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La vida es fuente de bendiciones: refleja generosidad, dispone
momentos agradables, acumula experiencias y custodia aprendizajes.
Su ausencia deja vacíos, acuña recuerdos que no
se esfuman, se conservan firmemente. Mi familia y quien esto
escribe, fuimos afortunados de conocer, admirar, convivir y
aprender de un extraordinario ser humano; alguien con el don
de dar color a la noche, hacer brillar el sol en una corrida
de toros, dejar brotar el capullo de la flor de la calabaza,
sentir el calor del comal con una apetitosa tortilla de maíz
o emocionarse con los labios rojos de una joven mestiza en la
vaquería. La sensibilidad y su gran orgullo por las raíces
del pueblo maya fueron motivo de inspiración para la
creación de óleos y pinturas. Con singular técnica,
vistió brochas y pinceles que se deslizaron cientos de
veces en los lienzos. Ningún otro artista campechano
ha pintado tantas veces a la mujer mestiza como él.
El
pincelador del alma maya se ha marchado, se fue sin despedirse,
sin dedicarnos una canción… abandonó su
guitarra, las brochas, los caballetes, los cuadros… la
familia; a los niños del taller de pintura, a socios
de la Atenea Becaleña, maestros jubilados del coro, a
pintores de su agrupación, artistas, vecinos y paisanos.
La música y la pintura fueron compañeras inseparables
de su vida. El magisterio se convirtió en el regazo de
sus sueños.
El
maestro Marín –como cariñosamente le llamamos-
seguirá vivo en cada una de sus cuadros; cada vez que
lo escuchemos cantar, ver su retrato o simplemente al nombrarlo.
Amó su tierra natal, como tantas veces expresó:
Mi tierra, mi gente, mis costumbres…
Con
la intención de compartir el sentimiento y admiración
por la sensibilidad del hombre virtuoso, dar voz al agradecimiento
de mi familia y socios de la agrupación Atenea Becaleña,
a la perteneció como socio, participando en festivales
culturales y exposiciones para deleite de habitantes de las
comunidades en el municipio de Calkiní; también
fue promotor cultural, encabezó junto a otros creadores,
el gusto por la apreciación y expresión artística
del trabajo de pintores locales en escenarios de la Feria Artesanal
de la ciudad o en galerías del estado de Campeche y Yucatán.
En
su memoria –respetuosamente- evoco su existencia. En múltiples
ocasiones acudimos a sus exposiciones, sin dejar de apreciar
los matices de óleos y acuarelas; sentir en cada cuadro
y revivir las costumbres del pueblo: Cabeza de cochino, Jaraneros
de Tankuché, Los cazadores, La charanga, El chiclero,
La noria, Hombre de campo, Hanil cool, Tortilla a mano, son
muestra del folklore de la tierra de los abuelos; su talento
artístico es manifiesto.
La
figura femenina vestida con el traje regional, adornada con
rosarios de filigrana, con un niño en brazos, amamantándolo
o simplemente acostados en la hamaca, fueron imágenes
recurrentes. El colorido de los huipiles, la blancura de los
fustanes o el matizado satinado de los ternos en las noches
de vaquería, tuvieron un significado especial en sus
colecciones. La choza de palma con paredes de palos, la banqueta
y el fogón con el comal también. No se diga de
las plazas e iglesias católicas de Bécal, Calkiní,
Dzitbalché, Nunkiní y Campeche. Fue capaz de plasmar
la riqueza y el patrimonio cultural de la región maya
del norte de Campeche, su contribución a las artes en
la Península de Yucatán es digna de admirarse.
Con
sus creaciones, los usos y costumbres de las familias mayas,
trascendieron más allá de fronteras, en diversos
puntos de la geografía nacional; su inquietud por dar
vida a la vida de sus ancestros y semejantes a través
de los colores y las formas, hoy se ha convertido en el legado
de un artista noble, humilde, generoso… heredó
piezas artísticas, joyas que muestran el mundo mágico
de los mayas descendientes de una prolífera cultura.
Quizá las opiniones que expreso en estas líneas
sean descalificadas por los estudiosos del arte o los críticos,
no importa; su juicio y conocimiento es de expertos, gracias
por ampliar los saberes. Mis palabras son transparentes.
Enrique
Herrera Marín dejó a la posteridad una colección
de pinturas valiosas, su contribución al arte regional
y al patrimonio cultural de Campeche, es sin duda, un tesoro
valioso. Su vida no fue opaca sino brillante, su obra trascendental.
Se marchó el profe, el amigo, el artista… El pincelador
del alma maya…
Descanse
en paz.
San
Francisco de Campeche, Cam. 15 de agosto de 2011. |