propensos a fallar, todos estamos propensos a desviarnos de nuestros principios y que de vez en cuando necesitamos del "acierto y el error" para construir de manera eficaz nuestra calidad humana. Hay que salir del camerino con la cara limpia y cargando con nuestro rostro real, sin maquillajes, sin falsas sonrisas, si tenemos dolor lloremos, ya se pasará, si tenemos alegría gritemos, ya nos lo merecemos, si tenemos hambre pidamos, alguien se apiadará de nosotros, no pongamos esa cara de payaso para ocultar nuestra falta de carácter, en ocasiones es necesario pedir ayuda, no seamos un payaso cualquiera.

Continuará...