En
este tiempo de preservativos, SIDA y exhaltación de
la apariencia física y los órganos reproductivos,
no puede morir del todo el erotismo, el deseo puro y el amor
concebidos por el pensamiento y vanguardia de los poetas y
escritores.
¿Qué
fuera del diario acontecer si no hubieran profetas desengañados
y sin monedas en los bolsillos que opusieran a la firvolidad
de los mensajes la inocencia, a la imagen burda el candor
y a la obscenidad publicitaria la sonrisa?
En
estos años de condones y brasieres arrojados en los
escenarios a los pies de los cantantes, ¿qué
fuera de las hijas y niñas si no hubieran necios amantes
de la excelencia literaria que persistieran y se aferraran
a las lecturas de Alicia en el país de las maravillas,
Cenicienta, Sherezada en las mil y una noches y María
de Jorge Issacs?
En
estos días en que la ingenuidad se pierde, como el
sol ocultado en una nube de contaminación, en la boca
de cualquier lobo con intereses falsos, y la inocencia, altísima
y sagrada, cae de rodillas ante la palabra fácil de
cualquier imbécil.
Continúen
perennes y sonoras las "cursis y anticuadas" ideas
de Acuña, Bécquer, Sor Juana, Mistral, Storni,
Ibarbourou, sintetizadas todas en un verso de Neruda: "Y
en nombre de mi cambiante amor, proclamo la pureza".
En
este tiempo de libertad... ¡la libertad! La misma bravura
para la grosería y el poema erótico, la misma
desfachatez para la desintegración de las verdades
y la permanencia de los valores universales.
En
esta época de transición entre la vida terrícola
sedentaria y la colonización del espacio, como en la
viña del Señor: el cardo y la semilla juntas,
viviendo y dejando vivir.
En
esta época cibernética el tiempo y el espacio
para la frivolidad de Molotov, Spice Girls, infidelidades
de Clinton, pero también para la rebeldía con
esencia de libertad que Fausta Gantús propone en su
poesía erótica: "Es Dios quien se flagela
para negar la carne, quien se corona para que corra el semen
por su frente en un orgasmo de vida".
En
este fin de siglo que tiñe con oropel la exhibición
carnal de la grandeza femenina en los concursos de belleza,
con ideales estéticos inalcanzables para la mayoría
de las mujeres campechanas, quienes por sus características
étnicas y culturales pertenecen a modelos estéticos
autóctonos.
Que
resuene el canto real y sencillo de Waldemar Noh Tzec, que
es el reflejo de lo que es la auténtica mujer campechana
sin barnices y sin sedas de otros lares: "Ella no es
la más hermosa mujer en el mundo, no cabe en sus cabellos
el torturante peinado de la sofisticación; el tacto
candente de las tortillas, pimes y penchuques hirió
sus manos; para creer en Dios no requiere las visitas suntuosas
del gran padre de Roma; es el lábaro de su voz la gloriosa
lengua de los Chilames; ella es una mujer común, ella
es mi esposa".
Ante
la avalancha de imágenes y mensajes, qué fuera
de los niños sin las 20 mil leguas de viaje submarino
de Julio Verne, el libro de la selva de Rudyard Kipling, Las
aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, Oliverio Twist de Charles
Dickens, y el sentimiento profundo y paternal de Santiago
Canto Sosa: "...me mordió los ojos con su inocente
latido. Anoche conté los dientes de mi retoño,
resumen de la piel, y quedé tranquilo con la vida".
En
este tiempo de libertad, que no mueran del todo los poetas
y escritores, y aunque siempre marginados, humillados y pobres,
que sus voces unidas persistan en una sola voz de erotismo,
deseo, amor y candor, entendidos como valores trascendentes
que exponen su verdad universal: ¡proclamamos la pureza!
Martes
28 de abril de 1998.
*Cronista
de Hecelchakán