La risa de los niños se escuchaba a una cuadra
de aquella casa, el reventar de globos y los gritos
de júbilo eran la clara evidencia de que se divertían
a lo grande, niños de diferentes edades se encontraban
en el patio, algunos con los dientes de leche en crecimiento,
otros con los espacios vacíos de la dentadura
en proceso de cambio.
Al
frente de aquel grupo de pequeños se encontraba
aquel sujeto, que lo mismo hacía llorar de espanto
a los más pequeños que hacía reír
a carcajadas a los de mediana edad o que furtivamente
les robaba un esbozo de sonrisa a los adultos, ya que
ante la sociedad un adulto no puede destornillarse la
quijada de risa por el que dirán de las amistades.
Pero éste sujeto se debía a los niños,
aquellos seres inocentes que abrían su imaginación
y dejaban vagar libremente su alma infantil en busca
de un refrigerio para su cotidianidad llena de adultos,
tareas, ensaladas de hierbas y baños diarios;
él se debía a ellos y no a la cantidad
de dinero pactado con los padres del festejado por el
espectáculo en proceso.
Este
sujeto de cara pintada, con peluca bien peinada y de
color verde, con la nariz roja, y la ropa abultada y
a rayas, se encontraba al frente de los niños,
contaba cuentos dándole a su narración
matices de realismo puro, dramatizaba el cuento como
si fuera una obra de Shakespeare y con tal elocuencia
que los pequeños se quedaban con la boca abierta
mientras su mente viajaba a aquel reino en el que el
dragón quería comerse a la bella princesa,
mientra que el príncipe trataba de escalar aquel
castillo plagado de trampas mortales. El, aquel payaso
se esmeraba por darle a los niños una pequeña
porción de amor a través de su humilde
trabajo, sudaba en el esfuerzo de mover su gran cuerpo
para hacer dinámica su narración y para
arrancar los aplausos, las sonrisas, incluso algunas
lágrimas de los ojos de aquellos niños
los cuales agradecían su trabajo con esa mirada
llena de amor recíproco hacia aquel sujeto que
tenía en el rostro la sonrisa más hermosa
que un niño puede llegar a mirar, aunque no lograban
entender porque era una sonrisa de maquillaje.
Al
terminar su narración el payaso se vio rodeado
de bracitos que querían tocarlo, que querían
una foto con el ser más feliz sobre tierra, (su
sonrisa así lo evidenciaba), aunque no faltaba
el chamaco terco y rebelde que quería tumbarlo
o que trataba de arrancarle la peluca, pero él
amaba a los niños, los entendía, para
todo trabajo se necesita un don, él lo tenía,
se necesita paciencia, traía el corazón
lleno de ella.
Poco
a poco la adrenalina baja, los niños cansados
pasan frente al payaso que ya se encuentra recogiendo
sus tiliches, van de la mano de sus padres, a él
ya nadie lo mira, nadie lo aplaude, pero lleva en su
mente una reserva de felicidad, esa felicidad personal
que le es proporcionado por el hecho de haber entregado
lo mejor de sí a todos los pequeños.
La
imagen de esa persona se transforma dramáticamente;
se quita la peluca, la peina y la guarda en una bolsa
como si guardara los restos mortales de un ser querido,
como si guardara una parte de él mismo en esa
bolsa, se quita el traje, lo dobla con amor y lo mete
a la misma bolsa, se quita la nariz roja y la guarda
dejando en su rostro una actitud tosca como si respirara
otro aire, como si aquella nariz fuera una mascarilla
de oxigeno que le ayuda a sobrevivir la tragedia de
haber nacido payaso, se va quitando el maquillaje poco
a poco y detrás de aquella pintura blanca, va
apareciendo una persona totalmente diferente al que
se veía minutos antes, una persona que reflejaba
desesperación, soledad, necesidades, miedos,
una persona adulta normal.
Dramáticamente
como si fuera un acto realizado por el mejor mago del
mundo, se deshizo de su principal arma...su sonrisa;
aparecieron unos labios que formaban un rictus de dolor
y de amargura, una boca sin sabor, una boca sin expresión
de vida, una boca que parecía despedir una aliento
de rana enferma y no por el olor sino por el rictus
de estar cansado del mismo charco de agua de siempre.
En
su rostro apareció la malicia, la abrumadora
marca del hartazgo moral, la hipocresía de toda
persona carcomida por el oxido social, apareció
entonces un payaso de la vida cualquiera, un payaso
que era la burla de sí mismo, un payaso tan común
y corriente como cualquier payaso que deja que la vida
sea una carga a la que está acostumbrada a llevar,
era un payaso sin maquillaje.
Todos
en esta vida llegamos a ser payasos de nosotros mismos,
llegamos a serlo cuando dejamos que las cosas se salgan
de nuestras manos, cuando tenemos que fingir ante los
demás que somos felices y maquillamos una sonrisa
en nuestros rostros con el fin de no demostrar que estamos
expuestos, con tal de no mostrar que somos humanos,
con tal de no mostrar nuestras debilidades y nuestras
heridas; entonces empezamos a jugar un papel en el que
divertimos a los demás tratando de ocultar cosas
que son tan obvias, tratamos de jugar a ser ejemplares
en la sociedad sabiendo que somos títeres movidos
por los hilos de las circunstancias, olvidamos que todos
estamos propensos a fallar, todos estamos propensos
a desviarnos de nuestros principios y que de vez en
cuando necesitamos del "acierto y el error"
para construir de manera eficaz nuestra calidad humana.
Hay que salir del camerino con la cara limpia y cargando
con nuestro rostro real, sin maquillajes, sin falsas
sonrisas, si tenemos dolor lloremos, ya se pasará,
si tenemos alegría gritemos, ya nos lo merecemos,
si tenemos hambre pidamos, alguien se apiadará
de nosotros, no pongamos esa cara de payaso para ocultar
nuestra falta de carácter, en ocasiones es necesario
pedir ayuda, no seamos un payaso cualquiera.
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